R.C.
Los días 10, 12 y 14 del próximo septiembre ofrece el teatro Pérez Galdós el estreno absoluto de La hija del cielo, ópera encargada por el empresario Antonio Cruz-Mayor al compositor Juan José Falcón Sanabria, con libreto encomendado por éste al periodista Guillermo García-Alcalde.
Inspirada en hechos y personajes -tanto legendarios como históricos- de la isla de la Gran Canaria a finales del siglo XV, y concretamente en los últimos días de su conquista por las armas castellanas, la que puede considerarse la primera ópera canaria de gran formato sinfónico y coral fue apoyada desde su gestación por el entonces alcalde de la ciudad, José Manuel Soria. Pepa Luzardo tomó el testigo y Jerónimo Saavedra asumió el estreno tal como fue diseñado por Rafael Nebot, director general de la Fundación Teatro Pérez Galdós, que volcó en ello todo su saber y entusiasmo, decidido a lograr una gran producción de primera categoría internacional.
La larga génesis de la obra ha recibido consejo y asesoramiento de varias personas: el escritor Arturo Cantero Sarmiento en la elección del asunto, el director Roger Rossel en la estructuración de sus partes, el filólogo Maximiano Trapero en la adecuación de términos verbales, la insigne soprano Cristina Gallardo-Domâs en la configuración de las escenas del rol titular (Guayarmina); así como Pep Gatell, director de La Fura dels Baus responsable de la vertiente escénica, y Gerd Albrecht, director musical y concertador, ambos en la dramatización final.
Acerca del asunto. Cuando el empresario Antonio Cruz-Mayor y el compositor Juan José Falcón se reunieron por vez primera con el libretista, los tres tenían muy claro que el hecho central de la ópera, la autoinmolación de los canarios prehispánicos en la fortaleza de Ansite al grito de "Atis Tirma", no sería un cartón-piedra pseudohistórico ni un ritual de panteón decimonónico. Por el contrario, querían extraer de los últimos días de la conquista de Gran Canaria una experiencia extrapolable al aquí y el ahora del mundo. Eligieron el profundo dilema que dividió a los canarios prehispánicos, quienes inmolaron sus vidas ante el avance de las armas castellanas mientras que otros, atraídos por la inmensidad del mundo exterior y la cultural de la Edad Moderna europea representada por la Corona de Castilla, vieron el futuro de su pueblo en la fusión con los llegados del otro lado del mar. Entre ambas actitudes se eleva el perfil de Guayarmina, a quien la leyenda atribuye el sobrenombre de La hija del cielo. Convencida del heroísmo de su amado Bentejuí y atormentada por la conducta de Tenesor, su padre, comprende finalmente la voluntad de éste. El grave dilema de aquel pueblo se resolvió en un fecundo mestizaje de sangre y cultura, mientras que la confrontación de dos mundos distintos y antagónicos se fundió en un solo mundo, el de la modernidad europea.
A poco que se observe la realidad mundial de hoy, cuya paz amenazan de continuo el terrorismo, las guerras raciales, los fanatismos religiosos y el choque de civilizaciones, se verá un trasunto en el pensamiento de esta ópera, que aboga de manera idealista por la capacidad unificadora del mestizaje cultural y por la abolición de los llamados Primer, Segundo y Tercer Mundos, que han de ser uno solo para una sola condición humana. La globalización y la mundialización de los recursos económicos, que acarrea mayor injusticia, tiene aquí su reverso en la mundialización de los productos culturales y la participación igualitaria en los bienes del Espíritu. Ésa es la enseñanza extraída de los hechos canarios que inspiraron la ópera.
La obra tiene dos actos, el primero con una sola escena y el segundo con dos. Toda ella está escrita en verso libre, cuyos giros, metros y estilos se inspiran en la poesía castellana de los siglos XV y XVI. Los metros versales son variados, entre las cinco y las once sílabas, a fin de facilitar la movilidad rítmica de la música. Las ideas en que se articula la obra están distribuidas a lo largo de ella y entre todos los personajes. A título de ilustración seleccionamos algunas citas.
Apenas comenzada la obra, tras el canto infantil de la última fiesta del Beñesmén, el coro de guerreros describe el acoso de las armas españolas y, con un grito de guerra, califica de traidor al guanarteme Tenesor Semidán:
No queremos vida
a cambio de honor.
Abre, Tenesor,
las puertas del alma
y escucha el clamor
de nuevas batallas.
Nuestro pueblo en llamas
seguirá al caudillo
y odiará al traidor.
Entra Tenesor y expresa su difícil fe en una incorporación pacífica a la cultura del mundo, así como el rechazo del exterminio inútil de su pueblo.
Grande es el mundo más allá del mar.
Doy mi confianza a la firme promesa
de compartir un futuro de paz.
Mas si, tenaces, preferís matar,
toda mi fuerza enfrentaré a la vuestra.
Abenchara, esposa de Tenesor, lo llama a luchar hasta la muerte en de- fensa de las leyes heredadas. Tenesor responde en el dúo con palabras co- mo éstas:
Mujer, no hay leyes eternas,
ni perviven las culturas
en el correr de los siglos.
No, Abenchara. Sólo existe
un mundo y un ser humano.
Tras el dúo de sus padres, entra Guayarmina ensimismada en el amor que siente por Bentejuí. La suya es una es- cena larga, estructurada como recita-tivo, arioso y aria. Al comienzo canta las dos hermosas endechas rescatadas fonéticamente por Torriani de una cultura ágrafa... Una de ellas, la famosa "Aicá maragá", parece hacer mención al dramático momento en que se de- sarrollan los hechos. Su traducción es:
Sed bienvenido. Estos extranjeros
a nuestra madre mataron, hermano.
Ahora que, por fin, juntos estamos
y perdidos, a ti unirme quiero.
Enseguida evoca Guayarmina su amor por Bentejuí:
El príncipe de Telde es mi primo,
mi héroe, mi hermano bienamado,
mi esposo, la esperanza de la patria
canaria y su más bravo adelantado.
Aparece Bentejuí y canta su amor por Guayarmina, exaltado en el ideal pa- triótico:
Cada vez que te pienso,
renuevo el juramento
de salvar nuestra raza y nuestra tierra.
Cada vez que te veo,
fuego eres del anhelo
que reduce a ceniza mis flaquezas.
Tras el dúo de los enamorados, el fiel Tazarte y el coro de guerreros vienen a recordar a Bentejuí la crítica hora que están viviendo:
Cada día y cada hora
pasados en la agonía
del acoso sin respuesta
nos arrebatan comarcas,
cosechas, pagos y aldeas.
Tenesor los escucha e intenta convencerlos otra vez. Pero es inútil. El primer acto concluye entre gritos de guerra.
La primera escena del segundo acto comienza con la amargura del propio Tenesor, preso entre las dudas y el odio que despierta en los suyos:
Nada soy en el seno de esta noche que
me empuja hasta el fondo del vacío;
ahogado en soledades, ya no mido
el pulso de la angustia que me rompe.
Entra el general Pedro de Vera, que recuerda al Guanarteme su compromiso de viajar a España e insiste en las promesas de la Corona de Castilla. Pese a las súplicas y advertencias de Abenchara y su pueblo, Tenesor emprende el viaje. En su despedida, se dividen las emociones del pueblo entre el rechazo a lo que consideran traición y la esperanza de que el guanarteme esté en lo cierto y garantice su futuro. Bentejuí se pone entonces al frente de todos y los exhorta al juramento de la resistencia:
Así es el compromiso
que nos une ante ti.
Escucha el juramento:
¡Resistir o morir!
Sellado el juramento, el faycán de Telde, Aytami, intenta disuadirlos augurando que la victoria española destruirá la raza canaria y la borrará de la memoria de los siglos. Los demás repudian estas palabras y lo obligan a huir, sospechando que se ha vendido al invasor. Nuevos mensajeros describen la situación como desesperada, y regresa Pedro de Vera con un ultimátum de rendición. Bentejuí y los suyos reiteran el juramento de resistencia o muerte.
Después de una transición, comienza la segunda y última escena. Guayarmina ya se debate en la duda entre la resolucion heroica de Bentejuí y las razones de su padre. Cuando el joven intenta mantener entera su fe en la resistencia, ella responde:
Nunca estuve tan dentro
de mi esposo y caudillo,
ni antes fue tan profunda
la angustia del silencio
que rodea a mi padre.
Llega la noticia de que el traidor Aytami se ha entregado con quinientos canarios. La isla está en llamas, todo es sangre y destrucción. En la fortaleza de Ansite, donde se desarrolla la escena, sólo queda un puñado de resistentes. Bentejuí pide a Guayarmina que cuide por su vida:
Adiós, Guayarmina, esposa,
no perezcas en la hoguera
de la patria. En tu vida
confiamos la misión
de testimoniar el gesto
que nos manda el juramento.
Dos harimaguadas se arrojan al vacío al grito de "Atis Tirma". Acompañado de su fiel Tazarte, Bentejuí las sigue al precipicio con el mismo grito, tras exclamar:
¡Nadie os ha amado, canarios,
como os amo con mi ofrenda!
¡No olvidéis este holocausto!
El lamento de Guayarmina rubrica el suicidio de Bentejuí. Todo se hace silencio y oscuridad. Lentamente, va surgiendo un sonido que asciende a clímax como marcha fúnebre del héroe. Vuelve gradualmente la luz. El coro de niños expresa, junto a su desolación por la muerte de Bentejuí, el miedo a un futuro desconocido. Sobreponiéndose a la tragedia, Guayarmina entona un canto de vida. Abenchara evoca entonces la esperanza de su esposo:
Tenesor me dijo un día:
"Abenchara, sólo existe
un mundo y un ser humano"
En el concertante conclusivo, Guayarmina resume finalmente el sentido de la obra:
¡Quiero vivir, Bentejuí!
Pero tu muerte me enseña
que no habrá raza más pura
que aquella en que sean libres
todos los seres unidos.
El gran clímax a que llevan estas palabras se extiende al coro:
Porque el mundo es grande
más allá del mar
y la tierra es una
para los que viven
iguales y libres.
Y cae el telón.