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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 10
    Febrero
    2016

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    Todos los jefes son tontos

    Atenta contra la razón ver cómo todos, todos menos Rita Barberá, están con el agua al cuello. La Operación Taula ha puesto en fila india en los juzgados a la totalidad de los concejales del PP en Valencia. Están todos. Todos menos Nuestra Señora del Caloret, sin pecado concebida.

    Atenta contra la razón pero está de acuerdo con la costumbre.

    La corrupción va por capas. Hay un estrato sucio y espeso que flota sobre nuestras cabezas, como una tormenta de mierda, chupándonos la sangre. Pero una vez superado este nivel de intermediarios, amiguetes, maletines y regalillos, en la capa más alta, en la cúspide, el aire se torna extraordinariamente limpio y puro, pían pajarillos que cantan el himno del interés general y allí los jefes tontean con la santidad en la cima del mundo. No se enteran de nada de lo que está pasando aquí abajo. Los jefes, los buenos jefes, siempre son extraordinariamente bobos. Viven en la inopia. No saben que su montaña de gloria se alza sobre nuestro fango.

    Rita no se enteró de nada. Rajoy no se enteró de nada. Papá Pujol no se enteró de nada. Papá Juan Carlos I no se enteró de nada. Ni Susana Díaz ni Pedro Sánchez se enteraron de nada. Tampoco Aznar ni Felipe estaban al corriente de nada. Los jefes, los buenos jefes, nunca escucharon el borboteo de la sopa corrupta que se cocía a sus pies y a costa de los impuestos aportados por el votante. Esa es la tradición incuestionable en nuestro país, reiteradamente confirmada en todas y cada una de las sentencias que se han dictado en España sobre casos de corrupción: al pastor del rebaño ni se le cita en el sumario.

    ¿Se podrá probar alguna vez que siquiera una de esas cabezas principales estaba al corriente de todo? Probablemente, no. La Justicia tiene sus fronteras. La Justicia no somos todos. El necesario y total ajuste de cuentas que exige una democracia saludable, jamás podrá internarse allá donde las pruebas desaparecen. O, mejor, dicho, donde las pruebas nunca existieron. Hay condena donde quedó constancia. Pero aquí ni se graba, ni se escribe, ni se dice. Tú ya sabes lo que hay que hacer. El sistema, a esas alturas, se engrasa con el sobreentendido y una fascinante telepatía: la corrupción funciona a la orden del jefe que nunca da una orden que todos suponen. Una orden nunca verbalizada que flota constantemente en el ambiente. Es un mandato imperativo que, sin necesidad repetirlo para fijarlo, se ha incorporado al código genético de los ejecutores del saqueo. Lo nunca dicho es lo que hay que hacer. Son tan bobos los jefes…

     

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