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Alberto Frutos Díaz

Alberto Frutos, periodista. Amante del cine, la música y los libros. Director y presentador de 'A día de hoy', 'El Submarino' y 'Metrocine' en Metrópolis FM. Colaborador en diversos medios radiofónicos y escritos como experto en cine y series. El cine es el primer arte,...

Sobre este blog de Cine

Comentarios y críticas de los estrenos cinematográficos más importantes que se produzcan cada semana. Sirva este blog como acuarela donde, para gustos, los colores.


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  • 16
    Mayo
    2014

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    'Godzilla' - Batallas de siempre

     

    'Monsters', el primer largometraje de Gareth Edwards, proponía en plena era del blockbuster renacido, excesivo e hiperbólico, una calma insospechada para el cine de catástrofes, una poesía casi frágil entre explosiones que ya se habían producido, un romanticismo amateur en medio del apocalipsis. En definitiva, el triunfo de los personajes por encima de los gigantes radioactivos. Y, siguiendo la rutina actual en la que han caído las grandes productoras de Hollywood, aquella sensibilidad tan alejada de los parámetros actuales, más cercanos al indie que a las palomitas, ha tenido como consecuencia directa la oportunidad de dirigir una superproducción. O algo similar. Porque la nueva versión cinematográfica que nos llega de 'Godzilla', tras el horrible recuerdo que dejó la anterior visión de Roland Emmerich, es una batalla total entre un director intentando elaborar un discurso personal y carismático en medio del ruido propuesto por la industria, repleto de lugares comunes y tramas humanas cuya importancia termina en el momento en el que la furia hace acto de presencia. Y no es pronto.

    Conviven en esta revisión del mito japonés, presente en la memoria colectiva desde hace décadas, dos películas que no terminan de entenderse del todo, que intentan complementarse hasta descubrir que no, que lo suyo es imposible, que no están hechas la una para la otra. Tras un prólogo más que prometedor, donde el misterio, la tensión y el drama humano encajan de una manera ejemplar, la cinta se instala en una especia de letargo e hibernación de la que le cuesta mucho despertar. Ayuda poco la ausencia total del protagonista radioactivo, invisible en la mayor parte de un metraje que pedía a gritos unas tijeras, una revisión, un sacrificio de puntos muertos que terminan dando forma a un ritmo narrativo ausente de emoción alguna. Por eso, en cada una de sus apariciones, la película parece desperezarse, crecer, explotar y, al fin, permitir a su responsable aportar algo de su particular visión lírica de la catástrofe. Queda demostrado, de la mejor manera posible, en un tramo final de una belleza perturbadora, una melancolía épica que la sitúa en un lugar más cercano a, por ejemplo, 'King Kong' que a 'Pacific Rim'. El problema es lo que se tarda en llegar al final del camino.

    Para encontrar otro de los puntos flacos de la cinta, el más inesperado de todos, hay que mirar en el reparto. Lo que, en principio, era uno de los valores seguros de esta revisión se convierte en contra. Probablemente, la ausencia de carisma total de, atención, Aaron Johnson, Ken Watanabe, David Strathairn, Sally Hawkins o Elizabeth OIsen, responde más a la torpeza de un guion que se olvida por completo del desarrollo de sus personajes en cuanto los monstruos hacen acto de presencia. Solamente Bryan Cranston consigue ir un poco más allá y ofrecer algo de emoción a una película que camina con paso lento e inseguro, cansado, sin la más mínima pizca de pasión. Al final, salvo momentos puntuales, ideas visuales resueltas con puro talento y esos últimos minutos cercanos a una superproducción de autor, esa batalla entre el autor y el productor, el talento y el dinero, el riesgo y la recaudación, ha tenido un ganador claro. El de casi siempre. No es culpa de Edwards, el monstruo, en estos caso, es demasiado grande. 

     

     

     

     

     

     

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