G. GARCÍA-ALCALDE
No defrauda Ainhoa Arteta con su primera internada en territorio lírico-spinto. Al contrario, sin ceder un punto del color central, pura seda y encanto, multiplica el carisma de la voz y de la presencia física con unas condiciones trágicas de primer orden. La escasa homogeneidad de carácter de la partitura de Manon Lescaut, que va de lo más lírico y mundano a lo más melodramático, es goce para el que escucha y tormento para el cantante. Como una reina, impone Arteta su autoridad en las dos maneras, a caballo entre la delicada cantabilidad de In quelle trini morbide, maravillosamente engarzada en filados, y el agónico tremendismo de Sola, perduta, abbandonata. La voz ha crecido y presenta un cuerpo poderoso y timbrado hasta el sobreagudo, en tanto que el instinto interpretativo la hace volcarse con soberbio squillo en la totalidad de su parte. Suena algo menos en las notas graves, pero hace bien evitando anchuras que pueden pesar en el resto de la tesitura. Esta soprano tiene mucho que decir en todo el Puccini de gran intensidad, y confiamos en que siga debutando aquí los roles que aún la esperan. Su actuación sobresaliente vuelve a marcar categoría.
Junto a ella, el tenor Carl Tanner tiene dos primeros actos de indefinición, sonando a veces con timbre y otras extrañamente sordo. Cambia el color en los pasos de registro y ataca los agudos con facultades pero sin belleza. En la formidable imploración del tercer acto, Udite!, concentra sus fuerzas con calidades de primera ley y concluye el cuarto arrolladoramente. También debuta el rol -extenuante, por cierto- y cuando las vacilaciones desaparecen escuchamos a un tenor importante.
Sin un pero el barítono Angel Odena, pleno de sonido y muy bueno en el carácter. Entre los segundos papeles, se comportan adecuadamente Elia Todisco y Rosa Delia Martin. Los tenores canarios Francisco Corujo, con una partitura más bien grave que no favorece su lucimiento, y Francisco Navarro, en la mejor etapa de su trayectoria, demuestran su fiabilidad indiscutible. También el cubano Houari Aldana, espléndido metal lírico que va a dar mucho juego, y el bajo Elu Arroyo, impecable en uno de sus papeles de carácter. Airam de Acosta completa el elenco con toda dignidad.
Son las voces lo mejor de la función que cierra este Festival, concertada por el maestro Giorgio Morandi con conocimiento de causa y un volumen desaforado en ocasiones. La Orquesta Filarmónica de Gran Canaria tiene su mejor momento en el intermedio sinfónico que preludia el tercer acto, con prestaciones excelentes de los solistas de violonchelo y violín. En los episodios de mayor voltaje, el Coro del Festival que dirige Olga Santana lucha desigualmente con la dinámica orquestal, e incluso con el ajuste a la batuta, pero sale airoso por su bien probada experiencia.
En lo escénico, la producción llegada de la Ópera de Zurich se abre y cierra con el mismo decorado de base, muy bello y funcional, moderno y de buen gusto, pero resulta un poco fuerte que sea marco invariable de una posada a las puertas de París, un salón elegante, un enclave portuario y el desierto de Nueva Orleáns. Esta uniformidad mueve a preguntarse por la necesidad de la ópera representada cuando los elemento visuales indiferencian los contrastados ambientes y la misma arquitectura y los mismos colgantes de tubos de neón sirven tanto para un roto como para un descosido.
El elemento simbólico del destino, las ruedas de una calesa inmóvil que ruedan y ruedan, está bien traido. Grisha Asagaroff, director escénico, mueve bien las figutras humanas y el vestuario de Reinhard von der Tannen es atractivo en el trasvase de la acción fabulada por Prevost al primer cuarto del siglo XX.
En resumen, un cierre de temporada con cosas discutibles, que se justifica en la centralidad de una gran soprano.