GREGORIO CABRERA
El hombre escucha absorto el bramido del abismo, justo en el lugar donde batallan dos inmensidades eternas: el océano y el infierno de lavas. La cavidad es la garganta de piedra en la que ruge la mar, salivando espuma y lanzando al aire un sonido gutural que hace temblar los huesos. Alfredo Kraus guarda silencio, fascinado ante la voz de la tierra. Los elementos, quizás sintiéndose retados, han unido fuerzas para estar a la altura del tenor en su visita a Los Hervideros, antes simplemente llamados bufaderos, en la costa de fuego al sur de Lanzarote, donde se demuestra que belleza y pesadilla pueden convivir. "Ese sitio le encantaba", recuerda Rosa Kraus, hija del maestro. La luz y el paisaje quemado embrujaron al artista, que disfrutó de estancias en la Isla desde finales de los sesenta.
El Spelonectes es un crustáceo microscópico descubierto en los años setenta en el llamado Túnel de la Atlántida, que parte de los Jameos del Agua y se proyecta bajo el fondo oceánico. Sólo habita allí, en un puñado de metros cuadrados, tan extraño como la voz de don Alfredo. Puede que por esto pensara el Cabildo de Lanzarote que una reproducción del hallazgo encargada al joyero Pascual Mota sería un buen regalo para el cantante, en muestra de agradecimiento por haber elegido a la Isla como su particular paraíso atlántico. Sus periodos de descanso se iniciaron en uno de los dos apartamentos privados del hotel Los Fariones (Puerto del Carmen), donde en una ocasión coincidió con Adolfo Suárez.
Doña Dorotea, maestra de artesanos, habla recostada sobre una pared encalada, de blanco hiriente, y bajo una sombrera campesina. Alfredo Kraus atiende a sus palabras. Siempre quiso profundizar en la esencia de Lanzarote, no quedarse en su epidermis. Con su amigo Luis Ibáñez, arquitecto y pintor, iba en busca de casas antiguas abandonadas, con su cámara de fotografías siempre a mano. Recorría también los senderos de rofe, por el corazón de fuego de Lanzarote. A veces la familia se lanzaba a mariscar lapas, pero la emoción alcanzaba el límite si encontraban clacas. Conoció incluso lugares tan recónditos como la playa de Las Malvas, en la abrupta costa de Tinajo. En muchas de estas escapadas su guía fue César Manrique. "Tenían esa conexión que se da entre artistas", recuerda Rosa Kraus.
El velo de luz, el mismo que envuelve a las montañas, aquí se proyecta hasta los fondos marinos de esmeralda. Es el barranco del Quíquere, asomado al mar y a Fuerteventura, agazapado a cierta distancia del gigante dormido del macizo de Los Ajaches. Es el lugar que eligió el matrimonio Kraus para construir un hogar en el retiro lanzaroteño con un diseño, por supuesto, de Luis Ibáñez. "Rosa, su mujer, tan sólo me pidió una cocina en el centro, y él un espacio aparte para practicar", como cuando venía de invitado el pianista Edelmiro Arnaltes. En aquel rincón resguardado del mundo