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Blog Turistiando - Míchel Jorge Millares

Míchel Jorge Millares

Periodista. Ejercí en La Provincia durante 18 años. Autor de varias guías turísticas de Gran Canaria y colaborador en diversas publicaciones relacionadas con la actividad turística.

Sobre este blog de Economía

Meditaciones, experiencias y sensaciones de un turista ocasional.


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  • 22
    Septiembre
    2011

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    Política y burros en el turismo

     

    Este artículo lo he realizado para su publicación en el

    blog de Tourism Revolution

    En medio del desierto de Nevada (EEUU), unos manantiales de agua hacían posible un pequeño vergel que un expedicionario español, Antonio Armijo, bautizó como Las Vegas. Posteriormente, en 1931, donde todo el mundo veía el pequeño oasis otros vieron la ciudad para el juego y los casinos. Con el tiempo, la mafia haría de este lugar un santuario para sus actividades de lavado (de dinero) y, ya en los años ochenta, se convertía en la ciudad del entretenimiento y el turismo que desbancó a Orlando (Disneyworld) como principal destino turístico norteamericano en los años noventa, al superar los 28 millones de turistas al año con apenas 90.000 camas hoteleras. Para que se hagan una idea, Canarias cuenta con más de 190.000 camas hoteleras (y un amplio número de extrahoteleras), pero sólo ha recibido 10,5 millones de turistas en 2010.

    Evidentemente, para poder comparar ambos casos habría que tener en cuenta la estancia media en ambos destinos y otros parámetros… Pero bueno, los datos permiten ver qué cifras se mueven en estos dos casos  muy consolidados: un destino de sol y playa, insular y europeo, frente a otro de entretenimiento, en el interior del continente y norteamericano.

    Recordemos que Las Vegas, como destino turístico, surgió muchos años antes que la mayoría de los lugares de turismo de masas españoles, a pesar de que la naturaleza no dotó a dicha ciudad de belleza, sino más bien al contrario. Las dificultades y la escasez (ausencia casi absoluta) de atractivo turístico marcó su impronta, empujada a una actividad electrizante, a convertirse en una ciudad pop antes de que existiera la cultura pop.

    Hoy día, Las Vegas es la meca de la diversión, el festín del ocio, la visión en 3D de cualquier tiempo o lugar que pueda tener connotaciones turísticas (desde el Egipto faraónico, los piratas, la Roma clásica, Venecia… Hasta la aventura espacial). Todos los hoteles son verdaderos parques temáticos que desbordan las expectativas del turista. Un lugar que, aunque nos extrañe, genera más ingresos por los espectáculos y el comercio que por sus casinos. Sin olvidar que posee una fiscalidad muy peculiar y atractiva para la inversión y que refuerzan su marca con un marketing muy cinematográfico y televisivo, si nos atenemos a las numerosas películas y series que tienen Las Vegas como escenario y argumento.

    Pero yo iba a hablar del turismo en España y, en particular, de Canarias, por lo que les ruego que tengan en cuenta el modelo de Las Vegas porque vale la pena visualizar los distintos procesos seguidos hasta ahora y fijar el momento para poder imaginar el futuro.

    Nos centraremos en el periodo del turismo de masas que arranca en los años cincuenta y demuestra su potencia en los sesenta, debido a la irrupción de los vuelos charter (al pasar del avión de hélice al reactor), que hacían posible que un importante número de trabajadores de los países desarrollados pudieran disfrutar sus vacaciones en lugares alejados varios miles de kilómetros, a un precio accesible y en un vuelo al paraíso en pocas horas. Para ello, los intermediarios turoperadores ya se habían encargado de conseguir alojamientos y entretenimiento a precios tirados para cualquier oficinista o dependiente de supermercado de la Europa desarrollada.

    Todo el sistema giraba en torno a la comercialización de los rayos del sol y las caricias de las olas en el mar, lo que produjo una nueva forma de colonización del espacio, pero no para saquear cosechas, capturar esclavos o robar animales. Una invasión sin batallas, sutil pero escandalosa y deshonrosa al rendir los territorios costeros de mayor valor y calidad, tanto por sus paisajes como por sus ecosistemas singulares. La actuación se extendió por casi todo el litoral mediterráneo y las Islas Canarias y Baleares. Lejos de defender los intereses de los ciudadanos y empresas españolas, las mayores rentabilidades fueron para empresas y fondos de inversión foráneos, como si se tratara de una venganza de la España agrícola contra sus costas y arenales, en una estrategia orquestada, animada y amparada por el Gobierno español, ansioso de obtener divisas extranjeras a toda costa y a costa de la costa. Las leyes, creadas para fomentar la inversión extranjera en España, dictaban la condena al litoral y, como es costumbre en este país al aplicarse leyes continentales en territorios insulares, no se tuvo en cuenta los informes del Ministerio de Información y Turismo que, en 1962, advertían la necesidad de establecer una planificación flexible en las Islas de la normativa, lo que provocó un impacto aún mayor y más grave.

    La ley desarmó, aún más, un país sin infraestructuras, sin servicios administrativos, sin profesionales en el sector turístico. Fue una rendición a los intermediarios que tenían en su cartera al turista, el dinero de éste y fondos para invertir, por lo que impusieron sus exigencias con el apoyo generoso del Gobierno español, tanto en la permisividad urbanística, política, fiscal y financiera, y ejecutando, con cargo al dinero público, unas costosas infraestructuras que apenas revertían en el pueblo español. Pero, aún así, el turismo supuso para el franquismo un balón de oxígeno, aunque el beneficio económico, social, cultural, etc. pudo ser cuantiosamente mayor.

    A esta orgía sobre el territorio español –en particular en Canarias- se sumó la Ley Fiscal sobre Ayuda a Países en Desarrollo, dictada en Alemania por el ministro federal de Hacienda, Herr Straus, entre 1968 y 1972. La ‘ayuda al desarrollo’ supuso la venta de espacios idílicos a precios ridículos y con unas ventajas fiscales extraordinarias para los fondos de invasión germanos. Y en España tan contentos, ya que la versión oficial insistía en que el turismo era una fiesta que generaba ingresos, cuando en realidad lo que se estaba haciendo era una mala venta de los territorios de mayor calidad, como el caso de las Dunas de Corralejo o la Isla de Lobos (Fuerteventura)… Un paraíso para inversores incontrolados e incontrolables.

    Ya que hablamos de Corralejo, este antiguo poblado de pescadores se encuentra en el municipio de La Oliva. Tiene 356 kilómetros cuadrados y disponía en 1973 de 2587 habitantes (22.351 en 2010). El suelo en promoción en aquel año alcanzaba las 6.000 hectáreas, lo que daría cabida a unos 600.000 turistas. En aquellos momentos se construían 200 apartamentos y dos hoteles en medio de las dunas de Corralejo con capacidad para 1.600 camas. El municipio dispone hoy de 16.185 camas en 67 establecimientos hoteleros y extrahoteleros. El presupuesto del municipio era de dos millones de pesetas (12.000 euros) a los que se sumaba por primera vez fondos del REF (régimen especial fiscal de Canarias) con otros dos millones y medio de pesetas. En 2009, el presupuesto municipal ascendió a 26 millones de euros (unos 4.500 millones de pesetas). No había ingresos por parte de las promociones turísticas, ya que los arbitrios sobre la riqueza urbana a recaudar sumaron 1.159 pesetas (6,6 euros), pagadas por los propietarios autóctonos de casas antiguas antes del turismo. No existía planeamiento urbanístico, ni tampoco (en ningún municipio de Fuerteventura) se contaba con Interventor o Depositario de la Administración Local. Así, las Dunas de Corralejo corrieron un grave riesgo que pudo evitarse (en su mayor parte) gracias a la crisis del petróleo a comienzo de los años setenta y a la declaración como Parque Natural de dicho entorno por Real Decreto en octubre de 1982, poniendo freno a las ambiciones de Gea Fond (el fondo alemán que adquirió estos terrenos).

    Pero así estaban las cosas…

    El turoperador controlaba el transporte por avión, obtenía condiciones leoninas en los hoteles, organizaba las actividades en las que los turistas podían gastar el dinero en efectivo que llevaban y establecían un control directo de sus actividades a través de los guías de sus grupos de viajeros.

    Como ven, hay muchos temas y aspectos que tratar, pero volvamos a la gran diferencia del destino ‘sol y playa’ español respecto a la experiencia de Las Vegas o de Orlando, ya que mientras en esos destinos se trabajaba (y se ha continuado en esa línea) para crear un atractivo cada vez más diferenciado y de gran capacidad comercial, aquí se consolidó la venta de los mejores paisajes de calidad como principal línea de negocio, gracias al sol y playa, a lo que se añadió un contenido que, lejos de promocionar y profundizar en las riquezas patrimoniales o en la creación de equipamientos de ocio sobre los que cimentar el negocio turístico, se optó por vender la marca del subdesarrollo: por un lado, excursiones a locales para celebrar barbacoas con mucho alcohol barato, rifas, cantos y bailes típicos, incluido el sombrero mexicano, a cargo de aprendices de bailarines o ‘espontáneos’ con espíritu alegre para entretener a los visitantes.

    La otra actividad que no podía faltar en los ‘paquetes turísticos’ de los sesenta y setenta en la España peninsular y mediterránea eran las excursiones en burro. En un país subdesarrollado como era España, no podría imaginarse una actividad más típica e identitaria que el paseo en burro, con las risas, tropiezos, caídas, así como la venta de algunos productos de la tierra para beber y comer.

    Por el contrario, en Canarias el turismo ya tenía una trayectoria y experiencia previa, así como unos profetas que habían diseñado productos que permitían una más digna representación de lo local al visitante. En particular, gracias al tipismo planteado por el artista Néstor Martín Fernández de la Torre, con su Pueblo Canario, el Parador, miradores, Casa del Turista, traje típico o recuperación de las labores artesanales. O la creación de la Casa de Colón, por Néstor Álamo. Esta labor la continuaría en Lanzarote César Manrique.

    También es cierto que el turismo que venía a Canarias se distinguía por su singular estacionalidad: el invierno, época alta en las Islas, pero el objetivo del Gobierno español se centraba en conseguir la urbanización y venta del mayor territorio posible, incluidas las islas de La Graciosa y Lobos, o de los islotes de Alegranza (por diez millones de marcos) y Montaña Clara (seis millones), según informaba ABC el 24 de agosto de 1973. Nos consumía la ‘fiebre del oro’ con parcelas que hasta ese momento eran improductivas. No era de extrañar. Encima, el precio del suelo en Lanzarote y Fuerteventura se multiplicó por cuatro tras la visita del canciller Willy Brandt al sur de Fuerteventura en enero de 1973, tras operarse de la garganta, escogiendo la isla majorera para su recuperación.

    Pero…el impulso de las normas del periodo Fraga en el Ministerio de Información y Turismo atrajo manadas de buitres a por dinero fácil: sin medios ni administración, se amojonaron parcelas, se vendía sobre plano y con documentos y proyectos sin aprobación definitiva, se construían urbanizaciones sin infraestructuras adecuadas o simplemente sin éstas (alcantarillado, depuración, electricidad, agua, comunicaciones…) y se producían los grandes escándalos que tendrían en Sofico el más sonado/acallado de los casos de estafa. Había germinado en la sociedad española, en su clase política y en su estructura administrativa el modelo de negocio especulativo y no sostenible del turismo, el más impopular, antisocial y menos rentable.

    Un país como España dilapidó su patrimonio más valioso: el territorio de calidad, su paisaje y clima, para obtener unas parte muy reducida del negocio en forma de divisas que a su vez tendría que gastar en infraestructuras para atender a esos turistas que venían tras pagar a turoperadores extranjeros el mayor desembolso de su viaje y estancia. Mal negocio, aunque sirviera para sacar de la miseria al campesinado y capitalizar en parte (los que podían pagar los préstamos o anticipos de los turoperadores) a pequeños empresarios locales.

    Esa rémora la hemos soportado durante décadas. Incluso los empresarios ‘del país’, aquellos que en Canarias están dispuestos a invertir en modernos, lujosos y atractivos complejos y resorts, se encuentran ahora atados de pies y manos por la implantación de normas que pretenden poner punto final al despilfarro del territorio. Lo que no se hizo contra los depredadores llegados de fuera para especular y obtener el máximo beneficio, se impuso desde los ochenta a los empresarios que quieren impulsar el desarrollo turístico no especulativo, con nuevos productos y equipamientos con altos niveles de calidad y excelencia…

    Aún así, seguimos (casi) con el mismo burro… Hay mejores equipamientos, establecimientos especializados, mucha profesionalidad… Pero seguimos con el mismo producto: sol y playa (y en Canarias el clima). De hecho, los principales parques temáticos, los más costosos, salvo el caso de Terra Mítica (iniciativa pública que ocupó 450 hectáreas de suelo no urbanizable con una inversión de unos 400 millones de euros), se han realizado en lugares que no tienen que ver con los destinos turísticos de sol y playa (en éstos encontramos parques te tipo medio y muy inferior coste: Loro Park, Siam Park –que costó unos 50 millones-, Palmitos Park…), como el Warner Madrid (380 millones de euros más otros 86 pagados por la Comunidad de Madrid para sus accesos por autopista y tren), Xanadú Madrid (más de 360 millones de euros para poder esquiar todo el año), o el Port Aventura en Salou, con sus más de 800 hectáreas de las que se han ocupado unas doscientas para una inversión inicial de 300 millones de euros.

    Seguimos con el producto estrella de sol y playa; acompañado de diversos parques temáticos sin alcanzar el nivel de ‘marca’ creado por Disney; con una excelente imagen de nuestra gastronomía; infraestructuras más modernas y de calidad; puesta en valor del patrimonio, etc. Cosas que tuvieron que potenciarse y evolucionar desde los primeros pasos del turismo. Pero… ¿hasta cuándo vamos a esperar para revolucionar el sector? ¿A qué viene tanto miedo a tirar construcciones, recuperar espacios de calidad y levantar nuevos y sorprendentes establecimientos? ¿Por qué no nos decidimos a crear el destino de entretenimiento –que no de botellón- para el turismo europeo? ¿Esperaremos a que otro país mediterráneo –ya libre de dictatorzuelos corruptos- nos tome la delantera?…

    Año tras año gastamos millones y millones en estudiar los mercados turísticos y los perfiles de clientes. Añadimos a eso millones y millones en promoción y vuelta a vender lo mismo en ferias a las que van supuestos profesionales de un sector que ya cambió radicalmente (no he visto por ahí a Mark Zuckerberg o a los creadores de Google, que es por donde van los tiros de la nueva comercialización), y mantenemos recursos obsoletos, pero la marca sigue siendo la misma y España continúa a lomos del burro y la barbacoa, eso sí, ahora la música es de Georgie Dan y no la canción ‘Y viva España…’ que compusieron los belgas Leo Caerts y Leo Rozenstraten…

     

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