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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 14
    Junio
    2016

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    26-J: Pablo, camisa arrugada de mi esperanza

     Es lo que tienen las camisas blancas. Que recién puestas vas hecho un querubín bajado del cielo y puedes ir a repetir la Primera Comunión. Pero como se te arruguen un poco y las sudes, pareces recién llegado de un turno de doce horas sirviendo frituras y tinto de verano en un chiringuito de playa.

    Pablo Iglesias, pasada la mitad del debate a cuatro, ya tenía arrugada la camisa y estaba más frito que una de calamares. Quizá el exceso de maquillaje, tirando al rojo cabreo de mono, tampoco ayudaba. La sonrisa de España era todo menos sonrisas. Más colmillo que dientes. Desde luego, ése no es el buen rollo de Ikea, muchacho. Así no consigues montar ni un taburete, que es lo más fácil.

    Nada más llegar al Palacio de Congresos de Madrid, a preguntas de los periodistas, Pablo Iglesias había desvelado su estrategia: él venía a debatir sólo con Rajoy. Nada de debate a cuatro. Estaba el señor de Pontevedra y el señor del Cambio. Así es como las cosas deberían funcionar en el mundo ideal del líder de Podemos: todos a por Rajoy con él al frente blandiendo la coleta. Así está escrito en las encuestas. Luego, ya con el sorpasso, nos poníamos en La Moncloa tan ricamente.

    Pero la España de camisa blanca a veces es madre y a veces madrastra, como dice la canción, y el debate que iba a ser la cacería de Rajoy, se convirtió en algunos momentos en sesión de tiro a ese extremista que nos quiere hacer un griego a lo Tsipras. Y un griego, ustedes se imaginarán, duele bastante como te pille a contrapelo.

    Abrió el fuego Albert Rivera, que venía con los gestos entrenados y no se tocaba todo el rato. En el bloque económico acusó a Iglesias de querer robar la cartera a los autónomos españoles con esa subida de impuestos a partir de los 60.000 euros. Luego Pedro Sánchez siguió amargándole la sonrisa y le echó en cara su reiterada negativa a pactar tras las primeras elecciones, las del 20-D. Si hubiera pactado, le recordó a Pablo Iglesias, ya no tendrían a Rajoy a la vista. Con este ataque al líder de Podemos resucitó un poco el líder socialista pues, hasta ese momento, no se entendía por qué él y Pablo Iglesias no habían empezado a besarse, de tanto que se hacían ojitos, estaban tan de acuerdo y se estaban respetando.

    El quiebro de Pedro Sánchez, al que Iglesias ya da por “sorpassado”, molestó al líder de Podemos. Con otra arruga más en la camisa, mascullaba desencajado: que no, que el rival no soy soy, que es Rajoy, Rajoy. Y la cara era: tú sigue, sigue, que al llegar a casa te vas a enterar, Pedrito. A esas alturas ya no se sabía si era cosa del maquillaje rojo ira o era ira de verdad.

    Mientras tanto, Rajoy se fumaba un puro virtual, orondo y feliz. Él había ido a dar un mensaje de buen rollo, positivo, más Ikea que nadie: vamos a crecer, vamos a crear empleo, vamos a ganar la Eurocopa, el Mundial de Fútbol y el de Petanca, pardiez. El resto, hilillos. Estos tres señores, que no saben lo que están diciendo.

    La estrategia le funcionó. A tal punto, que el líder del PP pasó por el tramo dedicado a la corrupción, el más peliagudo para él, como si el asunto no estuviera domiciliado en la calle Génova de Madrid. ¿Quién coño es Bárcenas?, parecía dibujarse en su rostro. A mí que me registren. Salió tan airoso que osó explicarle a Albert Rivera que la culpa de toda esa corrupción era que él, el líder de Ciudadanos, era un inquisidor. Y, claro, así no se puede ir por la vida, quemando gente inocente a lo loco.

    Rajoy es un señor que lleva toda la vida sentado a la puerta de casa viendo pasar el cadáver de sus enemigos, así que ayer no iba a hacer una excepción.

     

     

     

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