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10 años sin Alfredo Kraus

Una década de espera de la Fundación Alfredo Kraus

El artista, el maestro y la persona mantienen viva la memoria de lo excepcional

 11:45  
Kraus, en Los cuentos de Hoffman
Kraus, en Los cuentos de Hoffman LA PROVINCIA / DLP

G. GARCÍA- ALCALDE Al borde de los setenta años, su carrera estaba viva. Sus actuaciones operísticas y sus conciertos no eran simulacros sobre valores convenidos -por ejemplo, el respeto a quien "había sido" uno de los más grandes-, sino reiterados compromisos con la plenitud. Quizás había cambiado el humor y el talante desde el adiós de Rosa Ley, su esposa y compañera de cuatro décadas, pero el artista era el mismo y su canto seguía en progreso gracias a la inteligencia del repertorio, el cuidado de la voz y el quintaesenciado trabajo del estilo.

Poco antes de caer enfermo coincidimos en Berlín. Quiso la casualidad que compartiéramos el mismo hotel y la afición a un restaurante próximo, muy propicio a la amable sobremesa. Le acompañaba su hermana Carmen durante la semana en que cantó tres "Lucía di Lammermoor" en la Deutsche Oper de la avenida Bismarck. Era imposible conseguir una sola localidad, todo estaba agotado con antelación pese al gran aforo de la Ópera "del oeste". Alfredo intentó resolvernos el problema (sumábamos cuatro, con el matrimonio Nebot) y habló en persona con el intendente. Fue en vano, porque habían dado hasta las localidades de protocolo y la presión de la demanda para las funciones segunda y tercera se multiplicó con los ecos triunfales de la primera. Nos conformábamos con una sola butaca, pero ni eso.

Allí donde cantaba, Alfredo Kraus era sinónimo del fatídico "No hay entradas". Durante los últimos años en activo retiró de su selecto repertorio algunos títulos, menos por su dificultad técnica que por su "peso"; concepto, éste del peso, que los cantantes rigurosos tienen muy en cuenta para conservar la pureza de los registros que primero se desgastan. En el centro y el agudo supo llevar hasta la última actuación el canon de redondez y belleza de toda su carrera. Me hacía evocar a Lauri-Volpi, que aún emitía el "do" agudo de "Nessun dorma" mucho tiempo después de su retiro valenciano, sin supeditar al alarde uno solo de los preceptos de estilo. Y esto, el público lo sabía y buscaba.

Discípulos e imitadores. Kraus fue, sin duda, el más grande estilista de su tiempo y el que más lejos llegó en la articulación de texto y música como tributo a la voluntad de los compositores. Vocalizaba la palabra como sonido inseparable del puramente musical, con lo que su canto era mucho más rico en la expresión que el nacido de una identidad temperamental olvidada del texto. No tenía una técnica, sino varias. De ello resultaba la utilización idónea de cada segmento de la tesitura, de los registros en la emisión y de la proyección del color adecuado. Los tenores incapaces de dominar esa diversidad lo fían todo a la calidad del instrumento o el calor de la emisión, con lo que seducen más o menos pero duran poco. Quienes no tuvimos ocasión de asistir a sus masterclasses ni a sus programas didácticos en la Escuela Superior de Música Reina Sofía, conocemos, por suerte, grabaciones "caseras" de esos momentos de enseñanza en los que afloraban los porqués de cada registro y el sentido de cada emisión o cada fraseo.

El fraseo de Kraus fue insuperable porque dimanaba de su naturaleza de artista. Pero era imprescindible apoyarlo en una didáctica y un ejercicio regular y continuo, cosa que lograron tan sólo algunos de sus discípulos. La complejidad y la sutileza no acompañan a quienes pretenden una carrera vertiginosa, sin estudio y sin reposo. Curiosamente, hay muchos cantantes que nos recuerdan de inmediato a Kraus, sin haberle tenido como maestro. Son imitadores de lo que escuchaban en teatros o discos, o leían en análisis y entrevistas explicativos de un arte completo. En suma, un procedimiento excepcionalmente desarrollado para vehicular la intuición del canto emotivo.
Quienes quedan en el procedimiento confunden el medio con el fin e interesan poco. Las ocasionales refutaciones del "exceso de técnica" de Kraus delatan la impotencia de alcanzar el fin con medios análogos.

Ausencia penosa. Por eso me parece penoso, y lo he repetido públicamente a lo largo de estos diez años, que siga en proyecto y en palabras una Fundación Alfredo Kraus responsable, en primer lugar, de perpetuar su procedimiento en un contexto cultural y artístico de pleno rigor y absoluta garantía. Un ente de esa condición ha de nacer de la iniciativa pública y extender sus contenidos a todo lo demás: la conservación, en condiciones de uso académico, del legado integral de Alfredo: sus archivos personales, su correspondencia, su fonografía comercial, familiar y pirata, sus partituras anotadas, los documentos de su relación con otros artistas y profesionales de la ópera, la normalización de su escuela a partir de testimonios directos, la inmediata disponibilidad de las criticas periodísticas de sus actuaciones y de los ya numerosos libros dedicados a su biografía y, sobre todo, a su arte. En otro plano de interés, debería reunir igualmente la documentación biográfica de orden familiar, los affiches de los teatros, los trajes que vistió para sus personajes y cuanto pueda aportar datos o indicios de su calidad de artista diferenciado y único.

Son numerosas las formas de homenaje justamente rendidas a Kraus, pero falta esa institución capaz de perpetuar los hallazgos de su ciencia de la voz y lo que puede rendir a la música vocal de hoy y de mañana. En la audición de tenores jóvenes que no pudieron conocerle como maestro y, sin embargo, intentan cantar como él, se advierte inequívocamente la semilla que sigue fecundando en quienes la descubren grabada, y eligen su camino con esa sola experiencia.

Engañosa frialdad. Su carrera estaba viva cuando murió, y su pensamiento sigue estándolo diez años después. Lo primero significaba contratos y compromisos incesantes, que tal vez no le dejaron dedicar a la enseñanza el tiempo deseado. No es gratuito suponer que planeaba ese tiempo para más adelante, aunque no parezca fácil calcular cuándo si recordamos la brillantez de sus últimos conciertos en el Auditorio de Las Palmas que lleva su nombre. Ya septuagenario, seguía llevando a los públicos al borde del delirio y esto le impedía pensar en una retirada o, al menos, en espaciar sus apariciones. Nunca fue ávido de cantar todos los días. Por el contrario, concedía a su voz el reposo indispensable para rendir a tope en cada salida y -lo que también le hizo legendario- no cancelar un solo compromiso. Kraus era baza segura para los programadores y para los públicos, porque cumplía siempre y lo hacía al máximo nivel. Poder decir esto en una era de aceleración exponencial y difusión mundial de la ópera -sin límites de cachet en la presión sobre los divos- es casi un sueño. Pero Kraus también modelizó esa posibilidad.

Recuerdo con una mezcla de placer y veneración las muchas ocasiones que la vida me dio de escucharle en los espacios más diversos y entre las más heterogéneas categorías de público. Siempre alcanzaba la cima porque no sabía cantar de otra manera, ni su elegancia le permitía hacer concesiones como cantante y actor. La "frialdad" de Alfredo era con frecuencia una impresión epidérmica y fugaz. Le conocí hace más de cuarenta años en el Teatro Campoamor de Oviedo, por entonces conocido como "la Parma española", por la intransigencia de su público, tan sensible al temperamento de Fillipeschi o Raimondi -que duraron poco- como al refinamiento de Kraus y Bergonzi. En cualquier caso, se exigía allí todo lo que los divos podían dar.

Aquella "primera vez", cantando "I puritani" y "Los pescadores de perlas" me convenció de la riqueza contenida en otra manera de cantar: impecable, persuasiva, admirablemente fraseada en toda la extensión tesitural, con sonidos centrales de singular belleza y agudos desarmantes. Frecuentaba como periodista el "hotel de la ópera", siguiendo en sus salones el ir y venir de los cantantes, sus tertulias, las bromas que cruzaban y, en definitiva, un espíritu de convivencia que tal vez se ha hecho utópico en la era de la urgencia y de las voces prematuramente "tocadas". Alfredo era el colega perfecto, el amigo estimado en sus prestaciones profesionales y en su afabilidad juvenil. Una figura sin pose, que en el escenario desafiaba el "salto mortal" excluyendo la sensación de peligro.

Persona inolvidable. Con frecuencia iba a saludarle a los camerinos. Una vez desmaquillado y con ropa de calle, Rosy abría la puerta a las expansiones de los fans. Esos momentos relajados tras las ovaciones de lujo, como los compartidos para entrevistas periodísticas, llamadas telefónicas cuando llegaban ecos de sus éxitos en cualquier punto del mundo, o los debates en los jurados de las primeras ediciones del Premio Internacional de Canto creado con su nombre y presidencia -lamentablemente desaparecido- me dieron la inconfundible pauta de un hombre bueno, abierto y generoso, nada dogmático y aficionado al humor y la broma. Una personalidad distante años-luz de la distancia que se le atribuía a él mismo. Una vida como la suya, con viajes y actuaciones incesantes, no era propicia al compadreo pero tampoco malogró un talante noble y cordial, dispuesto a ayudar a quien se lo requería con seriedad y perfectamente discreto cuando aconsejaba a artistas de primer nivel aquejados de dificultades vocales por errores técnicos o excesos de agenda.
Por todo ello, la indesviable admiración al artista corre pareja en mi estima con la certeza de haber tratado a una persona en la más amplia acepción.

Recordamos hoy, tras diez años de ausencia física, esa imagen integral que no ha tenido sucesión ni parece fácil que la tenga. Siguen apareciendo libros interpretativos de un fenómeno único y discos recopilatorios de su obra fonográfica, pero también sigue faltando la Fundación, o como quiera llamarse, que, sin la injusta tentativa de cargarla en su familia, perpetúe la inspiración y el ejemplo de un verdadero monstruo sagrado de la música de la segunda mitad del siglo XX. Alguien que, en la universalidad de su fama, nunca dejó de citar y valorar su condición de canario.

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