G. GARCÍA-ALCALDE / BERLÍN
Todo para Domingo, pero sin Domingo. La coproducción diseñada por La Scala de Milán y la Staatsoper de Berlín para relanzar a Plácido como barítono se quedó a la mitad sin la presencia de quien, con casi 70 años, sigue siendo el mayor llenateatros del mundo. Aquí, en Berlín, venden Plácido hasta en la sopa, desde Dussman, Grandes Almacenes de la Cultura en Friedrichstrasse (donde puedes pasar días enteros braceando entre cientos de miles de ediciones de texto, sonido e imagen en todas sus formas) hasta el keller donde te alivias con una cerveza. Por cierto que la librería gigante está ahora en plena promoción de otros dos españoles: Javier Marías y Ruiz Zafón, muy presente el primero en el activo Instituto Cervantes.
Caído Plácido del cartel por su reciente operación, le siguieron la soprano, el tenor y el bajo. Pero Barenboim, sin inmutarse. A las siete de la tarde del martes atravesaba tranquilamente la gran plaza a sotavento de la Ópera fumándose un purazo formato Churchill. Media hora más tarde comenzaba una función en la que algunas de las voces suplentes ni siquiera llegaron con tiempo de ensayar. Tampoco esto importa, porque además de tenerle allá abajo, dos pantallas de TV en el borde del primer piso transmiten a los cantantes cada uno de sus gestos. Cuando no basta, se pone de pie, alza los brazos muy por encima del foso y todo el mundo entra en caja al instante. Si el aplauso ralea al final, repite él sus salidas a escena y el público enloquece.
Esto ocurrió en el Simon Bocanegra del ausente, donde la batuta fue, una vez más, la gran estrella. El barítono que sustituyó a Plácido en el rol protagonista, el polaco Andrzej Dobber, intenta una composición intelectual pero la voz es mediocre, flaquea, oscila y acaba sonando entre dientes.
Dos hispanos hicieron la sustitución de la pareja joven: el tenor Aquiles Machado en Gabriele Adorno, con su bella y sonora voz de vocales demasiado abiertas, pero siempre con garra; y la soprano Ailyn Pérez, completamente desconocida y bastante buena. Su voz, al principio medio tragada en filados, va a más, pierde el miedo y se hace convincente. El mejor es, sin duda, el más veterano: Ferruccio Furlanetto, legendario maestro con el publico a su favor desde un impresionante Lacerato spirito. Los decorados de Maurizio Balo, carpintería convencional, y los trajes lujosos de Giovanna Buzzi, se integran en una dirección escénica de Federico Tiezzi pensada a la gloria de Plácido pero yerta con la insipidez del suplente, aburridamente angustiado con la duda de la paternidad (para ganar tiempo, Calixto Bieito les hubiera sometido a él y a Fiesco a la prueba del ADN). La garantía de la orquesta Staatskapelle y el coro de la casa dirigido por Eberhard Friedrich (también director del mítico coro wagneriano de Bayreiuth) elevan el listón de un Bocanegra que, sin Barenboim y sus colectivos, pasaría sin pena ni gloria.
La ciudad rebosa de turismo y hay quien hacer largas colas para todo, desde los museos hasta los restoranes. La belleza neoclásica del barrio de la Ópera, atestado de pórticos de columnas y tímpanos con bajorrelieves, sigue evocando la nostalgia helenística del imperio prusiano. Pero todo esto, por encima del checkpoint Charlie, ha sido Berlín-Este y en el precioso Teatro Gorki, por ejemplo, siguen dando Huis clos de Sartre. Como si el tiempo se hubiera parado. Desde el primer día de la primavera, plazas y avenidas están llenas de terrazas con las mesas puestas. Paisaje desertizado por el frío, pero el calendario manda más que la meteorología. Alemania es así...