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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 19
    Diciembre
    2011

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    Urdangarin, el yernísimo, el bombón de los borbones

    Urdangarín, tan engorroso para la vocalización, es el nombre de la bestia, la línea que le faltaba atravesar al enriquecimiento supuestamente ilícito en España. Este yernísimo se ha convertido en el revés de Juan Carlos I. Hablamos de un joven que aprendió los códigos del tiburón blanco en la cualificada escuela de cómo hacerse rico a costa de la costilla de los demás. Amenaza con extirpar él solito una pieza básica de la Transición: la credibilidad que se ganó el preadolescente que trajo Franco a España para convertirlo en un pétalo más de su margarita de la sucesión.

     Al exjugador de balonmano parece traerle al pairo la  memoria histórica agolpada en los maltrechos huesos de su suegro, y se ha centrado supuestamente en los usos y costumbres de la estirpe que vive entre los tribunales, la celda y sus residencias en urbanizaciones de lujo conectadas con paraísos fiscales. Urdangarín, por tanto, es una anomalía en la Casa Real, aparte de la contrahecha fonética que conlleva la pronunciación de su apellido, aparentemente de alguien que podría ser poca cosa, un Iñaki más.
     

    Los descubrimientos en torno al yernísimo nos perfilan el significado del panal de rica miel al que se acercan en tropel las abejas sin escrúpulos. La metodología zarzueliana ha desplegado en la historia de su efímera instauración armas y órdenes para frenar, con diplomacia veneciana, a los buscavidas que vienen a palacio al olor del negocio con dádivas exclusivas. Pero no estaba en el canon un Urdangarín en dirección inversa: que un miembro de la Casa Real estimulase este tipo de operaciones y montase una red mercantil en beneficio propio. Quizás la plebe, los antimonárquicos, los antijuanistas, los juanistas de Estoril, los republicanos de derecha, los nostálgicos de la Segunda República... Toda esta tribu, repito, hubiese sido más contemplativa ante una víctima de los buitres que acampan al lado del bombón que es ser un Borbón. Pero el problema es que Urdangarín, presuntamente, es el polo activo, el que envasa la miel y la pone a disposición de los dispuestos a despilfarrar el dinero de instituciones públicas y privadas. O sea, un asunto de Fiscalía, imputación, condena... Muy duro de roer.
     

    El goteo de la ortopedia empresarial del yernísimo tiene al país traumatizado, pues se ve y se vive que ni la misma monarquía quedó al margen de la corrupción. El Rey, lejos de los déspotas, ha sancionado a favor del pueblo y ha separado al marido de su hija Cristina del protocolo. En la órbita de la extraña sociología de nuestro pavimento nacional, dos especies: la Reina, dando la de arena, arropa al matrimonio en Washington, según portada de la neurálgica revista Hola. Y luego, este renacer viscontiano del  Museo de Cera, que deviene en autoridad para desplazar de lugar a sus homenajeados, en cuyo descenso a los infiernos (sin hablar aún del fuego que derrite la esperma) dejan tras de sí la estela del descrédito, de la ignominia, del desdoro, de las reputaciones desbancadas del trono... El Museo de Cera como termómetro de los cambios sociales.
     

    Más allá de la vocinglería política sobre la repercusión del urdangarinazo, en el estrato de la mesa camilla con mirada de padre y madre, la bomba viene a ser lo que sucede en cualquier familia. El Rey, la Reina, la hermana separada, la cuñada periodista, el Heredero... Allí, entre la cristalería de Aranjuez, se tejen las gravitaciones, humores, desafíos y malcriadeces que se estilan en esa fundación sin animo de lucro, abastecida de lealtades y respetos, que se llama familia. Juan Carlos I, casi un bucanero dada su experiencia de nadador a contracorriente, lleva tiempo con el olfato abierto, desplegado, en la observancia de los afanes del señor que se ha casado con la Infanta, el padre de sus nietos, y ahora ya tiene la certeza de que el catarro que le provocaba su proceder era exacto. También sucede que Marichalar y sus marichalazos, sus devaneos de bon vivant, sus salidas de tono, sus desavenencias con Elena... En fin, sus noches eternas, le quitaron tiempo a don Juan Carlos I  para fijarse en el otro yerno, que era, según parece, el que se pasaba de rosca y hacía puntos para adquirir un palacete y hacer vendimia patrimonial en el centro de un jolgorio que lo esperaba como agua de mayo.
     

     

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