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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 12
    Agosto
    2016

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    "Jabalí" (Cap.3): Alguien que me ponga mirando pa Escocia

    (En capítulos anteriores: Lela, una mujer de mediana edad, acaba de ser abandonada por su marido, al que ella se refiere con el nombre de El Innombrable. Lela vive un periodo de crisis, que trata de superar con largas caminatas en compañía de su perro, llamado Pabloiglesias. Una tarde, en uno de sus paseos, encuentra un jabalí. Pero no es un jabalí normal. Es un jabalí que habla. El jabalí se presenta como Paulo Coelho. Además, da consejos. Y no son consejos cualesquiera.)

     

    Lela no dejaba de darle vueltas a lo que había dicho Paulocoelho, el jabalí:

    -Cuando quieres realmente una cosa, todo el Universo conspira para ayudarte a conseguirla.

    La mujer había quedado de una pieza al escuchar esas palabras. Antes de que pudiera reaccionar, Paulocoelho, el jabalí, había dado un paso atrás, se había internado en la espesura y había desaparecido.

    En un estado de cierta desorientación, aún en el parque, Lela se anotó el consejo en la palma de la mano para que no se le olvidase. Tenía un poco memoria de pez. Luego, al llegar a casa, lo transcribió en un post-it. Luego lo pegó en la nevera y se quedó releyendo el mensaje -ora en el post-it ora en la nota manual- mientras pensaba de qué le sonaba a ella el nombre de Paulo Coelho. De qué le sonaría tanto…

    Qué sabio era el bicho. ¿Qué quería realmente ella? Buscar un sueño... Cumplir un sueño… ¿Pero cuál? Aquella noche no dejó de darle vueltas al consejo de Paulocoelho, el jabalí. “Tienes que saber qué quieres de la vida, Lela”, se dijo de madrugada mientras seguía tratando de pegar ojo. Al final logró dormirse. Pero su sueño estuvo poblado de jabalíes que perseguían furiosos al Innombrable, que a su vez iban perseguidos por Pabloiglesias, el perro.

    El 2 de agosto Lela se levantó con esa imperiosa necesidad como gran objetivo. Buscar un sueño, cumplir un sueño. Paulocoelho le había dicho que el Universo conspiraría en su favor. Pues nada, todo era empezar. De repente había salido del torbellino mental de las últimas semanas. Ya no le daba vueltas a su relación con el Innombrable. Después de todo, ¿en qué había consistido su matrimonio? En casi nada. Días que pasan. Se habían conocido, de adolescentes, en el pueblo de mar donde ambos veraneaban con sus respectivas familias. Uno de aquellos veranos empezando a salir. Luego se casaron. Luego hicieron la carrera juntos (ella Derecho, él Económicas). Luego encontraron trabajo (él en una constructora, ella sacó las oposiciones para el Instituto Nacional de Meteorología). Luego se casaron. Luego se compraron la casita de ladrillos rojos en la deliciosa urbanización de ladrillos rojos. Luego no tuvieron hijos como se esperaba de ellos. Luego se compraron un todoterreno, como todos los de la urbanización. Luego pasaron los años. Luego, un día, el Innombrable se marchó de casa llevándose el todo terreno. Y luego empezó el periodo de reflexión. Poco más.

    Lela paseaba por la casa desnuda. Además de cambiarse el peinado compulsivamente, ésta era otra de las cosas que había empezado a hacer sin saber muy bien por qué. En cueros, melena rubio platino al viento (acaba de alisarse el pelo y quitarse el tinte rojo fuego), iba sumida en todos estos pensamientos con la taza del café matinal en la mano. Piensa Lela, piensa. Algo en su cerebro se estaba poniendo en marcha…

    Quizá sí hubiera motivos para la ruptura de su matrimonio. Es cierto que a veces había sentido un leve pinchazo de inquietud. Una vez, por ejemplo, mientras hacía su mecánico trabajo en el Instituto Nacional de Meteorología (anotar temperatura, presión del aire, pluviosidad, velocidad y dirección del viento…) había pensado si toda su vida iba a ser igual, la misma repetición de días junto al Innombrable, hablando del tiempo. Recuerda que otra vez, mientras leía una de sus novelas de highlanders (Lela era una auténtica especialista en este género romántico protagonizado por fieros escoceses) había sentido ese mismo pinchazo cuando, justo después de cerrar el libro, se había fijado en su marido. Allí estaba: con la boca abierta como un idiota, con ese hilillo de baba descolgándose justo antes de ponerse a roncar. Con el tanga de lentejuelas doradas que se ponía en la cabeza para dormir, porque aseguraba que ésa era la mejor manera de evitar que la luz le molestase.

    ¿Cómo podía haberlo aguantado tantos años?

    Luego Lela se colocaba los tapones de los oídos, cerraba los ojos y se entregaba a su mundo interior. Bajo los párpados imaginaba que estaba realmente en las Highlands escocesas, como galopando o así, y que venía a buscarla uno de aquellos hombres esculpidos en mármol, con aquella cosa descomunal pendulante bajo el kilt. Uno de esos brutos que andaban siempre en sudadas escaramuzas con los ingleses mientras buscaban una hermosa dama con la que tener descendencia. Y luego, hala, catapúm, sacaban el monstruo del Lago Ness y la exprimían como un limón contra las húmedas piedras de su castillo de musgo y niebla. Uuuy, qué calores, Lelita de mi alma. Aquella punzada de malestar matrimonial iba desapareciendo mientras por los sueños de Lela iba desfilando un ramillete de highlanders: Jaime Fraser, el de “Forastera”, Duncan McRae el de “Deseo concedido” o el mismísimo Alaric McCabe, el de “Seducida por el enemigo”.

    Era eso.

    ¡Exacto!  

    Era eso lo que le había dicho Paulocoelho, el jabalí: “Cuando quieres realmente una cosa, todo el Universo conspira para ayudarte a conseguirla”.

    Y el Universo ya estaba conspirando, conspirando, conspirando. Lo que Lela necesitaba era…

    El mensaje del Universo era…

    Un highlander.

    ¡Un highlander! Necesitaba un highlander en su vida. Alguien que la pusiera mirando para Escocia.

    Algo que era sólido se hizo líquido. Su alma fluía de nuevo. Y la dicha de aquel descubrimiento interior hubiera sido perfecta si Lela se hubiera percatado de que, empujada imprudentemente por sus pensamientos había salido con el café al jardín, así desnuda como estaba, y de que José Manuel, el vecino de al lado, capitán retirado de la Guardia Civil de Tráfico, estaba espiándola a través del seto.

    Lela vio abrirse aquel ojo lúbrico tras la enramada, dio un gritito y salió pitando al interior de la casa, tapándose como podía.    

    (Continuará)

     

     

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