27 de noviembre de 2016
Letras

La muerte silenciosa del escritor Enrique Nácher

El médico, que nació en 1912 en El Pagador de Moya, falleció hace 14 años en Valencia en el anonimato más absoluto

27.11.2016 | 12:11
La muerte silenciosa del escritor Enrique Nácher

Guanche

  • Las dos palmeras que retrató Jorge Oramas frente al Risco de San Nicolás, que recientemente se precipitaron debido a su mal estado, sirven de imagen para presentar la novela Guanche, escrita por Enrique Nácher en los años 50 del siglo pasado, cuya primera publicación data de 1957 y que fue reeditada por Centro de la Cultura Popular Canaria en 1999. Con esta obra, que narra las relaciones entre terratenientes y aparceros del norte de Gran Canaria a través de la vida del joven Felipe Santana, nacido en El Pagador de Moya como Nácher; obtuvo el premio Pérez Galdós de Novela convocado por la Casa de Colón en 1956. A. C. D.

Cerco de Arena

  • Pilar Rodríguez San Pedro es la protagonista de la novela Cerco de Arena, publicada en 1961 y reeditada en 1998. Profesora, oriunda de Zaragoza, acude a Morro Jable como primer destino para así obtener una paga doble del Estado en concepto de lejanía. En Fuerteventura ve por primera vez el mar y se encuentra con una sociedad rural, que vive pendiente de la lluvia para así poder sobrevivir. La obra literaria transcurre en la península de Jandía, donde se relaciona con los locales que esperan de ella que sea la maestra definitiva que forme a los pequeños que viven bajo la libertad que les concede su alejamiento. A. C. D.

El médico y escritor grancanario Enrique Nácher falleció tal día como mañana hace 14 años. Así lo atestigua la esquela que se publicó el 29 de noviembre de 2002 en el periódico Levante - El Mercantil Valenciano. "Rogad a Dios en caridad por el alma de Don Enrique Nácher Hernández, que falleció en Valencia a los 90 años de edad", rezaba el texto. Ni una reseña de sus premios como escritor. Tampoco un obituario que contara toda su trayectoria vital. Sólo una pequeña esquela en la que se podían leer los nombres de sus cuatro "resignados hijos": Concepción, María Dolores, Begoña y Enrique; y el anuncio de su incineración, a las 12 horas, en el Crematorio Municipal de Valencia. Internet, esa inabarcable hemeroteca que cada día se agranda, tampoco se hizo eco de su óbito. Nada en la red hace ver que aquel caluroso día de noviembre, en el que el mercurio alcanzó los 22 grados en la ciudad del Turia, nos abandonó uno de los autores que retrató como pocos la sociedad canaria de los años 40 y 50 del siglo pasado a través de dos de sus libros, Guanche y Cerco de Arena, y mediante cientos de fotografías que publicaría en el recopilatorio Tal como éramos. Esta es, casi un quinquenio después, su necrológica.

Nácher Hernández nació en 1912 en el por entonces minúsculo pago de El Pagador, en Moya. Sobre la lengua de lava petrificada que se adentra en el mar llegó a este mundo el hijo del médico valenciano Rafael Nácher García, que se estableció en la Isla para ejercer su profesión, y de la grancanaria Dolores Hernández Suárez, hija de una importante familia de terratenientes del norte de la Isla. Permaneció poco tiempo en el Archipiélago. A los seis años partió al Mediterráneo con toda su familia para no volver a vivir rodeado de mar. El tiempo pasó, pero Enrique Nácher Hernández, que se licenció en Medicina en Valencia y después se doctoró en Madrid, no se olvidó de la tierra que le vio nacer. "Él siempre se consideró canario", apostilla una de sus hijas por teléfono desde la capital levantina.

Sus primeros premios

Su carrera literaria comenzó a mediados del siglo pasado. La única posibilidad que tenía para editar sus obras era presentándose a los concursos, como apunta su hija. Y así llegaron sucesivos premios. El primero de los galardones lo consiguió en 1954 con Volvió la paz, que se hizo con el premio Valencia. Le siguieron, ese mismo año, el Ondas por Sobre la tierra ardiente, el Ciudad de Sevilla con la obra Los Ningunos publicada por la Editorial Planeta en 1959, o Esa especie de hombres, que en 1969 consiguió el Blasco Ibañez, entre otros. También alcanzó la final del Nadal en 1957 con Buhardilla.

Llegan los primeros premios; no así el reconocimiento público. Melchor Fernández Almagro, miembro de la Real Academia Española, lo recalca en su crítica a Tongo publicada el 5 de abril de 1964 en el periódico ABC: "Nácher es novelista digno de especial consideración, regateada un poco, no porque sus libros sean más o menos leídos, sino porque en este tiempo de tantas veces empecatada propaganda, el autor que viva fuera de los centros literarios y ejerza otra profesión, paga su apartamiento en la moneda de su posible popularidad (?) al quedar finalista, con Buhardilla, en uno de los concursos del Premio Eugenio Nadal, bordeó el pleno éxito de público (?). Sin embargo, aún no envuelve a Enrique Nácher la onda de la bien merecida notoriedad".

Quizás fuera por su pasado republicano -participó como médico en un batallón- en plena dictadura franquista. O, como reseña Fernández Almagro, por su dedicación principal a la medicina. También podría ser por la humildad que, como resaltan quienes le conocieron, le definía. Pero Nácher seguía siendo casi un desconocido en el mundo de la literatura nacional y, sobre todo, insular. Aunque ese reconocimiento comenzó a emerger un par de décadas después, pasado el Franquismo e implantada la Democracia, en plena década de los noventa. Ocurrió por una casualidad, como cuenta el fundador y director de Mestisay, Manuel González. "No conocía ni al novelista ni ninguna de sus obras", empieza González. "Era finales de los 80 o principio de los 90; fui a tocar con Mestisay a una sala muy conocida que se llamaba Luz de Gas", agrega. Su pasión por la fotografía en blanco y negro le llevó a una librería, descubriendo en ella una guía sobre la provincia de Las Palmas de la editorial Destino y firmada por Claudio de la Torre. "Me llamó la atención las fotos y que detrás tenía el reparto de los fotógrafos; a todos los conocía menos a Nácher. Ese nombre se me quedó grabado en el cerebro".

Pasaron unos años hasta que aquel apellido volvió a retumbar en su cabeza. "Martín Moreno, que fuera cronista de Gran Canaria, tenía unas páginas dominicales en LA PROVINCIA donde hablaba de personas de su juventud. Un día hace un pequeño artículo titulado algo así como Enrique Nácher, un médico en la Isla; en donde da una serie de datos y vislumbra a un personaje interesante".

Ese texto, publicado el 26 de junio de 1994, sirvió para que Manuel González comenzara un pequeño trabajo de investigación. Descubrió que hacía muchos años que Nácher no vivía en la Isla. Un teléfono llevó a otro y finalmente al del escritor. "En la tercera llamada me contesta la voz de una persona mayor". Cuando González le explica que llama desde Las Palmas, "él se alegra mucho de que alguien le recuerde". La conversación siguió, como revela González, explicándole que había llegado a sus manos una guía de viaje en la que leyó por primera vez el apellido de Nácher. El escritor indicó que la editorial le había enviado a Canarias en 1957 para escribirla. Pasó tres meses saltando de una isla a otra y aprovechando la oportunidad para, además, retratarlas con su cámara fotográfica. "Entonces, ¿por qué no lleva su nombre y sí el de Claudio de la Torre?", preguntó González. "Porque Néstor Álamo lo impuso; era su amigo y a mi me publicaron las fotografías", respondió Nácher. "¿Conserva los negativos?", continuó González. "Eso fue hace muchos años, mi mujer está muy enferma?", respondió el escritor como dando a entrever que sería muy difícil dar con aquellas imágenes que reflejaban la dura vida de los isleños durante el final de la autarquía. Manuel González finalizó la llamada dándole las gracias y dejándole su contacto.

La sorpresa llegó dos semanas después. "Recibo un aviso de correo en el que me indica que tengo un paquete de Valencia, de Enrique Nácher. Allí mismo lo abro y me encuentro con los negativos y una carta autógrafa que decía algo así como 'estimado Manuel, usted me ha hecho recordar muchas cosas bellas, hermosas, de la memoria de mi juventud; he buscado en casa los negativos por los que me preguntó y creo que nadie mejor que usted para que los tenga". González reconoce que se quedó "descolocado". De inmediato, acudió a un negocio situado junto a Correos que además era el único que revelaba de forma industrial. "Cuando empecé a ver aquel material me di cuenta de la dimensión de aquel regalo y me vi obligado moralmente a hacer algo por aquella memoria fotográfica y aquella persona. Creía que aquel pequeño tesoro fotográfico no podía estar en casa, tenía que estar compartido de alguna manera". González contactó con el consejero de Política Territorial y Medio Ambiente del Gobierno de Canarias, Fernando Redondo. "Le puse todas las fotografías en unos álbumes y se lo llevé. Le dije: 'No voy a hablar, te lo voy a enseñar'. Él me dijo, al ver las imágenes que aquello había que editarlo". El resultado fue Tal como éramos, un recopilatorio de 180 páginas con 317 fotografías en el que se muestra la vida de los canarios en 1957. Corría el año 1995 y llegaba el primero de los homenajes que Nácher recibiría en las Islas. Los mil ejemplares de aquel libro se agotaron a los pocos meses.

Fue a partir del descubrimiento de la persona de Enrique Nácher por parte de Manuel González cuando se empezaron a dar a conocer sus obras relacionadas con las Islas. Primero con Cerco de Arena, cuya primera publicación se produjo en 1961 y después fue reeditada en 1998 por el Cabildo de Fuerteventura. Este texto relata la historia de una joven maestra zaragozana que en su primer destino es destinada a Morro Jable, un desierto donde los lugareños viven pendientes de que la lluvia haga acto de aparición para evitar abandonar sus tierras. Para Ernesto Gil López, profesor ya retirado de Filología Española en la Universidad de La Laguna, "Cerco de Arena es a Fuerteventura lo que Mararía es a Lanzarote". "Es una novela documental, basada en hechos reales, con una calidad literaria bastante buena", añade.

De obligada lectura

Los siguientes actos llegaron en torno a Guanche, otra novela publicada en 1957 y reeditada en 1999 por Centro de la Cultura Popular Canaria con la colaboración del Gobierno de Canarias, Ayuntamiento de Arucas y el Ayuntamiento de Ingenio. Con esta obra, en la que narra las relaciones de los caciques que dominan las plantaciones de plataneras del norte de Gran Canaria con los jornaleros que viven en la miseria, Nácher consigue el premio Pérez Galdós en 1956. "He aquí uno de los textos cimeros de la literatura canaria contemporánea que, sin embargo, salvo unos pocos iniciados, casi todos los canarios desconocen", escribió el periodista, poeta y narrador Alfonso O'Shanahan en uno de los prólogos de la segunda edición. Yeray Rodríguez, profesor de Literatura Canaria de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, opina que es "interesantísima" y "muy poco conocida". "Debería de ser de obligada lectura como otros libros que, por desgracia, han pasado desapercibidos". Y también hace mención a Mararía: "Guanche aporta una atmósfera similar, en una época oscura que los escritores pretenden alumbrar con sus textos". Rodríguez afirma que la obra refleja una sociedad canaria que, más de medio siglo después, apenas ha cambiado. "Esa actitud temerosa, miedosa que describe con los caciques, sigue siendo una realidad; seguimos siendo un territorio asustadizo, temeroso, que prefiere el silencio, prefiere no verse la cara en el espejo".

¿Cómo es posible que un autor canario como Nácher sea tan desconocido en las Islas? Rodríguez responde que "no son textos amables, en el sentido que encara una realidad dura". "Y después, también la literatura canaria en general es bastante desconocida, son más los que hablan de los autores canarios que los que leen", poniendo como ejemplo los casos de los poetas Tomás Morales y Alonso Quesada: "Todos los conocemos, pero muy pocos los leen", sentencia.

El médico y escritor recibió el último de los homenajes en octubre de 2002. Un Nácher ya mayor, con 90 años y ya con dificultades para moverse y expresarse, acude junto a sus hijas a la llamada de los vecinos de Arucas. El motivo: una calle de Bañaderos, el barrio que le vio crecer, llevaría a partir de entonces su nombre. Y, casi un siglo después de su natalicio, el destino propició que pudiera pisar la tierra que le vio nacer antes para despedirse de ella. El 28 de noviembre de ese mismo año, sólo 35 días después del homenaje, fallecía en Valencia.

Desde entonces su luz se apagó y también el de sus obras. La esquela en el Levante - EMV es la única reseña de aquel día. Incluso su fallecimiento coge hoy en día por sorpresa a algunos. "Por la edad me imagino que estará muerto", apunta Ernesto Gil, que reconoce que tuvo dificultades para documentarse sobre la vida de Nácher. Pero Manolo González quiere que su legado esté al alcance de todos los canarios. Entre su proyecto está exponer las fotografías que tomó el escritor grancanario durante su viaje por las Islas en 1957 para después entregar todo el material fotográfico que tiene en su posesión a algún fondo público para que la figura de Nácher, ahora sí, sea inmortal.

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