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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 26
    Noviembre
    2012

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    Oasis, falsos modernos

    El Sur como caos, como visión extrema del negocio sin orden ni concierto, ha cimentado la idea de que allí no hay nada que proteger, que la historia es inexistente y que todo se rige por el beneficio de una serie de empresas y particulares dominantes que hacen y deshacen. Desde esta perspectiva, nada más anacrónico que declarar bien de interés cultural (¿cultura en el Sur?) el hotel Oasis Maspalomas, tal como pide un núcleo referencial de arquitectos y profesores, tal como se deriva de su catalogación en el inventario Docomomo (dedicado a la arquitectura del Movimiento Moderno), tal como lo requiere su promotor de los sesenta Alejandro del Castillo y tal como lo exige ahora el empresario Eustasio López a través de una declaración (publicada por este periódico ayer) en voz alta que lo convierte en disidente frente a otros que se consideran portavoces del imparable progreso o de la necesaria inversión, sea como sea, en época de crisis.

       La tesitura en la que se encuentra el hotel Oasis Maspalomas amplifica la expropiación que han sufrido los grancanarios con respecto al Sur: por un lado, la idea de un paraíso perdido, controlado por planeamientos impenetrables, y por otro la idea de que se está ante una situación irrecuperable. La nostalgia por un mundo extinto, rural, donde las playas se conectaban por medio de polvorientas carreteras de tierra hasta alcanzar el Faro de Maspalomas, lugar casi africano, no tiene cabida ahora, a no ser como instrumento para la memoria histórica o para la creación literaria. Hablo del Sur conectado a la explotación turística, a la generación de riqueza, a la inversión, al desarrollo sostenible, a la desmasificación, a la seguridad ciudadana, al orden arquitectónico, al paisaje, a la calidad del sus playas, a su gastronomía, al ocio nocturno... Hablo de la identidad,  y de la necesidad de que las cientos de hijuelas que la  conforman no queden sometidas al afán recaudatorio ni tampoco al febril enriquecimiento. Por desgracia, no han sido estas las condiciones del crecimiento, y parece que cuesta reconocerlo y hacer autocrítica: a los defensores de la demolición del hotel Oasis Maspalomas sólo se les oye hablar de la aportación millonaria, pero ninguno se refiere a la características del nuevo proyecto, a los avances que representa, a su ocupación del espacio o a sus efectos sobre el palmeral fundacional de Maspalomas. ¿Cabe la posibilidad de conocer una maqueta del nuevo Oasis? Es lo mínimo que se le podría exigir al Cabildo insular de Gran Canaria, dado el tono taxativo con el que se ha manifestado su presidente, sin hueco alguno para la duda o el resquicio.

    Considerar a los opositores de la demolición como enemigos del progreso tiene su filamento incandescente. Los que hoy se lamentan ante la destrucción arquitectónica (y también de la identidad del Sur de los sesenta) son más modernos y vanguardistas que los defensores de la intervención antiquirúrgica: son los herederos del acontecimiento de 1962, de los objetivos que recogía el Concurso Internacional de ideas Maspalomas Costa Canaria, en cuyo jurado se encontraba el arquitecto Manuel de la Peña Suárez, que tres años después dirigiría junto a José Antonio Corrales y Ramón Vázquez Molezún la construcción del Oasis. El certamen, que contó con la participación de 78 proyectos, resulta ser una referencia lúcida para discernir sobre el embrutecimiento progresivo de las capas dominantes grancanarias.

    Aquel concurso, ganado por el gabinete francés Setap (Guy Lagneau, Michell Weill y Jean Dimitrijevic), viene a ser el punto de apoyo conceptual para la futura obra del Oasis. Una especie de declaración de intenciones absolutamente vigente, y que por los mecanismos del mercado acabarían siendo ultrajadas con la aquiescencia del poder político. El edificio que vigilaría Manuel de la Peña tiene su raíz en el respeto a la dunas, al oasis, al propósito de evitar el uso masivo del delta, a la búsqueda de una composición general de calidad y no de cantidad... Unos propósitos que recogía el concurso, y que al menos para el inmueble que ahora se quiere derribar se aplicaron como filosofía de desarrollo.

    Décadas después, revisitado dicho programa como consecuencia del cincuenta aniversario de Maspalomas Costa Canaria, viene a ser espantoso como ni representantes institucionales ni portavoces empresariales no anteponen la decencia de unos fines, que se podrían calificar de universales, frente a otros sostenidos por la tesis de la inversión a cualquier coste. A la empresa que rehabilite el Oasis, dando por hecho de que la demolición ya está a punto de caer en la fosa, hay que requerirle publicidad sobre cómo va a acometer la obra y de que manera va a afectar al proyecto de De la Peña y otros. El Sur no puede ser una ciudad sin ley donde se haga y se deshaga desde la opacidad, sin transparencia y con la insistencia del que todavía no ha entendido que los grancanarios sienten malestar ante lo que ha sido una colonización urbanística que podría poner en peligro el mismo modelo. La incapacidad mental de los dirigentes les impide, claro está, explotar el significado que tuvo el Oasis en los años sesenta, una presencia que no se tambalea con el paso del tiempo, que contiene la esencia de lo que la mayoría quiere para la modernización de este territorio y que en ningún caso cabe en el envase de los enemigos del progreso.

    Viene a ser desalentador, casi deprimente, que el sonido que ha salido de las caracolas no sirva para nada, y que los poderosos intereses fluyan con espumarajos pese a la experiencia. Hace unos días, en Lanzarote, en una mesa redonda sobre Manrique, icónico mediático, se hablaba de su permanencia en el tiempo y de la necesidad de que sus creaciones no sean borradas para que, efectivamente, el artista no pase a ser un cadáver de la ineficaz nostalgia. Si nos vamos al hotel Oasis y al empeño de suplantarlo observaremos, de igual manera, que su desaparición nos deja desprovistos no sólo de una estructura física, de esmerada factura arquitectónica, sino además del aspecto moderno, último, con que una generación quiso impulsar un modelo socioeconómico. Sería como tirar el Faro.

     

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