ALEJANDRO ZABALETA
De todas las vocalistas que vienen pasando por el Rincón del Jazz del Auditorio, ninguna como esta Ann Hampton Calloway. Mitad showwoman y mitad cantante de standards, ocasional humorista e imitadora, Hampton cultiva un arte fronterizo e inquieto, siempre con el rabillo del ojo puesto en el patio de butacas, con el que no para de buscar complicidades.
Es una artista a la que hay que ver y escuchar sobre las tablas de un escenario -y se debe haber pateado unos cuantos- para apreciarla, pues no hay surco de disco capaz de recoger el encanto de una puesta en escena que le debe un tanto a Las Vegas y otro al cabaret tradicional. Además, su discografía parece confeccionada adrede para sembrar pistas falsas. En ella figuran un tributo a Ella Fitzgerald y otro a los grandes himnos del swing. Ninguna de estas dos cosas se le dan singularmente bien.
El pasado sábado nos recordó más bien en pasajes a Sarah Vaughan, aunque la Hampton resulte una vocalista algo más rígida, quizá por su formación de soprano. Así, evocó a Sassy en un Lullaby of Birdland que afrontó a medio tiempo, dejando para las baladas el despliegue de la voz que le sale a raudales. Consiguió una versión convincente del Round midnight de Monk, y eso que a esta canción le ha caído en desgracia una letra fea.
En dos temas tomados del repertorio de la Fitzgerald en Decca, Mr Paganini y How high the moon, se soltó el pelo, hizo un scat lento pero convincente y hasta algo de vocalese. No creo que esta mujer sea una gran improvisadora, ni siquiera una gran cantante de jazz, pero ella es la primera que parece saberlo.
Eso sí, estoy de acuerdo con la artista en que In the wee small hours, de Frank Sinatra, quizá sea el disco más triste de todos.