LA PROVINCIA/DLP
La Pastoral de Beethoven y la Inextinguible, de Carl Nielsen, fueron bordadas ayer por la Orquesta Sinfónica de Gotemburgo en el Auditorio Alfredo Kraus en el Festival de Música de Canarias. Perfección y emoción. El máximo responsable de tal acontecimiento musical fue la nueva estrella mundial de la música clásica, el director venezolano, Gustavo Dudamel, cuya fama está traspasando el ámbito de su disciplina artística para convertirse en una figura masiva.
La expectativa ante el fenómeno Dudamel en Las Palmas de Gran Canaria era inmensa, naturalmente. Y el venezolano, como la orquesta, no defraudó en la ejecución de ninguna de las dos sinfonías. Dudamel, cuya proyección social actual y en camino sólo es comparable con la que hace décadas tuvo Leonard Bernstein, rompe moldes. Es titular actualmente de la Filarmónica de Los Ángeles, ciudad en la cual su popularidad goza de perfiles claramente hollywoodienses (figura en carteles, camisetas y su rostro es la clave en el merchandising de esta inmensa orquesta), la Simón Bolívar y la de Gotemburgo. Combina admirablemente esa ola de fama mediática con la excelencia sin mácula con la batuta. Y, por lo demás, representa algo inédito: es el producto de un modelo de escuelas y orquestas populares en su país de origen, puesto en marcha en su día por José Antonio Abreu, que hoy acoge a más de trescientos mil alumnos de origen humilde, como él. Hoy, esta vez a acompañado por el pianista Leig Ove Andsnes, volverá con los Rituales amerindios, el concierto para piano cuatro de Rachmaninov y la sinfonía número dos de Sibelius.