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HEMEROTECA » |
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JUAN CRUZ RUIZ. Lectura. Todo cansa; cansa la vida, incluso. Cansa la política, por ejemplo, cuando se ejerce o se sufre como un compromiso con los intereses propios y no con la búsqueda del bienestar público. Cansa. Cansan las discusiones vacías sobre las cosas sin substancia, cansan algunos placeres, como el placer de comer. Todo termina cansando. Cansa la lucha por seguir. Pero leer no cansa. Ni ver cine, ni ver obras de arte, ni mirar el mar, ni contemplar los paisajes. Ahora pienso en los paisajes rotos de La Palma, pero me consuelo pensando que también esa herida es fugaz, volverán los pinos y los árboles; la gente que perdió sus propiedades, sus casas o sus bodegas, tendrán esa herida para siempre, pero (si me permiten que aquí ponga un pero) el paisaje volverá a ser el ubérrimo, bellísimo paisaje de La Palma.
Pero hablábamos de la lectura, y decíamos que cansan muchas cosas de la vida, pero leer no cansa. Hay épocas en que a uno no le entran los libros; por alguna razón que sólo conoce el alma, los libros se atraviesan, y entonces hay que esperar a que retoce esa especie de magua que nos impide leer; cuando se pasa y regresa el placer supremo de la lectura entonces el termómetro de la vida ya nos indica que vamos mejorando. La lectura se asocia a la salud, a la física y a la del alma, y cuando una de las dos falla la lectura se hace difícil, atrabancada, aunque es cierto que leer (y sobre todo leer poesía) mejora el estado del ánimo. El alma es un termómetro que va indicando nuestra relación con las cosas, y los libros son cosas que el espíritu va dejando entrar a su arbitrio.
Para estas vacaciones he traído a las islas (estaré en Tenerife, El Hierro y Fuerteventura) algunos libros de mi oficio de periodista, y otros que quise volver a leer; volver a leer es un placer máximo, como si te encontraras con amigos con los que ya disfrutaste ambientes o paisajes, o conversaciones. En este caso, me traje El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald. En primer lugar, porque siempre quise releerlo, por las razones que luego voy a apuntar, y sobre todo porque el sábado último leí un espléndido artículo de Antonio Muñoz Molina en el suplemento Babelia de El País sobre este hermoso libro.
Leí El gran Gatsby un verano glorioso, en 1979, en Quarteira, en el Algarve portugués. La atmósfera era azul, las olas gigantes del Atlántico llegaban contundentes y enormes a la arena de la playa, y el olor del salitre se mezclaba con el olor incomparable de las sardinas asadas. Acababa de morir Blas de Otero, lo escuché en la radio del coche mientras salíamos de Madrid, y estábamos en España en medio de una transición política que hacía que todo pareciera juvenil, como la mirada y como las lecturas. Fue un acierto meter ese libro en la maleta, porque ya el paisaje fue el horizonte azul y nítido que se veía desde Quarteira y ese libro que leí detenidamente. Ahora me he reencontrado con él, junto al mar, en El Médano, Tenerife, un lugar que siempre he apreciado por la pureza del aire (que muchas veces es tan solo viento) y por la bondad casi cristalina de las aguas de la playa. Entonces, en Quarteira, me quedé con una impresión de El gran Gatsby como un libro sobre la belleza de vivir: me fijé en los paisajes, en las fiestas, en los vestidos, en las camisas, y pasé de puntillas, como si no quisiera verlo, por el drama de soledad y de rencor que marca su atmósfera. Uno es los libros que va leyendo, la edad que tiene, la memoria que le acompaña, y lee o recuerda lo leído en función de eso. Ahora soy, eso quiero creer, más sensible para entender la solidez íntima, contundente, de los sentimientos que alimentan la melancolía, así que ahora este libro hermoso es también un espejo del tiempo, el que vivo y el que vivimos.
Camus. Y me he traído otro libro que nunca había terminado y que quise leer del todo, El primer hombre, la autobiografía infantil o adolescente de Albert Camus. Él lo dejó incompleto, muy bien esbozado, pero no estaba terminado del todo cuando murió un día de principios de 1960. Su hija quiso que se publicara, y hace unos años se cumplió su deseo, para bien del conocimiento que merece el autor de El extranjero. Ahora no recuerdo por qué razón empecé a leer muy pronto a Albert Camus. Lo cierto es que le leí cuando yo aún era un adolescente; había en aquellos libros suyos, sobre todo en El extranjero, una atmósfera que se parecía mucho a la que yo sentía en mi pueblo, en aquellos años sesenta, precisamente en torno a la fecha de su muerte. Había sol, mucho sol, pero también una atmósfera cansina, plomiza, que era la que yo percibía en mi barrio, un barrio pobre del Puerto de la Cruz, donde había una escuela y -entonces- mucha pobreza en las casas, y en la mía también. Entonces, después de leer con mucho placer y mucho detenimiento a Camus, escribí en el salón de mi casa un pequeño ensayo que inicié con estas palabras: "Sobre la obra de Camus hay mucho sol". Era una obviedad, sin duda, pero en la adolescencia -como después- lo obvio adquiere la apariencia de un descubrimiento. Ahora bien, me alegró saber, muchos años después, en el apartamento parisino del periodista Jean Daniel, amigo de Camus, que alguien escribió algún día un libro con el título, en francés, de El sol en la obra de Albert Camus. Sin duda, en El extranjero el sol es determinante: es la fuerza húmeda del sol la que provoca el asesinato que comete Mersault, y en todo caso es el sol el que va conduciendo la náusea que padece el protagonista de este libro extraordinario.
Infancia. Al leer ahora El primer hombre me he dado cuenta de las similitudes que tenía que haber entre aquella infancia miserable en Argel y la infancia igualmente pobre que vivíamos muchos de nosotros en la posguerra canaria; y hay un elemento de esa infancia que siempre me provocó admiración en la vida y en la obra de Camus: su reflexión sobre el resentimiento. Hay un libro suyo, muy breve, El revés y el derecho, en el que se recoge una frase que muchas veces me ha servido para reflexionar sobre el recuerdo y el rencor referidos a aquella época. Esta es la frase de Camus: "El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento". En este El primer hombre Camus vuelve sobre el asunto del resentimiento, y dice, hablando de las angustias de su madre: "? la vida sin hombre y sin consuelo entre los restos engrasados y la ropa sucia de los otros, los largos días de faena acumulados de una existencia que, a fuerza de estar privada de esperanza, había perdido todo resentimiento, una vida ignorante, obstinada, resignada a todos los sufrimientos, tanto los suyos como los ajenos".
Leer de nuevo. Me traje versos de Pedro Lezcano, que leeré ahora en Fuerteventura, su tierra tan querida, y versos de Manuel Padorno, que leo en este cuarto donde una serie de cuadros suyos, Capilla atlántica, dominan mi paisaje, que aquí se confunde con el sonido del mar. Pero de esos versos ya hablaré otro día.
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