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ALBERTO CASTELLANO
TELDE
Dos impresionantes cazas F-18 presidían en la tarde de ayer el hangar siete de la Base Aérea de Gando. Dos aviones por los que el alférez alumno grancanario Eduardo Francisco Castilla Rodríguez, de 23 años, luchaba para poder pilotarlos y surcar así los cielos. Allí, en el centro de la nave, a tan sólo 20 metros de las cabinas de los dos aparatos, se encontraba el féretro del joven fallecido hace 16 días en un accidente cuando volaba junto al capitán Julio Castellón en un Casa C-101 entre Madrid y Murcia. Perdió la vida haciendo lo que más quería, volar, y por ello fue despedido ayer con honores en una misa funeral a la que asistieron personalidades militares y políticas.
Pasadas las dos de la tarde llegaba a la Isla el cadáver de Eduardo Castilla dos semanas después del fatal accidente. Lo hacía tras una minuciosa autopsia para identificar tanto sus restos como los del capitán Castellón, que en el momento de la tragedia realizaban un vuelo de instrucción entre las localidades de San Javier, Murcia, y Torrejón de Ardoz, en Madrid.
Fueron los compañeros del alférez en la Academia del Aire, donde Castilla estudiaba el cuarto curso, los que hicieron la entrada con el féretro al hangar del escuadrón 462 del Ala 46. Lo hacían pasadas las cinco de la tarde, bajo el himno a los caídos por España y con una bandera española sobre el ataúd. Sus padres, Eduardo Castilla e Inmaculada Rodríguez, así como sus hermanos, Enrique y María, presidían con gran entereza la misa funeral oficiada por el delegado episcopal castrense de las Islas Canarias, Roberto Rivero García.
El reverendo recordó durante la homilía el amor que profesaba el alférez Castilla hacia la aviación, de cómo pasaba las tardes cuando era niño junto a su progenitor construyendo y pintando aviones de miniatura. Además, recalcó que en la vida hay dos fases, una de ellas en las que "los niños no aprende, imitan, y Eduardo imitó a su padre en el amor por los aviones; su ilusión era volar y así falleció". En la segunda de las fases se refirió a la lucha por conseguir lo que uno ama. "Él se entregó por un ideal, aquello por lo que uno está dispuesto a morir. Ello le dio ilusión para vivir (...) él supo vivir su ideal y su ideal le metió en la Academia del Aire", donde perdió la vida, agregó Roberto Rivero, quien finalizó apuntando: "Tu sueño [refiriéndose al alférez alumno] fue volar, tu ilusión era remontar el vuelo y ese vuelo lo remontaste hace 15 días".
El himno del Ejército del Aire siguió a las palabras del delegado episcopal castrense, que cantaron con gran emoción y bajo lágrimas sus más de 50 compañeros de la academia que fueron trasladados hasta la Isla en un Hércules. Posteriormente, el jefe del Estado Mayor del Aire, José Jiménez Ruiz, quien ejerció como jefe del Mando Aéreo de Canarias y que viajó a la Isla en el avión junto al cadáver, le impuso la medalla al mérito aeronáutico con distintivo amarillo -muerte en acto de servicio-, que fue entregada junto a la bandera española y la gorra de plato a los familiares, con los que se fundió en un fuerte abrazo.
Tras la misa, el cuerpo fue trasladado al tanatorio San Miguel, donde fue incinerado.
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