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  • 15
    Junio
    2015

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    Devociones de primeras damas

    Devotas de sus maridos... y de sus propias causas. Además de velar por sus poderosos esposos, las primeras damas de los Estados Unidos se han consagrado a diferentes actividades y pasatiempos durante sus estancias en la Casa Blanca.

    Por la mansión de Washington ha pasado todo tipo de perfiles: desde la frivolidad de Jackeline Kennedy (1961-1963) hasta la actitud bonachona de Bárbara Bush (1989-1993), considerada desde el principio como la abuela de América, la aparente fragilidad de Nancy Reagan (1981-1989) o la agresiva militancia política que Hillary Clinton (1993-2001) exhibió desde su llegada.

    Todas tienen algo en común: han reinado sin corona en la república más monárquica del mundo. A lo largo de la historia han sabido que no pueden permanecer en segundo plano. El pueblo americano las reverencia y ellas deben corresponder apareciendo en público y vendiendo la imagen femenina de América en el mundo.

    En realidad, no hay ninguna obligación escrita. El título de «Primera Dama de los Estados Unidos» (First Lady of the United States) no es oficial. La anfitriona de la Casa Blanca lo lleva como reminiscencia de ese carácter monárquico que quisieron introducir los padres de la Constitución. Durante su elaboración incluso llegó a plantearse que el presidente tuviese tratamiento de Alteza. La influencia de Inglaterra aún estaba cercana.

    La lista la inauguró Martha Dandridge Custis Washington. Fue la «reina sin corona» de América desde 1789 a 1797. La esposa de George Washington era de armas tomar. Antes de llegar a la presidencia acompañó a su marido a los campos de batalla. Viuda y con dos hijos, era más rica que él y nunca quiso que su marido fuera presidente. Aun así, se esforzó por salir airosa y siempre ejerció de anfitriona oficial.

    Las críticas nunca han faltado. A Edith Wilson, la mujer del presidente Woodrow Wilson (1913-1914), la acusaron de dirigir un gobierno con faldas después de que su esposo sufrió un derrame cerebral que lo dejó paralizado durante su segundo mandato. A Jacqueline Kennedy (1961-1963) se la conoció por su inteligencia, glamour y sofisticación. Su exquisito gusto prestó un importante servicio al patrimonio estadounidense. Jackie se quedó horrorizada la primera vez que pisó la Casa Blanca. Se propuso devolverle el esplendor. Para recaudar fondos editó catálogos. Desempolvó muebles y cuadros de los almacenes y le dio a la «primera vivienda» del país ese toque europeo que tanto le gustaba. Como recuerdo, frente a la columnata está el Jackeline Kennedy Garden, un jardín dedicado a ella.

    Lady Bird Jonhson pasó sin pena ni gloria igual que Rosalyn Carter. No llegó a conectar con la gente. En cambio, Betty Ford se ganó el cariño de los americanos tras su particular batalla contra el alcoholismo. Fundó la clínica de rehabilitación que lleva su nombre.

    Además de dirigir cada paso de su esposo, Ronald Reagan, a Nancy (1981-1989) le quedó tiempo para enarbolar la bandera de la lucha antidroga. Más tarde, cuando su marido enfermó de Alzheimer, se implicó en proyectos de investigación para tratar la enfermedad.

    La década de los noventa se inició con Barbara Bush. La única primera dama que ha sido suegra de otra, su nuera Laura, en el «cargo» entre 2001 y 2009. Entre las dos señoras Bush, dos señoras discretas, sin grandes pretensiones, los americanos se quedaron impactados por el arrojo de una -por aquel entonces- joven abogada llamada Hillary Rodham Clinton. Se empeñó en sacar adelante una reforma sanitaria que Obama ha intentado rematar. En 2003, tras superar el «affair Monica Lewinsky», que puso a su esposo, Bill Clinton, al borde de la destitución, salió de la Casa Blanca con la firme intención de ser algún día la primera mujer presidenta. Tal vez lo habría logrado ya si un mulato llamado Barack Obama no se hubiera cruzado en su camino. Obama le arrebató la candidatura pero la nombró secretaria de Estado. Ahora Hillary lucha de nuevo por alcanzar su sueño.

    Y... con Obama llegó Michelle, esa roca que lo ata a la realidad, como él mismo la define, abogada por Harvard y quien sabe si futura seguidora de los pasos de Mrs. Clinton. 

     

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