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Si las miradas hablaran
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Dimas Gallardo

Desinquieto y soñador.

Sobre este blog de Sociedad

Una mezcla de crítica, siempre constructiva, y de arte. Una suerte de experimento postmoderno para situarnos en el mundo actual a través de la humanidad de la consciencia, si es que esto puede convivir en armonía en la misma frase.


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  • 31
    Enero
    2017

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    Sociedad Las Palmas

    La creación del mundo según doña Ambición

    Retumbaba la paz y el silencio por donde quiera se mirara, sin límite, sin fin; el espacio era solo una ilusión de nuestro sentido. La mirada recorría cada centímetro de la negrura, la explanada sin principio ni final, sin buscar nada, solo observaba. Se podía imaginar, rellenando su espacio, cualquiera cosa. Cualquier cosa conocida y ninguna sin conocer. Sólo los más elevados podían llegar a representar algo nunca visto.

    Como decía, en ese espacio puede existir todo lo que uno pueda imagina, ni más ni menos, y tocarlo y parlo y sentirlo por cualesquiera de los sentidos. Pero a pesar de todo, el espacio estaba vacío.
    ¿Para que rellenarlo?¿Por qué motivo querría alguien empezar a llenar de cosas la nada? Solo la consciencia plena es capaz de inundar todo el espacio y a la vez dejarlo vacío para el disfrute de los demás. Una paradójica armonía que, como la buena música, eriza el cabello y condena a la maldad a su derrota absoluta. Como iba diciendo, el espacio estaba lleno de todo y de nada, ni luz ni oscuridad. Solo una explanada abstracta cubierta de neblina gris, gris en los límites pero hecha de negrura infinita en su profundidad, se mezclaba con el vacío. Allí, entre el caos y la calma, se debatía en lo más profundo el despertar de la consciencia. El despertar de la vida, de la vida consciente, de la vida animal y de la vida vegetal. Se debatían los sentidos y las emociones oscuras: el dolor, la soledad, la traición, la abaricia, la codicia, el autoengaño, el rencor. Y se debatían contra sus hermanos, los sentimientos y las blancas emociones: el perdón, el amor, la amistad, el buen humor, la inteligencia, la pasión… Todos luchaban por hacerse con un pedacito de espacio, todos querían ser reyes de un pedazo de nada. Ambición, madre de todos ellos, reía inocente y satisfecha mientras observaba a sus queridos hijastros despedazarse sin piedad, con su mirada cargada de profundidad capaz de penetrar sin esfuerzo los corazones de los más valientes y reducirlos al tamaño de una almendra amarga que aún no ha visto el esplendor de la madurez.

    Ambición, tras varios días de alboroto en el patio de su frágil tranquilidad, donde las ideas iluminadas por el pensamiento apacible y desinteresado crecían como las flores que saben de la excelencia y fugacidad de su belleza, que no conocen el olvido ni la muerte en el paso del tiempo, decidió que ya no tenía ganas de ver a sus críos pelear y, de un momento a otro, como la cruel tormenta que torna en amable día de paz, quiso ofrecerles un espacio donde pudieran resolver sus problemas sin necesidad de molestarla. Solo le bastó con abrir los ojos para que se creara la tierra y el cielo, el agua y las plantas y todos esos extraños bichos y criaturas que habitan sus parajes.
    + Aquí tendrán espacio suficiente para convivir. O para destruirse -concluyó enorgullecida-.
    Pero la fuerza destructora de sus peleas era tal, que las montañas y los mares quedaban reducidos a colinas y lagos, a charcos, arena y polvo. Los animales eran arrasados en masa y la lava de las profundidades de la tierra manaba por las grietas como la sangre brota de una arteria abierta. Al comprobar el lamentable estado en que estaba acabando su magnífica creación, Ambición decidió que tal vez era hora de darles a estos pupilos un cuerpecito donde pudieran canalizar sus fuerzas. Un cuerpo que les permitiera desarrollar todo tipo de actividades necesarias para su propia supervivencia y para el desarrollo de sus emociones. Decidió por tanto, introducir parte de su consciencia en unos cuerpecitos hechos de un material popularmente llamado carne y huesos, que al mezclarlos con agua, sangre y músculo, componían lo que se llamó más tarde el cuerpo humano. Decidió que estas criaturas debían tener un importante grado de mortalidad, debido claro a su increíble potencial destructor. Imagínate un ser humano inmortal, ¡no cabría bondad en el mundo!

    Bueno, como iba diciendo, Ambición, sin ser masculino ni femenino, sin ser pasivo o activo, asexual e indefinido, decidió distribuir a su nueva obra maestra en los diferentes continentes, haciéndolos a cada uno iguales pero distintos, dándoles a cada raza una forma especial de ver el mundo y de organizarse en él. Decidió que tal vez este nuevo ser, el humano, debiera practicar más a menudo su espiritualidad, pues no le veía el sentido a la creación de una especie que es desagradecida con su propia naturaleza y condición, que fuera ignorante de su suerte y sobretodo de su creación. Así pues creó dos géneros opuestos pero complementarios, dos géneros que permitieran su propia reproducción, que les obligara a convivir en armonía en los mismos espacios, donde la cooperación para la vida y la supervivencia se hiciera completamente necesaria, así no les cabría otra que recurrir a un pacto entre la luz y la oscuridad, entre el bien y el mal, un punto medio en el que la consciencia de ser universal predominara por encima de cualquier deseo impuro y el odio estuviera regenerado en el amor y la violencia estuviera regenerada en el diálogo y la envidia en la generosidad y la distribución equitativa del trabajo y los recursos. Y nacieron la noche y el día, el amanecer y el atardecer, el hombre, la mujer y sus hijos, el millo, el trigo, las hortalizas y los animales de granja.
    Los humanos civilizados sobre la tierra no tardaron más que unos cuantos miles de años en volverse rebeldes y altivos, desafiantes y crueles, asesinos, esclavistas, corruptos, desalmados y temerarios.

    Encañonaron con sus dedos acusadores a hermanos de sus propias razas, cuestionaron la divinidad de la creación e insultaron despiadadamente a su condición de semidioses. Como les contaba, Ambición, reconociendo el menosprecio que emanaba su creación hacia sí misma, marchó molesta en un viaje extraordinario al mundo recién creado para advertir a sus inmisericordiosos habitantes del peligro de sus desventuras. Pero, como no podría ser de otro modo, éstos reaccionaron de manera sorpresiva afirmándose en el autocontrol de su propio destino.

    Inventaron leyes y pautas de comportamiento para gobernarse los unos a los otros, legitimando el comportamiento de superioridad y todas sus ramificaciones. Inventaron armas y cacharros para perpetuarla y una forma maléficamente sutil para doblegarlos, el dinero. ¡Qué ilusa doña Ambición si creía en el autoequilibrio de la moral y la ética! Comenzaron sus andaduras en una nueva forma de ver el mundo llamada ciencia, que desgranaba el alma de cada pedazo de creación para convertirla en algo material y medible, pudiendo aprovecharse de ella para justificar su inmadurez y rebeldía. ¿Que se podría esperar de unos hijos malcriados y consentidos? Ambición, al comprobar que efectivamente ya no había nada que hacer respecto del destino de su creación, de esa parte de sí misma, marchó resignada de nuevo a las profundidades de la nada y se sumió en una profunda depresión que dividió su alma en dos. Perdió su impasible tranquilidad espiritual que se disipó en el ruido de las discusiones de su consciencia y enfermó para siempre en una suerte de crisis identitaria que la llevó al borde de la demencia; y abandonó a su suerte la inmensa cantidad de masa humana que había ya sobre la superficie de ese pedazo de algo, lamentándose en sus milagrosos letargos de lucidez sobre el espantoso porvenir que depara la construcción de un mundo cimentado sobre su parte más oscura.

     

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