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Blog Turistiando - Míchel Jorge Millares

Míchel Jorge Millares

Periodista. Ejercí en La Provincia durante 18 años. Autor de varias guías turísticas de Gran Canaria y colaborador en diversas publicaciones relacionadas con la actividad turística.

Sobre este blog de Economía

Meditaciones, experiencias y sensaciones de un turista ocasional.


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  • 03
    Noviembre
    2013

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    "Una luz de Gran Canaria, una playa, una sonrisa..."

    Aprovecho un texto de Carmen Laforet (‘Recuerdo de Gran Canaria’, enero de 1961. Periódico Pueblo) para reflexionar sobre el papel de los artistas y el turismo. Las disquisiciones que se plantean acerca de si ofrecer una visión comercial o publicitaria de lo que se conoce y se ama, o aprovechar ése conocimiento para escribir sin límites ni ataduras. Antes de seguir con mis comentarios, les sugiero la lectura de algunos de los párrafos del artículo:

    “Hace algún tiempo –unos dos meses, no recuerdo bien-, leí en la Prensa que se había convocado un concurso internacional entre arquitectos para proyectar un hotel en la playa de Maspalomas en la isla de Gran Canaria.
    La isla de Gran Canaria está llena de playas. Unas, tranquilas. Otras, donde los vientos levantan un oleaje verde y luminoso. Y en Maspalomas, en el Sur, cuando en cualquier otro sitio de la isla llueve casualmente, se tiene la seguridad de encontrar todo el sol estancado entre las palmeras, las dunas, el charco de agua dulce y el faro. El faro de Maspalomas es el único que yo he visto en mi vida entrando en él. Y lo vi en mi infancia. Cuando hacíamos una excursión a Maspalomas, no sé por qué, siempre teníamos necesidad de renovar nuestra provisión de agua potable, cedida por la hospitalidad de los habitantes del faro. Hay lugares que están pegados a uno mismo como la uña a la carne. Por eso una simple noticia de periódico puede levantar una oleada de sensaciones. La primera, el mar todo brillante, como de metal líquido, verde y plateado. Luego, los suelos del faro, de madera fregada, a donde llegaba la arena y que olían a arena. Y sus ventanas llenas de luz. Y el gusto ligeramente salobre del agua cuando yo la bebía.
    Todo esto sucedió hace mucho tiempo. Hay muy poco tiempo, por otra parte, para la marcha del mundo. Gran Canaria, me dicen, está desconocida. Un continuo tráfico de turismo en avión va descargando cada día a una humanidad que busca el sol desde todas partes de Europa. No son ya los turistas de trasatlánticos que van camino de América del Sur o de Sudáfrica. No son tampoco aquellos ingleses, pioneros en todos los buenos climas, que iban llegando y se quedaban en aquella calma. Ni tampoco el noruego, el sueco, el danés, el alemán que se casaban con muchachas canarias y fundaban nuevas familias. Ni la señora nórdica que pasaba un par de años en un hotel. Es un turismo organizado por agencias de viaje. Quince días de sol en invierno. Veinte días de sol. Un mes de sol. Han crecido los hoteles. Una gran población flotante recorre las carreteras, sube a los picos altos, se detiene junto al mar.
    Y ¿por qué has escrito –me han dicho a veces- una novela que se llama la isla de los diablos? Yo, que no he escrito esa novela, explico que mi novela no se llama así. Se llama ‘La isla y los demonios’. La isla está allí retratada, con una especie de deformación mágica. Esa deformación blanda y sin problemas que a veces sufren los lugares amados y que no tiene vergüenza de volver a leer cuando se ha escrito ya. Uno tiene vergüenza de que sea un poco propaganda de turismo. Pero –me dicen- cuando uno quiere a un lugar no se habla de demonios. Y yo explico que los demonios no son demonios de la isla, sino esas pasiones de los hombres que existen en todas partes del mundo. “Sin embargo, tú sabes que la gente sólo se fija en el título”.
    Yo tenía que haber escrito -puesto que mi recuerdo todo es bueno- un libro que se llamase ‘La isla soleada’ o algo así, algo que no se prestase a confusiones. Puesto que mi libro es un libro de amor a Gran Canaria. Y quiero, además, a todos los que quieren a la isla y se confunden con el título de mi libro y no leen más que el título. Y quiero también a los que no se confunden con el título, pero se ofende de que en el libro haya una muchacha que siempre está, en la isla, mirando al mar y a los barcos y queriendo marcharse de allí. Que siempre está con los ojos en el horizonte, como la estatua de don Benito Pérez Galdós.
    Yo creo que todos tienen razón. Que no se debe hablar de lo que se ama. ¿Por qué ese atrevimiento mío? Don Benito Pérez Galdós, uno de los grandes novelistas de todos los tiempos, que nació allí, jamás quiso decir su secreto. Nunca habló de Gran Canaria en sus libros.
    Y es que, quizá, uno debe hablar de todos los lugares menos del lugar que quiere y que ve sin defectos. Todo embellecido por el recuerdo íntimo, con un subjetivismo irritante. Para cada uno, el lugar que se ama es distinto que para los demás. “No te perdonan ese libro sobre Gran Canaria”. Yo lo comprendo. Un libro sin problemas isleños. Un libro que sólo habla de las cumbres y las playas, las lavas y los volcanes, el drago milenario y el puerto de La Luz. Y ¿quién soy yo para escribir ese libro, para explicar a todos mi amor de adolescencia por una tierra? Yo no soy nadie y estoy arrepentida. Pero dicen que el hombre siempre tropieza en la misma piedra de la equivocación. Y, de cuando en cuando, si me siento a la máquina, recuerdo una luz de Gran Canaria. Una playa, una sonrisa. Y otra vez lo explico.
    Don Benito Pérez Galdós, canario de la Gran Canaria, con su manto de piedra sobre las rodillas, mirando el Atlántico que cruzó un día para no volver, me lo perdonará con su magnífico y amoroso silencio”.

    Está claro que el amor a la tierra, en particular a una isla, es un sentimiento general, pero la escritura no es un ejercicio de autocomplacencia. ¡Y menos para la autora de ‘Nada’!. Por el contrario, existe una amplísima lista de títulos y de autores que han explicado y difundido esos valores de la isla. Podríamos comenzar (para no remontarnos muy atrás) a los viajeros como Olivia M. Stone, Charles Edwardes, Charles Piazzi Smith, Gabriel de BelcastelJ.H.T. Ellerbeck o Margaret D’Este… primeros viajes de turistas, tal como recoge la obra de Julio Verne ‘Agencia Thomson y Cia’ (publicación póstuma por capítulos en 1907) en la que se narra el nacimiento del negocio del turoperador –precisamente- con un viaje a Canarias. A ellos habría que sumar otras etapas y formas de describir estas ínsulas, como el caso de Miguel de Unamuno ('Por tierras de Portugal y España', 1911) quien nos enseñó la ‘tempestad petrificada’, o Agatha Christie(aquí escribió 'Mrs. Marple y los trece problemas', en Agaete durante 1927), o el oscarizado A.J. Croning ('Grand Canary', 1933).

    Pero también los grancanarios abordaron la temática del paisaje, el turismo y cómo mostrar sobre el papel nuestra realidad. Bien a través de novelas o ensayos y poesías (el propio GaldósTomás MoralesAlonso Quesada, los hermanos Millares CubasFray LescoNéstor Martín Fernández de la TorrePancho GuerraClaudio de la Torre (cuatro premios nacionales: de Literatura en 1924 y 1950, de Dirección Escénica en 1960 y de Teatro en 1965), Néstor ÁlamoOrlando Hernández con su ‘Catalina Park’…

    No olvidemos la larga lista de colaboradores que tuvo la revista Isla, donde figurarían Juan del Río AyalaJuan Bosch, Pedro Lezcano y un larguísimo etcétera. Pero también con guías turísticas de Gran Canaria, donde volvemos a encontrar a Carmen Laforet, a Claudio de la TorreManuel González SosaAlberto Vázquez Figueroa y J.J. Armas Marcelo, este último con una guía ‘secreta’ que supuestamente pretendía hablar de lo menos conocido de nuestro paisaje y paisanaje.

    Lo cierto es que hay mucha literatura sobre la isla (y las islas), pero poco ha importado a quienes tienen que definir nuestro producto turístico y la labor de promoción, recurriendo a los iconos materiales tipo Roque Nublo, dunas y faro de Maspalomas, pero poco más. Una lástima, porque si rasparan un poco en la cuantiosa literatura sobre Gran Canaria, encontrarían matices y perspectivas que podrían dar un vuelco a nuestra imagen. (A ver si alguno cae en la cuenta…)

     

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