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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 25
    Noviembre
    2013

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    Un territorio de chalados

    Una de las pesadillas con las que se despierta el Estado democrático consiste en la imagen del pistolero que, armado o no hasta los dientes, provoca una matanza de ciudadanos o apunta con su munición a la cabeza más alta del país. El terror frente al lobo no se acaba ahí: el terrible sueño se duplica, alcanza su punto más álgido, cuando a continuación se impone una investigación para descifrar si el ejecutor es un solitario, un miembro de una organización terrorista o un mercenario que recibe el encargo de una organización que prefiere mantenerse en el anonimato.  La agobiante noche acaba de la mejor manera posible: sólo era un francotirador lleno de obsesiones, coleccionista de armas, una especie de militarote en plan American Beauty, un combatiente por sus principios morales, un marginado ideológico, un nostálgico de la guerrilla urbana... ¿Y si no fuese así?

       Una mayoría de estadounidenses cree que hubo una conspiración para matar al presidente Kennedy el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, y que por tanto  el expediente del magnicidio no se puede finiquitar en la persona de Lee Harvey Oswald y sus supuestos disparos. Cincuenta años después del asesinato volvemos a sufrir o a disfrutar de la sobreinformación, a maquinar sobre el mito y a exprimir la leyenda. De manera inevitable, toman la delantera detalles referidos a la trayectoria de la segunda bala, al pedazo de cerebro que perdió el presidente y que Jacqueline guardó en su regazo, a la enigmática mujer del pañuelo, a la sorprendente minuciosidad de la película que rodó Abraham Zapruder... Toda una panoplia  de elementos conexos  o inconexos que nos arrastran por la senda de una fascinación morbosa, cuyo mecanismo más hipnótico está en la creencia de que nunca existirá un punto final, sino que siempre habrá algo más; una especie de tornillo sin fin que se retroalimenta una y otra vez, bajo la idea de que nunca, jamás, quedará cerrada la pregunta de quién mató a Kennedy. La muñeca rusa, la matrioska, la más pequeña incluso, volverá a abrirse para soltar una nueva ficha sobre el tablero.

     El mundo siembra alrededor nuestro toda una caterva de despropósitos descomunales, asfixiantes para la estabilidad emocional, pero nada parece lograr el escalofrío que esparce la imagen del cuerpo de JFK desmadejado al recibir los impactos de las balas. Ni tampoco la angustia que provoca ver a Jacqueline, vestida de rosa, tirarse a gatas sobre la carrocería del vehículo con la esperanza de atrapar un trozo de vida. Quizás por primera vez la televisión (el gran medio de comunicación de la era Kennedy) mostraba al planeta el aliento feroz del fanatismo contra los deseos de felicidad. Fue el mazazo que desperdigaba por los aires un viento fresco, moderno, que se alejaba de las turbulentas aguas que levantaron sobre la humanidad las ideologías autoritarias de la II Guerra Mundial.

    Pero no fue lo único: a la vez que el heredero del clan irlandés, el guapo monarca del Camelot salido de Harvad, ascendía por la escalera de caracol de la mitomanía, se producía un desnudo de los mimbres de la democracia americana, la misma que observó con lupa Tocqueville y de la que partió para alertar sobre los peligros que acechaban al mejor modelo político. El estado de catarsis que alcanza los Estados Unidos de América en el tráfago de los  50 años de Kennedy bajo las balas tiene, en su parte más íntima, toda la sospecha de que determinados poderes y contrapoderes dirigen su democracia.

    Ahora, el exceso republicano, concentrado en el enrevesado Tea Party, es capaz de frenar la liquidez presupuestaria de una nación. Antes, JFK, el mismo día de Dallas, antes de desayunar, le dijo a su esposa que se adentraban en “un territorio de chalados”. ¿Quiénes eran? Lee Harvey Oswald era uno de ellos, pero también estaba la mafia, los anticastristas, los tejanos de la industria petrolera, los anticomunistas, la CIA, el FBI, la extrema derecha racista del Ku Klux Klan... Y cada vez que la limousine descapotable enfila la calle (“Fue como el sonido de un melón contra el cemento”) vuelven a salir, como en un eterno retorno, las espesas y oscuras capas que rellenan la democracia norteamericana. Es curioso: la promesa llorada, deseada, y en torno a él, igual que en una ciénaga selvática, los alacranes del sistema rodeados por los cadáveres de tantos asesinados: Malcom X, Martin Luther King, Bob Kennedy y hasta el mismo Oswald, abatido por Ruby, el jefe de un club nocturno. La lista la abrió Abraham Lincolm.

    La pesadilla acabó de la peor manera posible. Le habían dado por un lobo solitario, pero tenía apoyos. Era sólo la punta del iceberg. El sistema democrático no quiso penetrar hasta el fondo: las estructuras podrían desplomarse, caer igual que una tela transparente. Quizás la conspiración carezca de nombre, incluso de reuniones, fechas, bares, tugurios, haciendas y despachos... Pero ello no significa nada: es el inconsciente colectivo, más allá de la razón. Matar, coger el rifle, asesinar, la fuerza identitaria.   

     

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