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HEMEROTECA » |
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ANTONIO G. GONZÁLEZ En su rostro se ve. Es un tipo de mundo. Su hermano Heriberto, el cura, lo llamada "Polvo", por lo activo e impulsivo de su carácter, siendo adolescentes. E igualmente cuando Manuel Azaña lo eligió presidente del Gobierno español en plena Guerra Civil elogió de un Juan Negrín maduro, que ejercería este cargo entre 1937 y 1945, sobre todo su "energía tranquila". No parece gratuita tal insistencia. Y es que verdaderamente sólo a partir de un vitalismo extraordinario y de cierta dosis añadida de arrojo, sentido del vértigo, narcisismo y pulsión libidinal pudo ponerse en acto la trayectoria quizás más brillante, inédita y excéntrica -para su país por entonces- y maldita de la historia contemporánea española. Una trayectoria sobre la que, por lo demás, han debido pasar sesenta y pico de años hasta que el pasado sábado, en un acto de rehabilitación oficial digno de elogio tal vez pero inevitablemente lacónico, el PSOE le devolviera el carné póstumamente al objeto de reparar una más que cruel expulsión de ese partido en 1946.
La historia de Juan Negrín es la de un burgués canario, devenido científico de talla internacional en lo profesional y socialdemócrata y europeísta en lo político, que nunca renegó de su moderación regeneracionista y que acabó representando el espíritu de resistencia republicana de un modo implacable frente al golpe militar de Franco. Lo hizo en un escenario infernal, de dilemas terribles, frente a los que se manejó con una certeza anticipada, aún en solitario y contra propios y extraños, respecto de los peligro del totalitarismo. Pero fue como Simón en el desierto. Dicho en plata, si las democracias europeas le hubiese hecho caso, apoyando a la República en vez de templando a Hitler, no sólo le habrían ahorrado a España los cuarenta años de plomo, sino que quizás la Segunda Guerra Mundial no habría tenido lugar, o al menos de modo tan catastrófico.
La Facultad de Medicina de Kiel y el Instituto de Fisiología de Leipzig hicieron pronto de Negrín un fisiólogo emergente en el primer plató científico: Alemania. Pero lo germánico iba a dar para más: el joven canario destiló sus propias ideas políticas, distanciándose del conservadurismo ultracatólico de una familia a la que, sin embargo, siempre continuaría muy unido. La socialdemocracia alemana fue como una epifanía, una paradójica epifanía secularizante. En el reformismo vio claro el futuro.
Por lo demás, con esta tercera vía, una idea de cambio más allá de las utopías, la receta para España -democracia republicana, economía mixta de mercado, educación y sanidad públicas y regreso a Europa- entroncaba con el regeneracionismo hispano. Sólo que, en calidad de español, no sabía él dónde se metía.
Su carrera científica en Alemania iba como un tiro. Y luego estaba una gran pasión por la vida, no ajena a la debilidad por las mujeres, los amigos, la buena mesa, la alta cultura, los mejores hoteles, esquema al uso de un burgués liberal del que nunca quiso renegar. El amor de entrada la había deparado un matrimonio con una atractiva judía ucraniana, María Fidelman Brodsky, estudiante de piano, cuyo padre había huido de la Revolución bolchevique. Pero la vida se hizo difícil en Alemania y en 1915 pondría la vista en Madrid. Su idea era lograr una beca para estudiar en Estados Unidos pero Ramón y Cajal logró captarlo para la investigación española. Le puso el gran laboratorio. Luego la cátedra... Captado. Negrín iba aún para científico y su laboratorio pronto adquirió perfil internacional. Pero el atraso español le llevo a ocuparse por igual de la universidad y de la formación científica de otros que, como Severo Ochoa o Grande Covián, luego le dieron cuenta al mundo.
El alzamiento de Franco impresionó a todo el mundo. Y decidió volcarse en cuerpo y alma. Todo se había descontrolado. Es sabido. Los rebeldes contaron de inmediato con el apoyo militar de Hitler y Mussolini. Y la República, con Stalin y Méjico. Las democracias europeas se habían quitado de en medio para desesperación de los republicanos moderados. Eso, en cuanto al exterior. En el interior, el Estado republicano había quedado en manos de una pléyade de milicias, comités, un furibundo ejército de Pancho Villa, la quema de iglesias... Un desastre. Parar todo eso y reconstruir un Estado fuerte para resistir a Franco por encima de todo, sabiendo que se trataba de una guerra de exterminio, esas guerras totales, en términos de Eric Hobsbawm, en las que se enfrentan dos modelos irreconciliables y sólo uno puede vencer, fue la obsesión de Negrín. Como titular de Hacienda y luego como jefe del Gobierno. En poner orden habían empezado otros. Él fue implacable. Y lo llevó hasta lo personal, visitaba el frente, lo pateaba, repartía café... El burgués se remangó la camisa sin pretenderse otra cosa.
Su idea era fija: aunque no le hicieran caso las democracias europeas y tuviera que depender del apoyo de Stalin sólo cabía aguantar y manejar la situación como podía, dándole carrete al Partido Comunista -el único que lo seguía- sin perder margen de acción entre lo malo y lo peor, lo que al final logró... pura cintura de quien hasta el final se jactó de ser un "socialista no marxista". Con la política europea de apaciguamiento de Hitler sólo cabía esperar otra Guerra Mundial. Y España quedaría alineada con unas democracias occidentales que dejarían de hacer el indio para entrar en guerra contra el Eje. Stalin, por lo demás, desde 1936 no tenía gran interés en extender el comunismo a España, aunque su política de purgas comenzaba, levantando la desconfianza mundial. Es más, insistía ante Inglaterra y Francia en aliarse contra Hitler, lo que finalmente ocurrió. Claro que fue tarde para España.
Salió hacia Francia. Y pasó la guerra en Londres. Quiso en vano seguir uniendo el destino de España a Europa. Era amigo de Jean Monnet, andaba en la cocina de la CEE. Nada. En una foto simpática se le ve sonriendo con H.G. Wells, autor de La guerra de los mundos, en un congreso científico, qué ironía. El padre había fallecido tras un tiempo encarcelado por los franquistas. Después de la guerra europea su madre, su hermana monja y Heriberto se instalaron en Lourdes. Pragmático hasta lo desconcertante, cuando la lógica de la Guerra Fría consolidaba a Franco exigió que el Plan Marshall no dejara fuera a España. Pensó que el desarrollo y la confluencia europea traerían la democracia. Claro que eso llevó tiempo... Negrín había ido enfermando del corazón. "Polvo" se apagaba. Murió en París en 1956.
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