MARIANO DE SANTA ANA - LAS PALMAS DE GRAN CANARIA.
Podría comenzar con Kafka: "Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio". O tal vez con el Maestro Eckhart, autor fetiche para John Cage, aunque ahora escueza un poco citar a John Cage. Tomo de un tratado del dominico: "¿Cómo ha de haber una cooperación allí donde el hombre se ha despojado de sí mismo y de todas sus obras y, -según dijo San Dionisio: Habla lo más hermosamente de Dios, aquel que gracias a la plenitud de su riqueza interior es capaz de guardar el más profundo silencio sobre Él- allí, pues, donde se van hundiendo las imágenes y obras, la loa y el agradecimiento o cualquier otra obra que podamos hacer?".
El silencio inherente a la palabra poética, "la música callada" de San Juan de la Cruz, la urna griega de Keats, la página en blanco mallarmeana, la cuarta de las Elegías de Duino: "Cierto, ay, qué extrañas son las callejas de la Ciudad del Dolor,/ donde en el falso silencio, hecho de exceso de ruido,/ fuerte, de las rebabas del molde vacío,/ se pavonea el estrépito sobredorado, el monumento estallante. / ¡Oh, cómo los pisotería un ángel, sin dejar restos, su mercado de consuelos."
Petronio, Maiakovski, Vaché. Kleist, Mishima, Stefan Zweig, Virginia Woolf, Primo Levi. Arthur Cravan, George Trakl, Sylvia Plath. Paul Celan, Félix Francisco Casanova, Deleuze. Gabriel Ferrater, Alejandra Pizarnik, Raymond Roussel... De abrir la baraja con suicidas, quizá mejor hacerlo con Empédocles arrojándose al Etna. Así de paso se puede abrir el dossier "volcanes".
El silencio normativo de Wittgenstein, el de Thomas Merton abrazando la Trapa, el de Marcel Duchamp -según Beuys sobrevalorado-; el de Buzz Aldrin, segundo astronauta que puso el pie en la Luna; el de aquella emperatriz japonesa que simplemente dejó de hablar...
El cine es un filón: Persona, de Bergman; Aullidos por Sade, de Debord, con su frase final: "Vivimos nuestras aventuras incompletas como niños perdidos", seguida de un silencio de veinticuatro minutos con la pantalla negra. Y sobre todo los hermanos Marx, antídoto corrosivo contra toda solemnidad y todo engolamiento. Así Groucho: "Mejor permanecer callado y parecer idiota que abrir la boca y confirmarlo". Y, aún más, Harpo, punto de anclaje insuperable, pues como dice Susan Sontag en "Estética del silencio": "La belleza de la mudez de Harpo Marx se debe, en gran parte, a que lo rodean charlatanes desenfrenados".
El protagonista de En el aljibe de piedra, del escritor de Granadilla Isaac de Vega, reconfortado en la soledad de la cisterna a la que lo han arrojado, o tal vez el aserto malévolo de Augusto Monterroso: "Todo lo demás es silencio".
Y los vieneses, sobre todo los vieneses. La Carta de Lord Chandos: "las palabras abstractas que usa la lengua para dar a luz, conforme a la naturaleza, cualquier juicio, se me descomponían en la boca como hongos podridos".
Por supuesto aquel extraño personaje, Ludwig von Janikowski, que, a diferencia de Hofmannsthal, se mantuvo toda la vida alejado de la tentación de la escritura y al que Cacciari tiene por uno de los mejores exponentes de aquellos hombres póstumos. Pero como se trata de salirle al paso al mercadeo con el significado y, ay, a la comprobación de que hasta algunos de los mejores sucumben al canto de las sirenas, (o a su silencio), como lo que toca, en fin, es plantarse frente a quienes nos venden silencio como si fuera el último grito, lo mejor es empezar y acabar con Karl Kraus: "Quien tenga algo que decir que de un paso al frente y calle".