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Alberto Frutos Díaz

Alberto Frutos, periodista. Amante del cine, la música y los libros. Director y presentador de 'A día de hoy', 'El Submarino' y 'Metrocine' en Metrópolis FM. Colaborador en diversos medios radiofónicos y escritos como experto en cine y series. El cine es el primer arte,...

Sobre este blog de Cine

Comentarios y críticas de los estrenos cinematográficos más importantes que se produzcan cada semana. Sirva este blog como acuarela donde, para gustos, los colores.


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  • 28
    Abril
    2014

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    Alicante

    'El viento se levanta' - Aviones de papel

     

     

    En una de las escenas más hermosas de 'El viento se levanta', una película repleta de ellas, se nos cuenta un romance a través de aviones de papel que recorren un espacio tan básico como un balcón y un jardín. Sin palabras, solamente con la ayuda de la maravillosa banda sonora de Joe Hisaishi, un seguro de vida, el Maestro Hayao Miyazaki eleva el listón poético de una historia romántica que termina siendo el eje central de un biopic esquivo al tópico y rotundo en la emoción. Y en esa conversación en silencio, en el majestuoso baile de hojas blancas reconvertidas en lenguaje visual de primera categoría se esconde uno de los muchos secretos de una obra excelsa que corre el riesgo de verse eclipsada por el contexto. Ser el testamento cinematográfico de un genio tan incontestable como Miyazaki pesa, por lo histórico y relevante del personaje, pero no debe despistarnos a la hora de evaluar un trabajo tan precioso, reflexivo y emotivo como el que se nos presenta. Responsable de obras maestras del tamaño de 'El viaje de Chihiro' o 'La princesa Mononoke', por mencionar dos dentro de una filmografía sin una sola debilidad, el director japonés recibirá, con toda justificación, honores y tributos pero, antes, deja una última historia que, a pesar de contar una historia ajena, no puede ocultar el fuerte componente personal y nostálgico de alguien que ha volcado toda su vida al cine.
     
    La vida de Jiro Horikoshi, uno de los ingenieros aeronáuticos más importantes de la Historia de Japón, cuyos aviones fueron usados en la Segunda Guerra Mundial, tiene el suficiente interés como para mantener la atención de un espectador que observa atónito la perfección visual marca de la casa, quizás la más perfecta hasta la fecha. Todos y cada uno de los planos, de los movimientos, de los gestos, de las secuencias que dan forma a 'El viento se levanta' merecen la etiqueta de prodigiosos sin la menor duda, un auténtico festín para unos ojos que, seguramente, necesiten un segundo visionado para disfrutar al cien por cien de cada uno de los detalles que recorren la pantalla. Y junto a ellos, no por encima, ni por debajo, está la reflexión que plantea Miyazaki sobre su propia vida, el sacrificio que se esconde detrás de todo proceso creativo que requiera el cien por cien de uno mismo, la necesidad de aprovechar cada uno de los instantes ante lo efímero de una vida que, como subraya la antológica cita que da inicio al relato, hay que intentar vivir. Miyazaki se sirve del melodrama romántico para dar sentido a todo, para propulsar la historia, para ubicar los distintos puntos de inflexión de la misma y, finalmente, para redondear una película repleta de hallazgos. 
     
    'El viento se levanta', en definitiva, sirve para entender mucho mejor lo que se esconde detrás de un tipo que ha regalado, a lo largo de décadas, personajes, historias, universos absolutamente inolvidables. El cine, de todo tipo, le debe tanto, que una despedida a la altura parecía casi imposible. Al final, ha sucedido lo más inesperado. Prescindiendo de sus claves cinematográficas más reconocibles, Miyazaki ha entregado su película más emotiva, más adulta, más desnuda. Un ejercicio de exorcismo personal que solamente se pueden permitir los auténticos genios. Y aquí estamos frente a uno de ellos. El epílogo de una mente prodigiosa, el adiós de unas manos que, armadas con lápices, ha dibujado momentos que quedan anclados para siempre en nuestra memoria. Ahora toca tumbarse y observar, emocionados, esos aviones de papel que llevan su firma. La de toda una vida. La suya y la nuestra. 
     
     
     
     

     

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