MIGUEL F. AYALA
De repente, el escenario quedó completamente a oscuras tras un apabullante 'videoclip' proyectado en pantallas gigantes en el cual el actor infantil Macaulay Culkin, al ritmo de Carmina Burana, daba paso a un chorro de imágenes de guerras, de niños famélicos, de desfiles militares o del derribo del Muro de Berlín, entre otras. La música paró, sólo se escuchaban los chillidos del público y entonces un potente foco alumbró el centro del escenario: Michael Jackson ya estaba allí, quieto, vestido de dorado y tocado con un gorro negro, de perfil y con una mano en el sombrero. Pasaban unos minutos de las nueve de la noche del 26 de septiembre de 1993 y así comenzaba en Santa Cruz de Tenerife un nuevo concierto de la gira Dangeorus Tour que, seguro, resultó inolvidable para la mayoría de los asistentes.
Había pagado la entrada. Mi hermano Adai y mis amigas Genoveva y Lara también habían desembolsado las 5.000 pesetas -creo- que costaba entrar al concierto pero Geri, otro amigo, había conseguido entrar gratis gracias a las entradas que LA PROVINCIA regaló a través de la popular promoción de La Tripleta, unos cupones que diariamente entregaba el periódico con numerosos premios.
Ahora han pasado 16 años de aquella inolvidable noche y Michael Jackson está muerto y trabajo en LA PROVINCIA, aunque en mi memoria perdurará la magia y el espectáculo que ofreció aquel día que eclipsó al mismísimo Teide.
Pero no fue sólo el cantante de I Will There y Black or White quien ofreció un espectáculo aquella jornada de final de verano. Las calles de Santa Cruz de Tenerife vivieron ese día un ajetreo comparable sólo con los carnavales de la ciudad. En la Calle del Castillo o el Parque García Sanabria se multiplicaban los imitadores del cantante. Uno llevaba una peluca hecha con hilos de lana negra; otro había elegido el vestido circense de los éxitos de Dangerous; otro, la chaquetilla de polipiel roja y negra de Thriller, y todos, absolutamente todos, llevaban el guante blanco e imitaban fatal el Moonwalker, el célebre paso de baile que la mayoría de los mortales hemos intentado sin éxito hacer alguna vez en las pistas de baile, las verbenas de la Rama o el pasillo de casa.
Mi hermano tenía 14 años, y recuerdo que pensé que se moría asfixiado de gritar durante cinco minutos como un descosido cuando Michael surgió en el escenario. Fue el primer gran concierto de este niño, y la noche del pasado jueves, tras conocer la inesperada muerte de Jackson, lo hablamos por teléfono: él lo recuerda todo. Incluso cuando nos turnábamos para subírnoslo a los hombros y que pudiera ver mejor lo que sucedía en el escenario.
Allí pasó de todo. Cantó y bailó como siempre habíamos visto en tantos 'videoclips' y tantos conciertos, pero esta vez lo hacía para los miles de canarios que se apretaban unos contra los otros en la explanada de contenedores del viejo muelle portuario santacrucero. Interpretó un medley con los éxitos de su etapa con los Jackson Five que fue el éxtasis. Y como la gira era la de presentación del álbum Dangerous, cayeron casi todos los temas del disco aunque también hubo tiempo para Smooth Criminal, Thriller, Billie Jean o Bad. El concierto duró dos horas pero llevábamos tanto tiempo esperando verle en directo que parecía que sólo había estado sólo un cuarto de hora sobre el escenario. Ya de madrugada, mucho después de acabar el espectáculo y con un discman con columnas portátiles, bailamos hasta que se hizo de día en la avenida de Anaga discutiendo si había cantado tal o se había olvidado de aquella otra canción imbuidos en la magia que irradió un rey que el jueves dejó de marcar el ritmo.