ALBERTO GARCÍA SALEH
Un verdadero ejercicio de destreza actoral ofrecieron el pasado fin de semana los actores Fernando Tejero y Julián Villagrán en el teatro Cuyás. La representación de Piedras en los bolsillos destacó desde un primer momento por ofrecer una minimalista puesta en escena, formada por un único círculo de madera en referencia a un pista de circo y una maleta, en la que sólo había un chaleco, para centrar todo su interés en la capacidad de los intérpretes para someterse a un continuo desdoblamiento de personalidad escénica.
Y los dos lo consiguieron, y de qué manera. A pesar de unos errores iniciales de coordinación en el texto, en los cuales la obra se introdujo por senderos algo ininteligibles, tanto Tejero como Villagrán enmendaron rápidamente estos problemas para agarrar las riendas de la obra y poner sobre la escena a toda la logística que habitualmente acompaña a una productora de cine durante el rodaje de una película. De este modo, en la obra salieron a relucir los odios, envidias, ambiciones y desengaños que se arrastran siempre en este microuniverso.
Con un propósito fundamentalmente caricaturesco, habría que destacar momentos verdaderamente desternillantes como el instante en que Fernando Tejero pasa de figurinista a estrella de Hollywood, con la simple utilización del chaleco. O los instantes en que Julián Villagrán atraviesa la cuarta pared y convierten al público en protagonista indirecto del montaje, y en los cuales ambos actores incluyen guiños a sus propias películas. Como nota negativa, decir que la obra está trufada de esos localismos algo cutres y tan en boga para arrancar los aplausos y la risa fácil.
Una reflexión sobre el mundo del espectáculo, con incidencia en el clown y el mimo, que muestra un arduo trabajo de dirección al controlar esos cambios continuos de personajes.