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Blog Territorio ilusorio  - Felipe N González

Felipe N González

Tengo 19 años. Colaboro con diferentes páginas de Latinoamérica y medios locales donde publico diversos textos. También he estado colaborando en medios regionales, al igual que tengo mi propia sección en la radio. Soy un apasionado de la música y el cine, y el arte lo llevo como estilo de vida.

Sobre este blog de Cultura

En este blog, publicaré textos que escribo con diferentes temáticas. Con un matiz metafórico y existencial, recorro mis pensamientos a través de las palabras e indago en la cultura y sociedad que nos rodea.


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  • 01
    Noviembre
    2016

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    Cultura
    Las Palmas

    Espectro de medianoche

    Cuando caminaba por la calle únicamente acompañado del atardecer, supe lo insignificante que era para el mundo. Veía como me miraban. Cada paso que daba no era más que una sigilosa marcha fúnebre al risco del olvido. ¿Qué he dejado a mí paso? Nada, absolutamente nada. Observo, de manera desafiante a todos aquellos que se atreven a mirarme, a señalarme con sus pensamientos. Con aires de soberbia sigo mi camino, transcurriendo los segundos como si fuesen horas, y los minutos cómo días.

    El único momento que vi placentero, evocando a la imaginación de cómo podría ser el paraíso, fue al entrar y ver a mis perros como obstaculizaron mi sereno ritmo para llegar a mi habitación. Ya dentro, dejo pasar a estas dos criaturas marionetas del tiempo, pendientes de las cuerdas del destino para suprimir sus vidas.

    Me siento en la cama. Apoyo mi cabeza en el cabezal. Me pongo los auriculares. Mi nuca nota el frío seco de la pared. La música inunda mis oídos pero sin dejarlos sordos del ruido de las escaleras. Siento las vibraciones de la calle a través del pilar que se asoma tras la pared. Noto las pulsaciones del pequeño corazón de uno de mis perros, que apoyado en mis pies, deja así proyectar lo más cercano al entendimiento del estado de su anatomía, a través de esas pequeñas ondas que atraviesan mi piel y sacan una sonrisa de mi apática cara. Mi otro perro se rasca las orejas con sus patas traseras. Suspira. Entonces se incorpora y se sienta, vigilando la puerta de mi cuarto. El que está apoyado en mí, levanta sutilmente su cabeza, moviéndola hacia los lados, pretendiendo escuchar algo. Es ahí cuando me río. Noto que la calle se queda sorda, y solamente se oye el intento de abrir el manillar de mi puerta. Un pequeño canto comienza a venir del exterior. Ya son las doce de la noche, según marca el reloj con sus campanas y con su péndulo dorado, iluminando mi rostro de un lado hacia otro durante quince segundos. Abren la puerta. Mis perros desaparecen. Sonrío aún más fuerte. Me quito los auriculares y junto al teléfono móvil, los dejo en la mesilla de noche. Una luz cegadora impregna toda la habitación dejando solo el color blanco y mi cara como supervivientes de su brillo. Entre toda esa luz, sale un rostro, irreconocible desde la cama. Cuando se acerca a mí, me clava un puñal directo al corazón y es ahí cuando me doy cuenta que soy yo mismo quien lo hace. Doy tres palmadas, y todo vuelve a la normalidad. No iba a dejar que mi imaginación se apodere del recuerdo de mi asesinato y que éste los modifique. Ya que al no saber quién me mató, mi conciencia junto a mi alma me juzgan de mi propia muerte existencial, de ser el espectro que me llevó a esta depresiva y torturadora sala denominada auto - complacencia. 

     

    Espectro de medianoche

     

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