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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 01
    Abril
    2014

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    Miedo, pavor, psicosis, trance, alerta, delirio ...

    En la era en que se llega a conseguir el cromosoma sintético a partir de la levadura y en la que los científicos anuncian que se vislumbra un panorama en que la consecución de la estructura de los antibióticos y vacunas pasará de la elaboración artesanal en  laboratorios al proceso industrial, nos encontramos con que la civilización digital es incapaz de diferenciar un Boeing 737 del esqueleto de una grúa con forma de avión acoplada sobre una gabarra. Los manipuladores de los avanzados servicios de emergencia y los controladores aéreos se quedaron, primero, con el corazón en un puño al tratar de constatar si era verdad o no que un fuselaje amarillo flotaba frente a Jinámar, y segundo, entraban en una especie de alucinación al ver que habían sido engañados por una silueta. Lo que ocurrió entre las dos etapas se denomina trance, es decir momento crítico y decisivo, y quizás tenga que ver con la reciente advertencia del filósofo Dan Dennet con respecto a la sobrecarga informativa que nos atosiga: “Internet se vendrá abajo y viviremos oleadas de pánico”.

    Pero vayamos a las preguntas: ¿Estamos preparados para ver cómo un absurdo es capaz de echar por tierra el pletórico triunfalismo de nuestra tecnología? Y a continuación: ¿Por qué la ansiedad sustituye a la consideración comprobatoria, en una carrera alocada en la que, sin cautelas, se cuelga hasta en una red social el supuesto accidente aéreo, elevando el instrumento de los 140 caracteres a animador de una corriente de miedo, de extensión mediática inabarcable, con un coste de movilización de medios importante y una no menor incidencia sobre aspectos vinculados a la imagen de un país? Ha oído por ahí que más vale pasarse que quedarse atrás. Sin embargo, no se pagan los sueldos de los altos cargos para apretar el botón rojo e introducir la clave por aproximación, sino cuando existe la certeza total. Lo contrario llevaría al caos, y cómo no, a un desgaste tremendo para los organismos actuantes, que estos días, para su desgracia, han sido víctimas de las inventivas más truculentas de los que asimilan el supuesto amerizaje con la ausencia de eficacia y hasta con las restricciones que sufren los servicios públicos por la crisis.

    En quince minutos de pavor, con un posible fuselaje a flote, la confirmación de los hechos a través de la mirada se combinó con la observación del controlador que, a la desesperada, advertía al Gobierno de Canarias que ningún aparato de reciente despegue había desaparecido del panel. Su apuesta tecnológica recibía el contraataque, al parecer, de un agente del orden que decía avistar el 737 sobre las aguas del Atlántico a la espera de ser rescatado. El testimonio directo parece ser que tuvo más éxito que el radar, y como consecuencia de ello se dispararon las alarmas. El fenómeno de la envergadura de un avión de pasajeros sometido a la corriente marina concitó, cómo no, una fuerte tensión morbosa, hasta el punto de que hubo vecinos de Jinámar que llegaron a oír, y puede que hasta ver,  el descenso del Boeing en su difícil maniobra. Este vecino, llevado a la paranormalidad, sometido a un estrés innecesario, merece que se evacue el informe pertinente tras una investigación de los hechos, y  que establezca qué rigor tecnológico o visual acaba por convertir una grúa en un Boeing 737.  

    Un apocalipsis por la penetración de un virus o por la caída sorpresiva de un sistema del que a su vez dependen otros no es, ni mucho menos, un escenario despreciable, y por supuesto que está entre las previsiones de los cinturones de protección de los estados. Otra cosa es lo sucedido aquí el pasado jueves que, a mi entender, constituye una rareza que crea antecedente y que debería pasar a formar parte de algún manual dedicado a los acontecimientos extremos. Frente a la desconfianza por la falsa alarma, está la satisfacción y la tranquilidad que nos da que el vuelo puesto en entredicho llegase a su destino con total normalidad, y que sus pasajeros viesen con absoluto placer el hermoso perfil costero de Gran Canaria. En el anecdotario, tripulación y pasaje están en condiciones de contar a sus nietos que fueron víctimas de una confusión, pues un catalejo de mala fortuna aplicó a una esquelética grúa la fisonomía esbelta, curvilínea, de un avión, que, al igual que en los filmes, flota de manera inesperada sobre el mar y, según los testigos, es capaz de desplazarse para ponerse a salvo. ¡Qué grande es la sugestión!

    Hay teorías sobre cómo afecta la psicosis de la protección a los territorios y a sus ciudadanos, sometidos a auténticos calvarios  tras un atentado terrorista que obliga a extremar la vigilancia y lleva a los gobiernos a excederse hasta lo indecible en labores espionaje. Pero existe otra obsesión aún más compleja: la posibilidad de que la tecnología falle, que los sofisticados equipamientos no den el aviso imprescindible, que el objetivo desaparezca, que se levante un misterio incapaz de ser resuelto ni por físicos ni matemáticos. Ahí está el insondable caso del Boeing 737-200ER de Malasia.    
     

     

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