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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 30
    Enero
    2012

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    Los nuevos 'imperios'

    La labor de zapa o de lectura de los periódicos acumulados en el tiempo me colocó ante el caso Megaupload, un grupo desarticulado y encarcelado por el FBI dedicado, según los investigadores, a convertir la propiedad intelectual de terceros en un negocio más que rentable para un enriquecido Kim Dotcom (en la foto). Este millonario hortera, sumergido entre los símbolos más aberrantes del dinero fácil, le pone rostro por primera vez a la lacra de la piratería cinematográfica y musical.

     Frente al usuario medio que decide bajarse una película o un disco, aparece lo que la policía denomina en sus pesquisas como Megaconspiración: una banda organizada, que, según las investigaciones, vendría  a ser una especie de proxeneta que tiene repartidos por el mundo a cientos de especialistas en infringir la autoría. Este trabajo sucio de un ejército chupasangre sería recompensado por el megadotcom. Las compañías legales se verían irremediablemente obligadas a negociar con él para obtener de favor, así como lo oyen, una retirada de copias que dañan un negocio con todas las bendiciones tributarias. La negociaciones con el jefe de la banda son duras, hasta el punto de considerar fuera de cualquier acuerdo permitir "retiradas ilimitadas". El tope estaría en 5.000 al día, no más allá. El listón da cuenta de la profundidad del negocio.
     

    La primera idea que nos sugiere la mecánica de este escándalo de la era de Internet es que la Red no puede ser un páramo sin leyes, sólo gobernado por individuos sin escrúpulos que aumentan sus riquezas y hunden en la miseria a los creadores. La visión de Internet como un paraíso lleno de internautas sobrados de romanticismo e idealismo, que creen haber encontrado su aldea global gratuita, sería otra de las ilusiones a deshacer. Megaupload, con sus promotores detenidos, demuestra que poco a poco se articula un modelo despiadado, ajeno a cualquier moralidad, que pretende suplantar, disolver y aniquilar el antiguo vínculo entre el autor y la persona que pagaba por acceder, obtener y disfrutar de una obra.

    La visión de la escenografía que rodea al individuo Kim Dotcom es más que suficiente para comprender que no son, precisamente, fines altruistas y benefactores los que dirigen su iniciativa. Aquí no se está ante un Robin Hood de la era Internet, cuyo objetivo es sembrar el orbe de contenidos culturales sin nada a cambio. Pillado en su estrambótica hacienda de Nueva Zelanda, con el garaje atiborrado de vehículos de alta gama, el conspirador da cuenta de la fortuna que ha logrado amasar. Miles de usuarios del planeta ha sido cómplices de este ascenso económico, y es hasta posible que ninguno de ellos sintiese remordimiento alguno por su contribución a la escala más alta de la piratería.

    Igual que en las novelas más exquisitas sobre el control del hombre, Megaupload llegó a infiltrarse en la sociología del consumo para convertir en normal algo anormal. ¿Dónde hubiese estado el límite de este sujeto megalómano? El FBI estima que las ganancias totales de la firma desde 2005  están en 135 millones de euros. Sólo en 2010 se hizo con 32 millones.
     

    El cierre e intervención del multimillonario portal abre una faceta desconocida hasta ahora en la lucha contra el crimen organizado: adentrarse en la realidad de una piratería descomunal, capaz de invertir el modelo económico de un país. Barack Obama, presionado por las empresas legales, pagadoras de impuestos, ha abierto la veda contra esta delincuencia. La superestructura del mundo del ocio, hiperconectada, sin topes geográficos, lleva a creer que Europa también tendrá que aplicarse en indagar policialmente sobre estos nuevos imperios.

     

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