JUAN CRUZ RUIZ
La semana pasada, cuando se agravó el estado de salud de Mario Benedetti, internado en un hospital suburbial de Montevideo, Pilar del Río organizó desde Lanzarote una voluntariosa cadena poética que llegó a todo el mundo y que pregonaba el deseo universal de que mejorara el poeta. No vamos ahora a entrar en la eficacia de las rogativas, que muchas veces se cumplen, crea uno o no en ellas, pero lo cierto es que Mario percibió en su lecho doloroso de Montevideo, lejos de su casa, pero en su tierra, el calor de esas manifestaciones. Casi al tiempo, y como por casualidad, en Madrid se organizó un homenaje al poeta, que acaba de publicar su libro Testigo de uno mismo. Y acaba de salir, está calentito, el tomo que Hortensia Campanella ha escrito sobre su vida, Mario Benedetti. Un mito discretísimo.
El poeta tiene 88 años, y atrás quedan muchas enfermedades, la principal de las cuales, el asma, es ahora la menos molesta de todas. El asma ha sido para Benedetti como una compañera que le obstaculizaba la respiración y el sosiego, pero se acostumbró tanto a ella que cuando hace unos años fue operado en Madrid de un cáncer de próstata y se atenuó el mal del asma lo echó de menos como si se hubiera marchado un compañero molesto al que uno ya se habituó.
No sé si por aquella cadena, por los cuidados inmediatos de Ariel Silva, su secretario, o por el increíble cuidado de los médicos, que le siguen de sol a sol, lo cierto es que Benedetti ha experimentado cierta mejoría, y eso lo han celebrado sus amigos como una noticia que ha aliviado el suspenso que atenazó las gargantas estos días. Para interesarse por Benedetti llaman de todas partes; nosotros estuvimos el viernes a verle en el hospital, el Impasa, a las afueras de Montevideo, y en el rato que estuvimos hubo numerosas llamadas de amigos, sobre tyodo españoles; y hay uruguayos o argentinos que llaman todos los días, y un poco cada día ha mejorado Benedetti. Es una buena noticia.
Mejora el poeta, y la poesía hace mejor. Hace unos años intervinieron quirúrgicamente a Manuel Vicent, y le regaló la antología poética de Ángel González, Palabra sobre palabra. Al cabo de unos días me dijo Manuel: "¿Sabes que la poesía es terapéutica?" Lo es: produce sosiego, que es una medicina para el alma, y en sí misma, al que la escribe, le produce la posibilidad de aventar el desánimo, la congoja e incluso la ira.
La poesía de Benedetti ha servido para que cientos de miles de personas se enamoren, se comprometan o se reconcilien; sus poemas de amor, y de humor, han cruzado las fronteras políticas y sentimentales para ser ahora poesía de todos, y todos la recuerdan y la usan como si estuvieran utilizando un medicamento.
El otro día se lo dijimos a Benedetti: desde España ha salido una cadena poética pidiendo tu salud. Y tendrá éxito, ya verás, le dijimos, porque la poesía es una de las artes de la medicina. El poeta está allí, esperando a mejorar tanto que vuelva a su casa, donde le espera la innumerable poesía de sus libros y de los libros de los otros.