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Si las miradas hablaran
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Blog Si las miradas hablaran - Dimas Gallardo

Dimas Gallardo

Desinquieto y soñador.

Sobre este blog de Sociedad

Una mezcla de crítica, siempre constructiva, y de arte. Una suerte de experimento postmoderno para situarnos en el mundo actual a través de la humanidad de la consciencia, si es que esto puede convivir en armonía en la misma frase.


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  • 27
    Enero
    2017

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    Sociedad Las Palmas

    Historias lúcidas de mi abuela

    Buenos días,

    Hace poco tuve una conversación con mi abuela, una de esas conversaciones que se tienen con las personas mayores, de hablar poco y escuchar con los cinco sentidos y asentir con la boca abierta. Tuve suerte de que pudieramos hablar un rato a pesar del intenso debate que había en la televisión sobre si las acusaciones a la Pantoja son legítimas o no, obviando el hecho de que se cometiera delito, pues este personaje había alcanzado el estatus concedido por el propio pueblo de impermeable divinidad.
    Recuerdo que estaba sentado a su lado, leyendo una noticia que decía que iba a subir la luz en los meses más fríos del año y a bajar en los más calurosos, cuando en una corta pausa publicitaria, entre grito va e insulto viene, cruzó un rayo de luz justo delante de su cara:

    -. ¡Por dios! vaya falta de respeto que se tienen.
    Todo el día gritándose, luego que si uno traiciona a otro y encima mira, se ponen a comer delante de la pantalla como si no hubiera gente pasando hambre, ¡bonito ejemplo que dan!. ¡Semanas nos pegábamos sin comer carne ni pescado cuando era pequeña!. ¡Fíjate tu! -me decía con los mofletes rojos de indignación- que si no íbamos a recoger el racionamiento, no teníamos ni para sobrevivir 3 días. Antes los tiempos eran diferentes, y no me refiero a lo material, no. Me refiero a lo natural. Lo natural era que se ayudaran los unos a los otros, que los vecinos hicieran piña coño. Parece que hoy día está todo el mundo acostumbrado al sálvese quien pueda. Eso no es sano eh, escúchame lo que te digo.
    Debió notar mi cara de asombro ante ese arranque de lucidez espontánea porque continuó desahogando su resignación sin esperar réplica.
    -. Mira -decía como si fuera un secreto de estado-, el padre de tu abuelo tenía una finca por la Presa de Chira, bueno una finca, era una casa con un cacho de tierra, pero no hacía falta más. Y fíjate tú como eran las cosas que ese cacho de tierra lo compartían entre 5 familias, ¡claro!, no van a dejarse morir de hambre los unos a los otros ¿no?.
    Me contó que "los machos", como los llama a ellos, se encargaban de trabajar la tierra, el trabajo pesado, duro, intentando que siempre hubiera de más para poder cambiarlo o venderlo en el pueblo. Otros eran albañiles, carpinteros e incluso los que sabían leer y escribir se atrevían con poemas en sus ratos libres que recitaban en corrillos improvisados entre copas de vino y papas arrugadas. Mientras, "las hembras", como las llama a ellas, se sentaban al borde de la carretera de tierra a disfrutar de las vistas y cocinaban con gusto para su familia, hacían las tareas domésticas con sus hijos, con sus vecinas y con sus propias madres, iban a comprar al mercado del pueblo y cantaban canciones inventadas o populares mientras tejían los pantaones y abrigos de todas las generaciones presentes y futuras de la familia e incluso de familias vecinas.
    -. A los niños los criábamos entre todos -decía con las cejas arqueadas y una mirada aún llena de vida-, daba igual que el chiquillo no fuera tuyo, antes todos cuidaban de todos, como el refrán Amazig aquel, que dice que para criar a un niño hace falta a toda la tribu. Se iban al barranco a cazar lagartos, se bañaban al borde de la presa cuando hacía calor o se iban con sus parientes a aprender labores y profesiones o a estudiar o de vacaciones ¡¿qué sé yo?!. ¡Ahora los niños se cortan en el parque y con suerte llegan vivos a llorarle a sus madres!.

    Si hay algo que me encante de mi abuela, es su salvaje y agudo sentido del humor, curtido por años de trabajo duro y conversaciones con gentes de todas las clases sociales. Su sensibilidad hiperbólica ante los cambios de relámpago de hoy día y su inmensa capacidad de empatía con el necesitado.

    De pronto volvió el programa a emitir esos alaridos característicos de verdulería de barrio humilde y mi abuela como por arte de algún tipo de magia negra, se enfrascó otra vez en el intenso debate sin principio ni final que se desarrollaba tras el cristal de la pantalla.

    La conversación pudo haberse alargado a 2 novelas y una secuela de 500 páginas entre tanto sentimiendo guardado: la atemporal y más variada crítica social, un anecdotario autobiográfico oficial firmado por su marido, historias de drama profundo en blanco y negro, relatos de tragicomedia familiar y desventuras varias, penurias de posguerra, hambre y depresión, confesiones de amor incondicional y súplicas de un ser humano desesperado entre otros. Pero en este momento está ya demasiado mayor como para ponerse a escrbir y sólo deja caer alguna referencia de su impotencia cuando le habla al Canario o cuando intenta comprometerse a cargar con el peso de su autocompasión en las fogosas y fugaces conversaciones a la hora del almuerzo.

    El hecho es que me encanta escuchar esas historias que son como un bocadillo de realidad que tardas en digerir, que te dan que pensar, que son consejos sin serlo, premoniciones anticipadas que vienen de hace más de medio siglo. Me encanta quedarme con lo bueno por que lo puedo compartir y hoy simplemente quería compartirlo con ustedes.

     

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