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Blog Para no callar - Anselmo Gracia Molina

Anselmo Gracia Molina

Catedrático de Universidad

Sobre este blog de Sociedad

Cuando la democracia es partitocracia, el Estado reino de taifas, se sospecha de la justicia, la Universidad se convierte en una burda copia de algo que quiso ser, y la excelencia ni está ni se la espera, déjenme que aproveche este resquicio de libertad PARA NO CALLAR.


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  • 31
    Octubre
    2012

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    San Francisco de Asís

     Asís (Assisi) está un poco a trasmano, camino de ninguna parte, próxima a su eterna rival Perugia. Desde la ladera del monte Subasio, en cuyas entrañas se guarda la luminosa piedra rosa que da color a sus casas y templos, cada mañana mira hacia el neblinoso valle por el que discurren ríos míticos de la historia de Umbría. Allí nació y vivió el más austero santo reconocido del Medievo. Resulta especialmente interesante saber que Asís recibe cada año unos seis millones de turistas, y como es una ciudad que no suele pillar de paso, seguramente un buen porcentaje de ellos tienen más de peregrinos que de turistas. En Asís se oye el murmullo de la oración con la misma naturalidad con la que se escucha el canto de los pájaros. La vida religiosa parece fluir de cada piedra, tanto o más que de los hombres y mujeres que por allí caminan y se acercan a la tumba del santo. Creo que he sido uno de esos pocos a los que les ha pillado de paso visitar Asís; la verdad es que he ido más de turista que de peregrino, pero me ha conmovido el ambiente y he querido profundizar algo en la vida del santo hermano de Asís.

    Según  la documentación consultada, parece ser que Francisco no fue un hippie, ni un ecologista, ni está claro que hablara con los animales todos los días. Ni siquiera me queda claro que se le pueda considerar como eso que hoy se dice “una buena persona”, porque viendo los utensilios que utilizaba para doblegar su cuerpo y lo desprotegido que se enfrentaba a los rigores del clima, debía ser un hombre más que sobrado de testosterona. Una “buena persona” no necesita recurrir a esos métodos para controlar sus emociones y no perder la noción de lucha. Era alguien que mantenía su cuerpo a raya para cumplir su misión sin descanso, mantenerse despierto, y para ello un pelín de “mala leche” tendría que mostrar para convencer y ser políticamente incorrecto. A la historia corriente ha pasado como todo lo contrario, pero tuvo que ser un hombre que sufrió, y más que buena persona, fue un santo. El santoral laico lo ha arrebatado y lo ha incrustado en su particular mitología como el hombre bueno con el que nadie puede estar en desacuerdo, secuestrado por el nihilismo de una sociedad complacida.

     Francisco fue piedra de escándalo; se enfrentó a su familia, a sus propios compañeros, a los que recondujo severamente cuando hizo falta, a la propia Iglesia, a la que amaba sin límites, a los musulmanes, a los cruzados cristianos, a las costumbres de la época, en definitiva, a su tiempo, y no sé si la cosa le salió del todo bien, aunque él murió tranquilo, sabiendo haber cumplido. Pelear hasta el fin, no por ganar a los ojos de los hombres, buscar el aliento en algo más que en una esperanza tangible, es la más auténtica enseñanza del santo. Llegar santo al último suspiro de vida y enseñar lo que aprendió (“Yo ya he cumplido, ahora os toca a vosotros”) a base de coraje, esfuerzo, sacrificio, dolor, es su verdadero triunfo, herencia que salvaguardan sus hijos espirituales, pero que en nuestro tiempo todavía no ha encontrado la repercusión suficiente. No sé si alguna vez la ha encontrado, pero ahí está.

    Una visita a Asís da para mucho, que me perdonen los hermanos franciscanos por atreverme a hablar de su santo, pero me parece un santo muy vigente, no por lo que se dice de él, sino por lo que no se dice,  más allá de la imagen que nos presenta de él una sociedad que busca y crea símbolos vacíos para alimentar el argumento más adecuado a cada momento e interés. Santos y símbolos que sirven para todo y para todos, los mismos discursos para seguir sin decir nada, ganar silencios y justificar omisiones y postraciones. Francisco no es un argumento para la nada.

     

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