Blog 
La montaña rusa
RSS - Blog de Javier Durán

El autor

Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


Archivo

  • 11
    Mayo
    2012

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Unamuno, evasión internacional

    Las dictaduras y sus castigos no van a veces en la misma dirección, como sucedió con el destierro de Miguel de Unamuno a la agreste, despoblada y bella isla de Fuerteventura en 1924 por orden de Miguel Primo de Rivera, del que ahora da cuenta el libro 'Cartas del destierro (1924-1930)', editado por la Universidad de Salamanca. El autor de 'El sentimiento trágico de la vida' no era un náufrago desconectado con el mundo o un desamparado al abrigo único de sus conversaciones con el cura Víctor San Martín, su compañero de pena Rodrigo Soriano, su protector Ramón Castañeyra o su posadero Paco Medina. Desde aquel páramo desértico, desde el polvoriento Puerto Cabras, acomete una estrategia de desgaste contra el Directorio Militar a partir de una epistolomanía que lleva sus cartas más allá de España (América y Francia, sobre todo)  y una ingente producción de artículos periodísticos. La superación del aislamiento queda patente en el resultado obtenido con uno de sus contactos internacionales: su huida de la Isla en un yate pagado con dinero francés, contratado por el republicano de izquierdas Henry Dumay, director de Le Quotidien, uno de los hombres misteriosos que lo visitaron en Fuerteventura.
     

    El episodio majorero de la convulsa vida de Unamuno tiene un apartado exhaustivo en la no menos puntillosa biografía de Colette y Jean-Claude Rabaté, publicada en 2009 en Taurus.  Los estudiosos certifican una primera visita de Dumay y su esposa, que se alarga durante seis días. Unamuno ha tejido un enlace entre la perdida isla del Atlántico y París. "Es un lector asiduo de Le Quotidien y, sobre todo, para no pasar por el aro de la censura, el catedrático solía enviar fuera de España sus artículos de contenido político", afirman sus biógrafos. Su afán reivindicativo también tiene otros objetivos: "Trata de seguir con su labor periodística, y recomienda a su esposa que no deje de comprar Los Lunes de El Imparcial, donde ha empezado a dar entregas de un ensayo sobre el estilo con la intención de publicarlo después como libro. Ya ha enviado seis capítulos a este periódico y dos a La Libertad, pues desde la vergonzosa carta abierta de El Liberal, 'la que provocó las voces de Primo [de Rivera]', ha roto con este diario", recogen los Rabaté en su libro.
     

    Mr. Flicht, su traductor al inglés de 'El sentimiento trágico', será otro visitante extranjero. En la "fuerteventurosa isla africana", así bautizada en un soneto por el escritor, juegan al ajedrez y matan el tiempo haciendo solitarios con una baraja francesa. Por estos días, Unamuno ya espera el yate que le va a sacar de la Isla. El 13 de junio de 1924 se despide de su amigo británico. La tristeza que le provoca su marcha es apaciguada por el retorno a Puerto Cabras del francés Dumay con su esposa y el hermano de ésta, un ruso. Están desde el día 23 al 27, tiempo que aprovechan para ver los detalles de la evasión a bordo del bergantín goleta  L'Aiglon, que ha tardado un mes en llegar desde Marsella a Mogador. La operación para sacar a Unamuno de Fuerteventura se acelera: su hijo Fernando y la esposa se unen en Las Palmas de Gran Canaria al matrimonio francés y al ruso. La ruta es ir hasta Madeira y de allí a Lisboa para ir a Francia. El editor Dumay espera sacar sus buenas primeras páginas de la llegada de Unamuno a Francia, como así sucede.
     

    El escritor, a la espera de la embarcación, se ve alterado por una sorpresa no calculada. Su amiga epistolar (aunque ella aspira a más) Delfina Molina se lanza a la aventura de ir desde Argentina a Fuerteventura, acompañada de su hija como carabina, para animar a su admirado Unamuno. Rodrigo Soriano, el otro desterrado, se une a la pandilla, y el pensador, elegante en el desierto, cede a Delfina su cama de la posada, llamada pomposamente Hotel Fuerteventura, para que descanse sus huesos de unas polvorientas excursiones, unas veces a camello y otras con  el auto del acaudalado comerciante Castañeyra.
     

    Por fin el 9 de julio el yate L'Aiglon sale de la isla con Soriano y Unamuno a bordo. La marcha, sin embargo, se ve empañada por un contratiempo que no hace variar la hoja de ruta. Primo de Rivera, harto de la agitación del escritor, decide ordenar su amnistía. El despacho llega antes de la huida, pero Unamuno decide no ponérselo tan confortable al dictador. El embarque hacia Gran Canaria se produce en una playa cercana a Puerto Cabras, de difícil acceso, y de mayor complicación para el rechoncho Soriano. El 12 de julio de 1924 atraca el yate en Gran Canaria. Casi 12 días después aparece otra pista grafológica de Unamuno: escribe a su mujer Concha en un barco que procede de Buenos Aires rumbo a Lisboa, para seguir luego hacia Oporto, Vigo y de allí a Cherburgo, donde han de desembarcar para ir a París.
     

    A estas alturas Unamuno ya tenía claro que no retornaría a España hasta la caída de Primo de Rivera. En una carta a otro perseguido por el Directorio, Santiago Alba, él y Soriano explican cuál es el futuro que se les aproxima: "Nunca pedimos indulto, gracia, perdón del Directorio, y si amigos oficiosos propusieron tal, pusimos ante el dictador y nosotros telegramas violentísimos que imposibilitaron todo perdón. (...) Ir a España fuera tanto como aceptarla y nuestra patria espiritual no es la España de hoy".
     

    El catedrático de Salamanca cogía el sol en pelota en la humilde azotea de su hostal, pero los rayos secos, atronadores, de  la luz del Atlántico no le llevaron a caer en una agonía del pensamiento. Fue el destierro antidestierro, un cargarse de energía para enloquecer a Primo. Sus cartas más comprometidas llegaban a Las Palmas, a la sede del Banco Hispano-Americano, a un tal Manuel Navarro, uno de su red de despiste.
     

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook