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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 20
    Mayo
    2014

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    Gargallo, de la risa a la muerte

    Juan Antonio Ríos Carratalá, profesor de Filología y Teoría de la Literatura de la Universidad de Alicante, acaba de hacer un interesante descubrimiento.

    Resulta que el juez que condenó a muerte al poeta Miguel Hernández por sus actividades periodísticas en la II República había sido antes de vestir la toga de magistrado un sobresaliente escritor del género humorístico. Sus artículos en periódicos y revistas de la época tenían mucho éxito y algunos lo comparaban incluso con los más grandes como Miguel Mihura y Jardiel Poncela.

    Entre 1926 y 1931, Manuel Martínez Gargallo publicó bajo el pseudónimo de Manuel Lázaro numerosos escritos llenos de chispa y de ingenio. En 1931, aún con la República, accedió al puesto de juez. Muchos de sus antiguos compañeros de la prensa decían que, en caso de ser juzgados, querían caer en manos de Gargallo, dado su humor y aparente benevolencia. Qué equivocados estaban.

    Cuando terminó la Guerra Civil las autoridades militares lo convirtieron en juez instructor  de los casos de aquellos que habían colaborado con la prensa republicana. Ahí no se anduvo con bromas. Su celo represor no tardó en sobresalir como antes los había hecho su pluma chisposa. Ahora la vida iba en serio. No dudó en sentenciar a la pena de muerte a muchos de sus antiguos compañeros. El juez humorista instruyó decenas de consejos de guerra contra periodistas, escritores y dibujantes, incluido el que ilustraba sus relatos, un tal Echea, a quien condenó y estuvo a punto de llevar al paredón, según revela el investigador que ha destapado el caso.

    Miguel Hernández, a quien Gargallo condenó a muerte (aunque la sentencia fue conmutada por Franco por temor a crear un nuevo mártir como García Lorca y luego murió en la cárcel) fue una más de las víctimas de este juez que perdió la virtud de la risa y así devino en una mala bestia. Porque lo único que separa a los hombres de los animales es el sentido del humor.

     

     

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