ME NIEGO A DECIRTE ADIÓS, HERMANO

 

GUILLERMO GARCÍA-ALCALDE Ayer estabas casi presente, junto a Vicky y Mary, al pie del gran bronce de la verde colina donde hace algún tiempo decidimos con otros amigos fundar la Asociación Wagneriana de Canarias. Hoy me encuentro enfermo de soledad en este enorme aeropuerto muniqués donde espero el vuelo que me deje llegar a tiempo... ¿De qué? ¿De decirte adiós? Hermano, eso es imposible. Han pasado años desde que, tras aquella carrera contra reloj por todo Salzburgo para encontrar abierto el despacho de localidades del festival -por nada del mundo querías perder un concierto de Riccardo Muti, después tu gran amigo-, te vi azul por primera vez. ¿Qué había ocurrido, Rafa? No lo sabías, pero estabas extenuado. De entonces a ayer pasaron siete años de lucha feroz contra el avance de un mal que la Medicina sabe paliar pero no cura; un mal desmesurado para cualquiera pero no para ti, que naciste luchador y rebelde. No para ti, que entre los muchos regalos que recibiste de la vida fue el mejor el de Vicky, tu mujer, tu amiga, al menos tan luchadora y tan rebelde como tú. Esta vez vine solo a Bayreuth, confiando en tu fortaleza para superar la crisis de los últimos días, como superaste las anteriores. Pero no fue una más, sino la decisiva. Saliendo ayer de Parsifal, un mensaje de Vicky nos puso en la realidad a tus íntimos Werner y Metina, y a mí. No podíamos creer que fuese tan grave, pero después de una noche en vela recibí esta mañana la noticia de ella misma -rota, pero fuerte- y todo fue confusión hasta este momento de aeropuerto en el que acierto a entender al menos dos cosas: que no quiero ni puedo decirte adiós y que tú, hermano, en realidad no eras de este mundo.

No lo eras por tu invariable alegría, por tu incapacidad de abdicar de la transparencia moral en el juicio de las personas y la percepción de las cosas y por tu tesón en la lucha contra los problemas. Durante años te vimos hacer tu vida y tu trabajo como si la minusvalía que te vinculaba durante las 24 horas a los depósitos y los cables de la mitad de tu aire y de tu atmósfera, fuese lo más natural del mundo: un apéndice como el portafolios, y punto. En ese tiempo, espléndido Rafa, culminaste tu obra predilecta, el internacionalmente famoso Festival de Música de Canarias, plantaste las bases del Teatro Pérez Galdós como un centro de cultura de primer nivel y recibiste los más altos reconocimientos institucionales de tus Islas y de tu ciudad natal. No podías viajar desde 2003 y tu trabajo gestor, organizador -creador, en realidad, por la falta de precedentes- nunca se resintió. Al contrario, lo hiciste cada vez más brillante, más descubridor y más respetado.

Tu amistad era, además de la cosa más grata y natural, un orgullo y una enseñanza. Orgullo de sentir el afecto de una persona tan notable por su cultura, honestidad y optimismo; y enseñanza de una voluntad de hierro, una ejemplaridad humana sin parangón, una norma de vida a despecho de las adversidades. No eras de este mundo y lo has dejado muy joven, injustamente arrancado de tus ilusiones, que era fácil constatar incluso en las visitas que te fatigaban y en las conversaciones que multiplicaban el esfuerzo de respirar, pero no la chispa de la mirada, faro de la esperanza inagotable en un mundo mejor, una cultura elevada como expresión idónea del bienestar, una auténtica fraternidad universal. ¿Cómo decirte adiós sin sufrir una brutal mutilación? Este paso de ahora por nuestro Bayreuth, que, más que un festival, es una forma de espiritualidad, apenas duró 24 horas pero son suficientes si pienso que serán las últimas. Muy difícil me parece, aquí, tirado en la nadificante soledad de aeropuerto, que vuelva a interesarme una aventura vivida con vosotros y sometida al paréntesis de tu enfermedad. Si el paréntesis no se ha cerrado, tampoco la memoria, de la que eres protagonista y lo serás mientras viva. Tú eras más mozartiano y yo más bachiano que wagnerianos, y nos reíamos a veces del inexplicable recelo en torno al "clan de los wagnerianos". Pero ayer, en un Parsifal indescriptible, pensaba de continuo en la rara pureza de tu conciencia, esa sostenida incredulidad ante las elucubraciones de la desdicha. Algo indefinido en el aire, algo que presentía sin aceptarlo, me llevaba a tu memoria casi en cada instante. Werner y Metina me dijeron después lo mismo. Y era precisamente en Parsifal, el puro y sencillo, donde el Wagner guerrero y vengador se hace redentor.

A pesar de tu carácter expansivo guardabas muy celosamente la intimidad dentro del grupo familiar y el de los amigos "de toda la vida", los que siempre están y nunca se distancian. Si pese a ello eras tan sinceramente estimado por tantos conciudadanos, me gusta imaginar qué ocurriría si muchos más te conocieran a fondo. Se enorgullecerían sin duda de un ser excelente por su condición intelectual, respetado por su don de organizador, admirable por el carisma de dirigente y, más allá más acá de todo eso, buena gente a tope, sin límites: generoso, desprendido, tolerante, asequible y siempre dispuesto a ayudar.

Vivimos grandes alegrías en la música, que te llenaba y desbordaba de ti como un don; y también en la vida de cada día, con nuestras mujeres, nuestros hijos, nuestros amigos y todos los que resonaban interiormente con el milagro de la música. Todo ello va a manifestarse ahora, en torno a tu nombre, el de tu enamorada y abnegada Vicky, los hijos que iluminaron tu vida -Ricardo Sigfrido, Isolda, Atala-, tu madre, tu hermana... Pero tú nos dejas mucho más y es el karma inagotable de tu alegría, tu vitalismo, su sensibilidad, tu instinto solidario y tu don para concitar la mejor música, cuidar y proyectar a los jóvenes creadores, procurar a todos el placer de los valores excelsos.

Seguramente me paso de sensiblero, no de subjetivo. Lo que digo es inamovible y muy poco para lo que podría decir. En mi descargo añado que no es fácil escribir con los ojos rojos en un aeropuerto que te anula y aplasta. Pero en rigor no estoy solo. El teléfono no cesa y me han llegado decenas de voces deseosas de compartir la tristeza o desahogar el estupor. En una palabra, recordarte. Y pensar en honrar tu memoria, como ahora mismo, hace un minuto. Pedro Halffter me dice que el concierto de la Orquesta Filarmónica en la inauguración de la próxima temporada será para ti y comenzará con una obertura de Wagner. Humildemente, sugiero la de Parsifal, el héroe bueno.

Así ha de ser, hermano querido. Has dado tanto en tu corta vida que cuando llega el momento de tomar conciencia advertimos la enorme riqueza interior recibida de ti. Me niego a decirte adiós y te doy las enésimas gracias, inolvidable Rafael, fuerte como la toba de los volcanes y familiar como lo que me has enseñado a ser: un verdadero amigo.

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