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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 23
    Junio
    2012

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    Alan Turing pierde contra la máquina

    Uno termina la lectura de este libro mirando como miraba Neo, el protagonista de “Matrix”. De repente ve que todo cuanto nos rodea es un orbayu verde de bits, una lluvia de información desfilando sin final por la pantalla de la existencia. “La Información. Historia y realidad”, de James Gleick (Ed. Crítica), recientemente editado, recoge una esclarecedora cita del biólogo especialista en evolución Richard Dawkings: “Lo que hay en el corazón de cualquier ser viviente no es fuego, ni aliento cálido, ni “chispas de vida”. Es información, son palabras, instrucciones. Si queréis entender la vida, no penséis en sustancias gelatinosas y masas de materia palpitantes y vibrantes, pensad en la tecnología de la información”.

    Si la vida es información, uno de los que primero empezó a entender cómo funciona (cómo es) todo esto que nos rodea fue el británico Alan Turing, considerado el padre de la informática, del grupo de pioneros que intuyeron que el mundo se construye con ceros y unos. Creó la llamada Máquina de Turing, un modelo teórico sobre el que se sustentan los ordenadores. Turing sentó las bases de la era digital que vivimos. Puso en marcha la génesis de esas máquinas que se nos han hecho imprescindibles para existir y relacionarnos. Que de lo digan, que se lo digan a los que el jueves pasado se quedaron durante hora y media sin Twitter a consecuencia de una avería.

    Se cumplen cien años del nacimiento de Alan Turing y por eso el Museo de Ciencia de Londres le dedica hasta el próximo 13 de septiembre una gran exposición. Es una buena oportunidad para repasar la obra de un tipo excéntrico y genial que entró en el corazón de la máquina para descrifrar sus enigmas pero que murió precisamente a manos de otra gran máquina: los engranajes del Estado.

    Turing era homosexual y en 1952 fue detenido y acusado de indecencia grave por mantener una relación con Arnold Murray, un técnico que trabajaba con él en la Universidad de Manchester. Dos años después, en 1954, fue hallado muerto en su cama. Se había suicidado a consecuencia de los devastadores efectos sicológicos causados por la condena que le habían impuesto las autoridades británicas: la castración química por inyección de estrógenos. Sobre su mesa encontraron una manzana, así que muchos llegaron a escribir después, con bastante malicia por cierto, que Turing estaba obsesionado con la manzana envenenada de Blancanieves y que él había sido su propia reina malvada, sin que ningún príncipe llegase después a despertarlo del sueño eterno. Bebió Turing el equivalente a un vaso de vino de cianuro. Su cerebro, esa máquina portentosa del ser humano que ni por asomo hemos conseguido replicar aún, olía a almendras amargas, como huele el cianuro. La manzana sólo tenía por objeto contrarrestar el horrible sabor del veneno.

    Ahora que la homosexualidad no sólo ya no es delito sino que incluso el mercado la ha colmado con todas sus bendiciones por la potencialidad de consumo que tiene el colectivo gay, resulta trágico descubrir el destino que tuvo un hombre que encontró la lógica que subyace a la inteligencia pero que murió atropellado por el implacable, y a veces ilógico, funcionamiento de la maquinaria legal; arrollado por ese monumental mecanismo social que los hombres construimos paradójicamente para no acabar exterminándonos los unos a los otros.

    El error que el estado inglés cometió con Turing es de los que hacen época. Pero alcanza proporciones inéditas si se tiene en cuenta una circunstancia añadida. Durante la II Guerra Mundial, este científico que asustaba a sus vecinos cuando lo veían pasar en bicicleta con una máscara antigás para protegerse de la fiebre del heno (y no de un ataque de guerra química como suponían cuantos se lo cruzaban), trabajó en Betchley Park, la sede del equipo de expertos de la Inteligencia Británica. Los muchachos de Betchley Park, matemáticos especialistas en criptografía, fueron los que consiguieron descifrar el código de Enigma, la “maquina de escribir” que los alemanes utilizaban para encriptar sus mensajes y que así no pudieran ser conocidos por el enemigo. Turing tuvo un papel determinante en el hallazgo de la clave que volvía transparente y legible el tráfago de letras que se enviaban los submarinos de la marina del Reich para coordinarse a la hora de atacar y hundir los convoyes que cruzaban el Atlántico. Con su inteligencia, Turing salvó millones de vidas. Millones. Fue, probablemente, una de las personas que más hizo en este planeta para derrotar a Hitler sin disparar un solo tiro.

    Pero todo eso, toda esa hazaña, era materia reservada en 1952, cuando Turing fue condenado por sus amores contra natura. En 2009, el primer ministro británico Gordon Brown pidió perdón públicamente en nombre del estado británico por el tremendo error cometido con el padre de la era digital.

    Durante estos días, en la exposición del Museo de la Ciencia de Londres puede contemplarse una de aquellas máquinas “Enigma” que llevaban los submarinos alemanes. La máquina donde Turing encontró precisamente la clave para salvar a millones de personas. Ese codificador, que tiene menos potencia de cálculo que cualquiera de nuestros smart phones, ha sido cedido para la muestra por el cantante Mick Jagger, su actual propietario. Ya ven: la vida, como los Rolling Stones, lleva miles de años sacándonos la lengua. Que se lo digan al pobre de Turing. Descanse en paz.

     

     

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