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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 06
    Mayo
    2014

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    Ocho apellidos canarios

     

    Le he escuchado decir a Emilio Martínez-Lázaro, director de la exitosa Ocho apellidos vascos, que lo mismo se pone en la labor de hacer “un Ocho apellidos catalanes o un Ocho apellidos canarios”, pues está más que visto que al personal le encanta ahondar en los tópicos, los estereotipos y la idiosincrasia de los que tiene al lado o enfrente, a tiro de una autovía o de un barco que le lleva a uno como mínimo a desayunar en La Laguna, a almorzar en Agaete y de vuelta a Santa Cruz para cenar. Y a raíz de las palabras del autor de la sorpresa cinematográfica nacional (y ahora el ministro Wert debería tragarse sus palabras sobre la ausencia de talento fílmico patrio) me puse a pensar a qué le hincaría los dientes en cuanto a la forma de ser de los isleños, a sus huellas más irrefrenables, a las que pueden desternillar más, a la que nos convierte en fenómenos distintivos, en parque temático con denominación de origen… Sin lugar a dudas me quedo con el pleito insular: yo haría una película, de todas todas, con las salvajadas y perrerías que, con el paso de los siglos, han asentado y creado un bagaje sobre los extraños códigos y conductas que afloraron y afloran a partir de la rivalidad  entre Tenerife y Gran Canaria. No me interesan los aseados programas informáticos que la Hacienda autonómica ha creado para demostrar el siempre cuestionado equilibrio presupuestario, sino más bien la condena a una marca de agua como bebedizo demoniaco, las campañas contra la playa de Las Canteras, la sustitución de la foto de Las Américas por las dunas de Maspalomas, y viceversa: ningunear al Teide, observar al tinerfeño como depositario de una reserva mental ignota, vituperar contra la sanidad de sus guachinches, buscar con lupa su costa más arenosa, echar risas sobre su extraña obsesión por las presentaciones en sociedad, hinchar el pecho y llamarlos provincianos.

    ¿Somos tan diferentes los canariones de los tinerfeños? ¿Qué ocurre en una familia de Gran Canaria cuando por vía marital entra uno de la isla de enfrente? Martínez-Lázaro tiene ahí un filón, porque ya es leyenda escuchar “bueno, es de Tenerife, tiene sus cosas, pero no es mal muchacho”. E imagino otras frases de consumo en sentido contrario. Pero no se trata, ni mucho menos, de reabrir heridas para que volviese a supurar el odio, que lo hubo. Para nada, aquí lo que se pretende es revolcarnos por el suelo con las disputas, algunas delirantes, que marcaron el día a día de lo que de manera solemne se bautizó como el pleito insular y que ha consumido horas y horas del discurso de nuestra clase política. La intención es desacralizar, quitar hierro, a tantos y tantos encontronazos para saber cuáles han sido las claves ciudadanas, burguesas, populares, adineradas, culturales y universitarias que han nutrido el desmadre. Y ello, por supuesto, sin ponernos en plan catedrático, sino a ras de tierra, metidos en los salones de las casas, en las barras de los bares, en los partidos de futbol, en los casinos o en un concierto de Los Sabandeños o en uno de Los Gofiones.

    Quizás me he dejado llevar por el entusiasmo que provoca ver Ocho apellidos vascos en una sala de cine llena de risas, y todo ello con un asunto tan incandescente como son las peculiaridades de los pueblos, las respetables reivindicaciones que están tras sus formas de ser, las inercias a las que se acogen por sus límites geográficos, los patriotismos que se alzan como mitos debido al aislamiento, las estupideces cotidianas que luego se elevan a categorías, los derramamientos de vidas por culpa de líderes paranoicos. Aquí no se  trata de hacer burla de nadie, pero me parece ver en esta experiencia cinematográfica una vacuna eficaz contra los que quieren sacar rédito de los conflictos entre iguales. Habrá politólogos, sociólogos y analistas varios que dirán que la cuestión es más compleja que el brutalismo de un vasco, el narcisismo de un  andaluz o el ombliguismo de un canario. Seguro que sí, pero también es hora de que en España se amplíe la oferta a la hora de poder psicoanalizarnos. Y vernos retratados no deja de ser una fórmula aceptable.

    Insisto, un Ocho apellidos canarios sería genial para saber cómo respiramos y hasta qué punto hemos superado los destinos del pleito insular, o si bien estamos condenados de por vida a mirarnos los de Tenerife y Gran Canaria por encima del hombro, agarrados férreamente a los encantos de sus propios terruños. Espero que Martínez-Lázaro vea que aquí hay material suficiente para hacer ironía. Otra cosa es que la versión resulte del gusto de todos y que no se disparen las alarmas de autodefensa: los insulares, desde su debilidad histórica, no han sido esponjosos a la crítica, siendo una de sus particularidades buscar siempre un enemigo externo, un causante de sus males e impotencias. Ya sea a un palmo de autovía o a una travesía en fast-ferry. Algo, por otra parte, que acrecienta aún más el interés por la inmersión, y cómo no, por la reacción a que pueda dar el engendro entre los Santana, los Pérez, los Benítez de Lugo, los Curbelo, los Marichal, los González, los Navarro y los Durán, faltaría más.

     

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