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Blog Turistiando - Míchel Jorge Millares

Míchel Jorge Millares

Periodista. Ejercí en La Provincia durante 18 años. Autor de varias guías turísticas de Gran Canaria y colaborador en diversas publicaciones relacionadas con la actividad turística.

Sobre este blog de Economía

Meditaciones, experiencias y sensaciones de un turista ocasional.


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  • 16
    Agosto
    2014

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    Tenerife y sus seis satélites

     ¿Tuvo algo que ver a lo largo de todo el siglo XIX el rol de Santa Cruz de Tenerife como capital de la Provincia de Canarias en el desarrollo turístico de las islas y su errático progreso? Los datos demuestran que la burguesía agraria y funcionarial en la entonces isla capitalina no sólo perjudicó el desarrollo económico del resto de los ‘satélites’ de la provincia única (parafraseando el título de la viajera Olivia Stone ‘Tenerife and it six satellites’, 1887) sino que careció de una visión de futuro, interesada sólo en obtener el máximo beneficio a costa del resto de islas e isleños. Un trato discriminatorio que intentó impedir el desarrollo de las islas que ofrecían el mejor clima –más seco y con temperaturas más cálidas- para los enfermos pulmonares o ‘invalids’ que dieron origen a la industria turística en Canarias.

    Tenerife fue el primer destino turístico en Canarias. Sus instalaciones para los ‘invalids’ se datan unos años antes que las de Gran Canaria, así como fue el lugar preferido por la interminable lista de científicos que investigaron las características climáticas, naturales y geológicas de Canarias, en particular de la isla de Tenerife, cuyo Teide incluía un aliciente más a aquellos pioneros de la ciencia. Sin embargo, los autores que abordan esta etapa de la historia del turismo obvian, olvidan o eluden tratar la situación de doble centralismo que padecía el resto de islas del Archipiélago. De ahí que al trato colonial de Madrid se entrecruzara con “los oriundos de Santa Cruz de Tenerife y sus oficios a favor de la llamada isla metrópoli o de su exclusivo radio municipal. Tal estatuto privilegiado alentó sentimientos de superioridad entre los círculos dirigentes tinerfeños, empeñados en conservar sus prebendas intactas a toda costa” (‘Historia contemporánea de Canarias’. VVAA. Obra Social de La Caja de Canarias. 2011). En este mismo trabajo se aportan varias cifras esclarecedoras:

    • Inflado de censos para conseguir la mayor representación política y administrativa de Tenerife (49 miembros de las juntas gubernamentales naturales o residentes en Tenerife, 12  de Gran Canaria y 10 del resto de islas, entre 1836 a 1854); 
    • En empleos públicos (278 en Tenerife, 59 en Gran Canaria, 14 en La Palma, 8 en Lanzarote y 26 en el resto de islas, durante 1860);
    • En las inversiones estatales en muelles entre 1849 y 1878 (79,56% en puertos de la provincia de Santa Cruz y el 20,44% restante en la provincia de Las Palmas, a pesar de que Gran Canaria y Lanzarote tenían muchísima más actividad de cabotaje y pesca que los puertos tinerfeños);
    • O el gasto en beneficencia e instrucción pública entre 1871 y 1887 (el 68,61% entre Santa Cruz, La Laguna y La Orotava, frente al 31,39% restante en los establecimientos de Las Palmas);
    • O la construcción de carreteras entre 1864 y 1880 (en Tenerife 101 kilómetros frente a 78 en Gran Canaria);
    • O las contribuciones directas Territoriales y Subsidios Industrial y de Comercio al Tesoro entre 1877 y 1883 (Las Palmas con las islas orientales aportaba 1.195.410 pesetas, frente a 1.081.779 pesetas de Santa Cruz).



    Aún así, reconociendo el estrangulamiento que padecían las seis islas, el peor papel lo sufría Gran Canaria que tenía que atender sin recursos una población muchísimo mayor. Pero fue peor aún, ya que el episodio más dramático sería el de la cuarentena por la epidemia de cólera morbo que impuso en 1851 la administración de la provincia única a Gran Canaria desde junio a diciembre (¡durante siete meses! Cuando en septiembre ya había desaparecido la epidemia) impuesta a la isla (prohibición de entrada y salida de buques), con el consiguiente abandono de los grancanarios a su suerte ya que no se les envió ningún tipo de ayuda sanitaria durante la extensión de la epidemia, ocasionando la muerte de 6.000 personas, casi el 10% de la población de la isla.

    Pero, vamos a hablar de turismo. Y tenemos que reconocer que en sus orígenes destaca el papel de Tenerife, su valle de La Orotava y el Teide, como artífices de la atracción del interés de científicos y médicos por ese espacio de sanación para los enfermos británicos que encontraban en la isla más calidez y mejor clima que en Madeira, aunque los servicios y el tiempo de duración de la travesía marítima (una semana) decantaban a los británicos hacia el destino insular portugués, si bien las cifras no tenían comparación con el número de británicos que acudían a los destinos europeos y mediterráneos, entre establecimientos de alta montaña en zonas boscosas o hacia las costas mediterráneas (Aix Les Bains, Montpellier, Marsella, Hyéres, Cannes, Niza, Menton, San Remo, Génova…). Un turismo de salud que se desarrollaba junto al turismo romántico y artístico del ‘Grand Tour’ iniciado siglos atrás, o con la nueva corriente de orientalismo (Egipto, Turquía, Palestina, o Asia).

    Pero el Archipiélago Canario no tenía que envidiar a esos competidores y era un lugar reconocido por la nobleza, la ‘gentry’ y el mundo médico como estación de aclimatación. A ello contribuyó que sus puertos formaran parte de las escalas de las rutas marítimas más importantes de los británicos. Aún así, sus escasos servicios e infraestructuras serían un enorme lastre para el desarrollo del turismo en el Archipiélago. Pero, sobre todo, la falta de un proyecto o plan que debería haber ideado y puesto en marcha esa dirección provincial.

    Un sector, el turístico, que era observado con interés por los inversores locales, si bien el cónsul británico en Tenerife, Charles Saunders Dundas, advertía de la resistencia en dicha isla al cambio agrario, la mentalidad rentista y la ausencia del espíritu empresarial en la isla. Lo cual contrastaba con el espíritu emprendedor de la creciente colonia británica. Como es el caso, precisamente, de Charles Baker Quiney con su esposa la reportera Anne María quienes rechazan invertir en la agricultura para dedicarse a la hospedería, abriendo el primer english hotel de Las Palmas de Gran Canaria, el Quiney (1884) para luego abrir el Bellavista (1897) en Monte Lentiscal. Éstos establecimientos y el Europa no eran suntuosos pero sí confortables y ofrecían comidas al gusto de los visitantes con buen té, mantequilla, servicio a las habitaciones…  Un fenómeno imparable, el del turismo, que da lugar a que a finales del siglo XIX surjan las iniciativas para construir el Taoro en Tenerife y el Santa Catalina (inaugurado en 1890), éste último promovido por The Canary Island Co Ldt, con el liderazgo de empresarios británicos como Blandy y Miller, pero una significativa participación de la burguesía local (cabe destacar como accionistas al Conde de la Vega Grande, Fernando del Castillo Westerling, Ignacio Pérez Galdós, Agustín del Castillo Westerling y Juan de León y Castillo).

    No era el único tipo de establecimientos. Además de los sanatorium o grand hotel, se ofertaban las fondas, los boarding-houses, las casas de pupilos, las casas de alquiler y las habitaciones de alquiler. No obstante, los historiadores reconocen que “a diferencia de Tenerife, donde solamente se pusieron inmuebles en explotación hotelera, en Las Palmas de Gran Canaria prevalece la construcción de algunos hoteles que marcarán la calidad turística de las Islas Canarias”. Un hecho que tiene mucho que ver con la figura de Alfred L. Jones y la empresa Elder Dempster & Co. Promotor del Hotel Metropole (1892).

    En estos momentos comienzan las diferencias sobre el modelo a desarrollar: por un lado, en Tenerife se opta por zonas naturales alejadas de las ciudades y vinculadas a un entorno agrario, mientras en Gran Canaria se desarrolla en las afueras de la ciudad, en sus proximidades, en la zona de Santa Catalina y del Monte, en una ciudad donde los servicios públicos eran muy deficientes por la falta de inversiones por parte de la capital provincial, pero que contaba con la iniciativa de los extranjeros que confiaban en el potencial del puerto y de los recursos de la ciudad para el turismo y construyeron establecimientos sanitarios como el Seaman’s Institute (1890),  el Queens Victoria Hospital (1891) y posteriormente la iglesia anglicana, el Club Británico o el cementerio protestante.

    El Hotel Santa Catalina comenzaría a construirse en 1888, cerca de la fuente y balneario de aguas minero-medicinales de Santa Catalina, coincidiendo con la creación del primer Club de Golf de España (1891), uno de los primeros clubes de tenis (1895) además de otras actividades deportivas y sociales que la comunidad británica celebraba con entusiasmo.

    Insistimos en que este desarrollo turístico en Gran Canaria fue a pesar y contra de los intereses de los dirigentes de aquella provincia única, culpables de que los ‘seis satélites’ padecieran “la ausencia de disponibilidad de una buena red de comunicación entre las islas mayores y las menores, así como el escaso tráfico portuario con el exterior, y la deficiencia de alojamiento mantuvieron a las islas periféricas alejadas del tirón turístico que se estaba dando en Tenerife y Gran Canaria” ('El viaje y el turismo en Canarias' VVAA. Anroart ediciones. 2012). Un crecimiento turístico que superaba los problemas propios del destino y de los cambios que se producían: higiene (pulgas, ratas, mosquitos, cucarachas, falta de cuartos de baño, aguas residuales en la calle…), idioma, tipos de comidas, gustos, mendicidad, maltrato de los animales de transporte, falta de carreteras, formas de pago, estafas en los comercios, progresos en el tratamiento y cura de la tuberculosis y aversión a los médicos y establecimientos sanitarios españoles. Aún así, la isla de Gran Canaria recibió en 1895 la cifra de 2.193 turistas (la ciudad contaba entonces con unos 34.000 habitantes). De hecho, los puertos de Canarias no eran más que puntos de escala y no de destino, porque no se apostaba por su potencial y porque el transporte marítimo seguía siendo una complicación para los visitantes ya que, aunque casi a diario había buques que se dirigían a Gran Bretaña, no dejaba de ser una aventura el tránsito entre las islas y los países europeos.

    Pero es en esta etapa de finales del siglo XIX y comienzos del XX cuando el papel de Las Palmas de Gran Canaria se fortalece, gracias a que se consolidaba un resort turístico de primer orden al que se sumaban propuestas de establecimientos (en la capital grancanaria se ofertaba en 1911 trece hoteles, además de los existentes en El Monte) y se promocionaba la venta del proyecto de la barriada Carló, la zona que hoy ocupa Schamann, con una urbanización que consistía en dos grandes hoteles que flanqueaban un palacio casino en la zona de vistas sobre la bahía portuaria, rodeados por pequeñas mansiones.

    A estas propuestas empresariales, hay que sumar el compromiso con el turismo de la sociedad civil: publicación de la revista Canarias Turista (1910-1931), creación de la Sociedad de Propaganda y Fomento del Turismo (1910), el escritor Francisco González Díaz publica el libro ‘Cultura y Turismo’ (1911), Domingo Doreste ‘Fray Lesco’ y Juan Carló crean la Escuela Luján Pérez, con su importante apoyo a todo lo relacionado con el turismo, y surge la figura de Néstor Martín-Fernández de la Torre, con su visión sobre el desarrollo turístico de Gran Canaria. Un concepto que no existió en Tenerife, tal como reconocería Domingo Salazar y Cólogan, el presidente de la Junta de Turismo de la isla constituida tras finalizar la Primera Guerra Mundial, quien afirmó que “hasta ahora sólo han sido esfuerzos aislados que no pudieron dar el fruto que se esperaba, porque se necesitaba una acción de conjunto que siempre faltó. Son numerosos y muy diversos factores que hay que poner en juego dependientes unos de las autoridades y funcionarios públicos, y otros de la iniciativa privada únicamente”.

    Lo cierto es que estas iniciativas encontrarían su escenario ideal gracias a la creación de los cabildos insulares (1912/13) y la división provincial (1927), que darían un enorme impulso a las ideas y esfuerzos de la sociedad para convertir a Gran Canaria en un destino turístico de primer orden, a pesar de las dificultades que supondrían la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. Lo cierto es que durante los años cincuenta, sesenta y setenta, gracias sobre todo al auge y la conectividad aérea, se produce un desarrollo turístico que transforma por completo el Archipiélago, pero principalmente a Gran Canaria, donde se alcanza el mayor desarrollo económico y transformación social de su historia. Aunque son todas las islas las que disfrutan de ese auge, en especial Lanzarote y Fuerteventura, por tratarse de un turismo que apuesta por el mar. Un crecimiento en el que el papel protagonista lo asume cada isla y la solidaridad (a través de la Mancomunidad Provincial de Cabildos), con hitos tan destacados como las iniciativas de Néstor (Parador de Tejeda, Pueblo Canario, Casa del turismo, Casa de Colón, concurso de Maspalomas Costa Canaria, o en Lanzarote los proyectos de César Manrique en tándem con José Ramírez Cerdá).

    Pero esta historia de progreso insular pierde parte de su vigor y ‘libertad’ con la creación de la Junta de Canarias (1978) y la vuelta a un centralismo interior propio de aquella Provincia Única que no ha sabido estructurar desde el respeto y la solidaridad las singularidades de cada isla al imponer un sistema electoral con una capacidad de interferencia de algunas circunscripciones muy superior a la de sus cuerpos electorales reales.

    Se ha intentado buscar cómo justificar el nuevo modelo con leyes de sedes y repartos supuestamente equilibrados, así como con acuerdos no firmados de respeto, pero lo cierto es que la aprobación de leyes de moratoria y de restricciones a la construcción de hoteles de cuatro estrellas en suelo calificado para este tipo de establecimientos es una decisión que perjudica de lleno a una isla. Una isla que ha tenía 105.000 camas turísticas cuando se aprueba el Estatuto de Autonomía en 1982 y ahora tiene 139.000 (un 30% más), mientras que la isla de Tenerife ha pasado de 64.000 camas a 133.000 (más del doble) en el periodo autonómico. Manteniendo, además, una oferta muy superior en camas hoteleras y, sobre todo, recibiendo 3,9 millones de turistas en 2013 frente a los 2,9 millones de turistas que recibió Gran Canaria en el mismo año. Queda claro que el modelo de la moratoria no tiene el mismo efecto en todas las islas (ni podrá tenerlo nunca) porque hemos vuelto a esos defectos que advirtiera hace casi un siglo Domingo Salazar y Cólogan…

     

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