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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 26
    Marzo
    2012

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    Todo saldrá a la luz

    Las consecuencias sobre la falta de transparencia de la acción de un gobierno, de sus decisiones o de cómo se llegan a madurar determinadas leyes pueden ser confrontadas en la película The Private Files of J. Edgard Hoover (1997, EE UU), de Larry Cohen. Exhibida en el recién acabado Festival de Cine de Las Palmas de Gran Canaria, el filme hace un recorrido por el poder omnímodo del jefe del FBI a lo largo de varias décadas sobre la política estadounidense a través del espionaje de las vidas privadas.

    El quehacer insaciable de este obseso al que ningún presidente quiso ni pudo renunciar demuestra que los gobiernos, para sobrevivir, siempre tienen que tener a un número indeterminado de personas que tratan de controlar, vigilar y fiscalizar al propio Ejecutivo de la nación. Hasta 1972, año de su muerte, este trabajo lo hizo Hoover en Estados Unidos. Nixon, Harry el Sucio, fue uno de los que más lamentaron su desaparición. La actividad fina de Hoover, con sus extorsiones y grabaciones, le hubiese evitado el trance de tener que dimitir por el escándalo del caso Watergate. 
      

    ¿Hasta dónde son capaces de llegar los detentadores del poder para renovar sus mandatos o para ocultar situaciones que pueden entorpecer una carrera ascendente? ¿Hasta dónde se las gastan para llegar a enriquecimientos ilícitos? ¿De qué manera se satisfacen determinados servicios secretos para limar asperezas en las relaciones internacionales? ¿Quién entra y quién sale de Moncloa? ¿Qué empresarios comieron con el Presidente el día X en el recinto presidencial y a cuánto salió el cubierto?... La tradicional opacidad de la escena política española, más suculenta en su trastienda que al aire libre, está a punto de recibir el jabón de la transparencia, una metodología que Obama aplica con esmero en la administración americana, y que Blair desarrolló sin miedo durante su mandato.

    El objetivo es  obtener  información sobre los sueldos, plantillas, números de asesores y funciones tanto por la ciudadanía como por los periodistas sin necesidad de caer en el desfallecimiento. No creo que el destape llegue a tanto como para saber qué papeles públicos tiene bajo su custodia el archivo privado de la Fundación Franco, o cuántos vestidos se compró la Reina en 2010. Ya dijo Keynes que una buena ley (él se refería a la economía) no sólo debe ser buena para fomentar una situación positiva futura, sino también para hacer un transición sin peligros. Ello quiere decir que antes de que usted y yo nos pongamos hasta las botas con los interesantes cotilleos producto de la nueva transparencia habrá, sin lugar a dudas, un aquelarre de trituradoras de documentos.
     

    La revolución por la transparencia, que incluye no meter facturas impagadas en el falso techo, nos promete, en el caso de ser llevada a cabo, un tour de satisfacciones por los insondables laberintos de la política nacional, donde es costumbre sellar con el hormigón del silencio determinadas deliberaciones (recuerdo ahora la de la guerra con Bush), y no digamos nada de las que se arreglan en un restaurante con factura apoteósica pagada por el general, o a pie de una gasolinera con coche oficial, escoltas y chófer a nómina por el erario público. Esta norma de la factoría de Soraya Sáenz de Santamaría aterriza en una etapa miserable de la economía, donde hay una lucha a dentelladas por el trabajo, por la vida. Y en una sociedad así, herida, todos se convertirán en sabuesos hooverianos para conocer las impudicias del gasto público, los derroches  de sus señorías, sus prebendas, sus caprichos... Será una lucha a muerte contra el secreto y la indecencia.

     

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