ALBERTO GARCÍA SALEH
Tal y como pudimos comprobar recientemente también en el teatro Cuyás con la representación de Noviembre, David Mamet es un experto en recrear las situaciones más dispares hilvanando un texto divertido con un crescendo dramático ágil y entretenido.
Pero, al igual que sucedió con aquella obra del dramaturgo norteamericano, en Matrimonio de Boston la brillantez del texto y la intensidad de algunas acciones necesitan de actores con una total capacidad para dominar la pasión en la que se puede incurrir a causa del gran contenido del texto, en realizar una correcta y pausada proyección de la voz para que todo se entienda perfectamente, y en dominar las transacciones de diferentes estados anímicos. Mamet sitúa la obra en el siglo XIX, justo en el momento en que el término "matrimonio de Boston" se empezó a utilizar para designar a aquellos hogares en los que dos mujeres convivían de forma independiente de cualquier soporte masculino, aunque aquí sólo Claire represente esa situación, y refleja, entre otras cuestiones, desde las diferencias de clases en la sociedad burguesa decimonónica hasta la hipocresía de los convencionalismos sociales, pasando por la soledad o la tristeza de una mujer madura ante el paso de los años y la pérdida de la juventud y belleza. En esta ocasión, un collar de diamantes es el desencadenante de la comedia que encierra mucho de drama vestido de comedia con gags hilarantes y llenos de ironía las que despiertan las carcajadas de los espectadores, unos instantes que a veces pecan, en la adaptación, de ser demasiado explícitos o directos.
Cuando Anna se disfraza de pitonisa para intentar arreglar el entuerto la obra adquiere más intensidad y refleja con toda su plenitud el oficio de Antonia San Juan, Rocío Calvo y Marta Ochando para dominar a sus personajes, aunque, en determinados instantes, los diálogos se aceleren más de la cuenta perdiéndose por el camino algo de los juegos dialécticos o los desafíos verbales que contienen. Sea como fuera, Matrimonio de Boston es otro ejemplo del oficio de Mamet como dramaturgo, que se desenvuelve como pez en el agua en todo tipo de guiones, épocas o clases sociales que se les ponga por delante y sirve para comprobar cómo la hipocresía social de la que se hacía gala hace dos siglos no es ni mejor ni peor de la que nos rodea hoy en día.