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HEMEROTECA » |
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JUAN CRUZ RUIZ José Toledo, el médico tinerfeño que acaba de morir en Madrid a los 75 años, forma parte de la generación canaria de la dificultad; procedía del sur de Tenerife, cuando el sur apenas existía, su padre, don José, era un socialista, y él tenía tres años cuando empezó la guerra civil. Sus estudios de Medicina tuvieron que hacerse a medio camino, en Cádiz, y los completó en Inglaterra. En Madrid desarrolló un trabajo de muchísima calidad; sobre todo, puso en marcha y mantuvo a un altísimo nivel el equipo de cirugía del 12 de Octubre, cuando tenía el nombre de 1 de Octubre hasta que fue adaptado a las nuevas exigencias nominales de la democracia?
Su compañero, y amigo, Antonio Alix nos daba el otro día, con el doctor Toledo aún de cuerpo presente, la clave de ese magisterio: la capacidad para crear equipos, para motivarlos. Le fui a ver muchas veces a su despacho; su dedicación no tenía límites horarios, y la sensación que se vivía alrededor era la que se siente en el cuarto donde se desarrollan un arte o una vocación.
Esas son las señas de identidad de su trabajo profesional, a las que habría que añadir algunos elementos de su proyección: fue presidente de organizaciones dedicadas al estudio y al desarrollo de la cirugía en la que estaba especializado, y fue candidato a organizaciones médicas a las que quería modernizar para poner al servicio de una sociedad que debía confiar cada vez más en la dimensión pública de la sanidad.
Fue siempre, como Tere Toledo, su mujer, un ciudadano progresista; en algún momento, como decía Blas de Otero, fue a China, "a orientarse un poco"; pero su progresismo no era de carácter políticamente sectario; su padre fue un hombre de dimensión socialista, apasionado del trabajo de modernización que realizó aquí Felipe González, como muchos veteranos de ese tiempo; pero Pepe era más bien neutral en el desarrollo del partidismo político, aplaudía lo que tenía que aplaudir y criticaba lo que veía oportuno criticar. Eso convirtió su conversación y sus relaciones en la cómoda oportunidad de los intercambios sin otra exigencia que la del mutuo aprendizaje. En eso, y en muchas otras cosas, se parecía a su amigo y colega, y paisano, Alberto de Armas, también prematuramente, y desgraciadamente, desaparecido.
Los dos, Alberto y Pepe, estudiaron juntos en Cádiz, y mantuvieron una amistad que era un ejemplo de lo que es la amistad, radical, honda, sin otra interferencia que la de las mutuas dedicaciones: se querían, se adivinaban. Hay una anécdota de Alberto de Armas que cuadra perfectamente también con la capacidad de Toledo para tratar a los enfermos como amigos y no como clientes.
La mujer de Alberto, Delia, observó que una mujer, que no había sido paciente de su marido, llevaba durante años a su casa una tarta como señal de gratitud. No, no le había tratado, le dijo la mujer a Delia, ante su extrañeza. "Pero cuando él empezó a ejercer, en el sanatorio de Ofra, se acercó a mi, que lloraba en un pasillo, desahuciada, y me animó, y aquí estoy; por eso le tengo gratitud".
Así era Alberto, así fue José Toledo. Decía Pedro Caba, otro de los grandes médicos públicos españoles, que Toledo no trataba enfermedades sino enfermos.
Esa es la dimensión humana de su oficio; pero humanamente el doctor Toledo era sobre todo un hombre noble, un poeta, un amigo esencialmente perfecto que estaba siempre al tanto de la dimensión íntima del concepto de amistad. Lo fue en el tiempo largo de su salud, y lo siguió siendo cuando ya ésta le empezó a fallar. En la navidad de 2004 le escribió a sus hijos un poema, Con minúscula y sin acentos, que su hijo Willy, el actor, leyó en el momento de la incineración del padre, el último viernes.
Ahí Toledo alertaba a la vida: me voy, pero resisto. Con la lucidez que él aprendió en Blas de Otero, en Unamuno, en Machado, en Miguel Hernández, escribía Toledo: "Con minúscula y sin acentos/ pero con fecha/ menuda mayúscula la vida/ fuerte acentuación la enfermedad/ pienso y lloro sobre el libro de la vida/ gimo y gimoteo bajo la pisada del existir/ pero no cejo/ resisto/ aquí estoy/ aquí vamos/ otros dictaron su lección y se fueron/ dieron su ejemplo y se fueron/ quien doma la piedra y se faja con la palabra/ quien guía los astros y aprende su lenguaje/ quien con germinal luz fecunda la flor/ quien proclama la verdad y la ejerce en su dominio/ quien enhebra con la punta del alma palabras astros/ plantas y dominios/ me erijo en notario de la vida/ y doy fe".
Ese poema, que llenó de escalofrío la emoción de su despedida, es un retrato fiel del poeta que quiso sobre todo dejar una estela de amor, y de lucha, sobre la tierra; su hija Marta cantó una canción de Blas de Otero, Campo de amor, "Si me muero que sepan que he vivido/ luchando por la vida y por la paz./ Apenas he podido con la pluma, apláudanme el cantar". Decía Toledo, muchas veces, en medio de una conversación distendida, ante la Montaña Roja del Médano, donde ahora van a estar sus cenizas, ante las doradas arenas de las que hablaba su hermano Ñito, también fallecido: "Be good, be whatever you want to be, as long as you don't hurt anybody". En la lengua del Shakespeare que tanto amó, la frase convoca un rasgo de Toledo, y acaso de la gente que conoció, como él, la angustia y el dolor, pero nunca estuvo triste una mañana: fue bueno, fue libre, no hirió; salvó, dio vida, y ahora los amigos sabemos que su mirada está sobre la obra grande que abarcaban sus dedos largos, huesudos, milagrosos: la obra de la amistad haciéndose, inacabable.
Merece un aplauso grande su cantar noble.
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