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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 11
    Octubre
    2015

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    Castigo al mentiroso: ¿qué pasa cuando Red Bull no te da alas?

    Benjamin Careathers, al primer vistazo, resulta el mayor cretino que ha pisado la tierra. Es un tipo que estuvo bebiendo Red Bull y que se creyó que realmente le iban a salir alas. Pero no se cumplió lo que prometía el anuncio (“Red Bull te da alaaaas”) y se pilló el cabreo de su vida.

    Hasta ahí el análisis superficial. Ahondemos.

    Benjamin Careathers, abogado de la firma Segal, McBridde, Singer&Mahoney de Nueva York, sí que se pasó diez años bebiendo Red Bull y por supuesto que no esperaba convertirse en un ángel. De hecho, ni logró infudir más ímpetu a sus acciones ni su vida resultó más energética. Pero sí sacó una cosa en limpio: demandó a Red Bull porque no le había dado alas, ganó el pleito de su carrera profesional y se hizo famoso. Hace ahora un año, la empresa creada por el austriaco Dietrch Mateschitz en los años ochenta fue condenada por publicidad engañosa y tuvo que reservar 10 millones de euros para compensar a los clientes que no se sintiesen satisfechos, lo que no hubieran conseguido volar. Parece mentira, pero un juez de Estados Unidos –el gran imperio de los pleitos- tuvo que pronunciarse sobre si realmente tras meterte una de esas latas puedes salir disparado como un cohete.

     

    Aunque escuchando la argumentación de Benjamin Careathers, la demanda empieza a entrar dentro de lo razonable. Cuando un buen abogado habla, parece que todo lo puede. Red Bull fue la primera bebida con la etiqueta de “energética” que salió al mercado. Corría el año 1987. La primera lata se vendió el 1 de abril. Hoy se venden 35.000 millones de unidades al año. Contiene agua, azúcar, cafeína y vitaminas como taurina, niacina, ácido pantoténico, B6 y B12. Su fabricante dice que tiene un efecto revitalizador y desintoxicante que está científicamente comprobado. También asegura que incrementa las capacidades físicas y da más velocidad mental. Es la poción mágica de Astérix.

    Pero Careathers, un abogado siempre busca pleito, no se creyó nada de lo que prometía la publicidad. Este letrado defensor de los animales (en su perfil profesional relata que pasó un tiempo en un santuario de elefantes en Tailandia) escribió en su demanda: "A pesar de que existe una falta de verdadero apoyo científico a la afirmación de que Red Bull proporciona más beneficios a un consumidor que una taza de café, los acusados comercializan su producto como una fuente superior de 'energía'. Este tipo de conducta significa que la publicidad y la comercialización de Red Bull no es sólo 'bombo', puede ser engañosa y fraudulenta y, por tanto, recurrible". Así que recurrió y ganó. Ocurrió en octubre del año pasado. Red Bull tuvo que reservar diez dólares (casi ocho euros) de compensación para cada cliente de Estados Unidos que se haya sentido insatisfecho con su bebida entre el 1 de enero de 2002 y el 3 de octubre de 2014. Para quien no acepte esos diez dólares, la empresa también ofrece un cheque regalo de productos de la marca valorado en 15 dólares (12 euros). Ni siquiera piden el ticket de compra. Con ir y decir que no te han salido alas, cobras y sales volando. La compañía aceptó pagar, no quería más líos judiciales. El acuerdo quedó pendiente de una ratificación final para mayo de este año y, según los plazos, los clientes que no pudieron ser ángeles estarían ingresando los 10 euros en estos momentos.

    En resumen, un tribunal de EE UU ha dictaminado que una gran marca nos estaba contando una trola -que, por otra parte, era totalmente inverosímil- y la ha sancionado por ello.

    Pero para llegar a eso han hecho falta casi dos años de proceso judicial y un abogado bastante pícaro. (Quizá la ingesta de Red Bull agudice el ingenio, después de todo).

    El mercado, en cambio, castiga inmediatamente. Los mentirosos son ajusticiados al segundo siguiente de ser descubiertos. Ni China ejecuta tan rápido.

    Nada más conocerse el fraude de los motores de Volkswagen, la compañía automovilística alemana líder en ventas en el mundo empezó a desplomarse en la bolsa. Su capitalización bursátil se redujo en un santiamén en 25.000 millones de euros. El correctivo de los inversores se ha extendido a todo el sector automovilístico europeo. En total, un retroceso de 51.000 millones de euros de su valor en bolsa. Eso es tanto, como calculaba recientemente un diario nacional, como todo el dinero que España gasta en pagar los intereses de su deuda y todos los servicios públicos básicos del país.

    Sorprende esa reacción de las bolsas no tanto por la estampida del inversor (el dinero siempre es miedoso) sino por el gesto de corte moral que aparentemente tiene. El trilero, el embaucador, recibe su correctivo de manera inmediata, es expulsado de un juego donde, al parecer, sólo cotiza al alza la honestidad. El mercado como fuente de toda ética. No deja de resultarme sorprendente esa inquebrantable honestidad que, de repente, muestra un sistema (el capitalismo) que al mismo tiempo está convirtiendo a este planeta en un polarizado rincón del universo con un 1% de ricos frente a un 99% de gente cada vez más pobre.

    Sorprende también por la rapidez con la que se sentencia y ejecuta la condena del falsario. Y no tanto porque la decisión de castigar se tome en un abrir y cerrar de ojos sino porque, en otros planos de nuestro sistema, el castigo ejemplarizante tarda tanto en llegar que cuando llega, si es que llega, ya casi que ha perdido su sentido y función. Como inversores, vendemos nuestras acciones de Volkswagen en cuanto detectamos el más mínimo atisbo de fraude que pueda hacer perder la confianza en la marca, reducir sus ventas y, en último término, llevarnos a nosotros también a la bancarrota. Como votantes, en cambio, tragamos cada mentira que nos cuentan (y mira que nos cuentan), digerimos cada caso de corrupción, metabolizamos cada incumplimiento sin inmutarnos ni temer por el “default” de la cosa pública. Luego, cuando toca “invertir” en nuestros representantes, es decir, cuando toca meter la papeleta, seguimos votando al mismo que lleva años manipulando el motor de nuestra democracia para que parezca que sus acciones, decisiones y omisiones contaminan menos. Ojalá un día los españoles nos comportemos como accionistas de nuestro país.

     

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