JUANJO JIMÉNEZ
El mundo de la cola es fascinante. A las siete y veinte minutos de la tarde se abría el aforo de la Gala de la Reina del Carnaval y comenzaba el trasiego hacia el interior del recinto. "Señora, me ha dado usted una entrada de más", explicaba la azafata a una espectadora.
"Sí mi niña. Esta entrada es la de Nieves, amiga mía. Ella es rubia, pelo corto: Nieves. Cuando la vea, usted la deja entrar..."
Este era un caso de entrada por exceso. Pero también los había por defecto. Un doño intenta colarse: "Señor ¿y su entrada?". "Coño, la tiene Antonio, que ya está dentro. Antonioooo", hasta que va reculando, silbando la canción del disimulo, y se pierde hacia atrás.
Y luego había entradas que solo estaban para ellas. Como las últimas cuatro a la venta que se llevaron Andrea Quijada, Cristina Díaz, Reyes Díaz y Noelia Paredes, naturales de Lugo y en su noche de fin de vacaciones. Estaban visiblemente privadas con esto de ver en directo la elección de la Reina, asunto que no existe en su Lugo natal, y se llegaron al sitio con atuendo más de agosto por la tarde que de febrero por la noche: "Pero qué buen tiempo", se regodeaba Noelia, mientras el público en general se abrochaba los botones de los cuellos: "Vosotros no sabéis lo que es el frío".
Poco después ya comenzó a rumbiar el escenario y el ambiente se sulfató con un aroma a jarea de calamar. Y en eso que llegaron las amotos, con gran aparato de carburación. "Mira Jonathan, qué amotos más limpitas", advertía un padre a su pequeño, vehículos que iban luego a formar parte del espectáculo, como otros muchos participantes que iban ingresando en la zona de arte y que eran fácilmente detectables, porque todo artista lleva tras de sí a una madre entregada arramblando con el carro del atrezo.