24 de marzo de 2017
24.03.2017
Rádar
La mirada de Lúculo

El rey del jazz tiene buen apetito

Duke Ellington fue también el monarca de los glotones, tomaba notas de las mejores comidas de sus giras, y si hubiera tenido tiempo habría escrito la mejor guía de restaurantes de entonces

24.03.2017 | 03:30
El rey del jazz tiene buen apetito

Nunca, en ningún otro lugar, he visto comer tanto y de manera tan poco ordenada como en Estados Unidos. Pero seguramente, y eso que existen casos extraordinarios de voracidad en la historia de la civilización, el de Duke Ellington todavía es capaz de asombrar. Basta con leer el perfil que en 1944 le dedicó Richard O. Boyer en el New Yorker para comprobar que a Duke las veces que no le podían las ganas de comer se encontraba con muchísima hambre. Aún más complicado, triple mortal sin red, el más difícil todavía, le gustaba comer de todo, de manera reiterada e imparable, y a la vez estaba preocupado por mantener la línea. Uno de los grandes reyes del jazz y de la glotonería, Duke Ellington era, además, un tipo presumido.

Boyer escribió que Duke podía convencer a cualquiera de que no tenía intención de romper con su dieta de trigo triturado y té negro para acto seguido emprender una carrera suicida en busca de un filete como el que estaba comiendo Billy Strayhorn. Strayhorn fue el compositor que colaboró con él en muchas de las piezas más destacadas de su carrera, entre ellas Take the 'A' Train y Chelsea Bridge. Duke echa una mirada al té y al trigo triturado, ponía cara de pena, y musitaba gracias. Echaba un vistazo al filete de Strayhorn y pedía uno. Después de terminarlo se implicaba en una nueva batalla moral contra la gula. Aproximadamente cinco minutos. Luego, encargaba un nuevo filete, esta vez cubierto con aros de cebolla, doble ración de papas fritas, una ensalada verde, un plato de tomates en rodajas, una langosta aproximadamente de un kilo con su mantequilla derretida, café y un postre Ellington: una combinación de bizcocho, helado, natillas gelatina, frutas y queso. Y empezaba a comer de verdad.

Cometer excesos gastronómicos en Estados Unidos jamás ha sido difícil y tampoco resulta lo que se dice excesivamente caro. Allí vi los primeros restaurantes en los que podías comer de todo, chuletas, filetes y bufé libre, hasta saciarse, a cambio de 5 o 10 dólares de entonces. Estoy hablando, claro, de hace unos cuantos años. Se pone como ejemplo de la abundancia la carta del restaurante del aeropuerto de Newark (Nueva Jersey), que cada día solía incluir más de 50 entremeses, 40 sopas, 300 bocadillos, 200 ensaladas, 400 platos principales, 80 verduras distintas y 200 postres.

Pero incluso en ese paraíso de la sobrealimentación, el recuerdo de Duke Ellington ha sabido conservarse como un paradigma del exceso. Algo que a simple vista puede resultar monstruoso sencillamente por el genio tremendo que exhibió como jazzista, convirtiéndose en uno de los pilares del género que a la postre determinó su valía incontrovertible dentro del mundo en general de la música. Uno de los grandes de todos los tiempos. Si tuviera que nombrar sólo a diez, estaría indudablemente entre ellos.

Su receta de hamburguesa

En más de una ocasión, Ellington contó que en Old Orchard Beach, Maine, tenía ganada su reputación por comer más perros calientes que cualquier otra persona en Estados Unidos. Presumía de haberse metido, entre pecho y espalda, 32 en una noche. Según parece, dos salchichas frankfurt por bollo. Su receta de hamburguesa también se hizo popular. Pan tostado de la señora Wagner, el mejor de América, en su opinión, del mismo lugar de Maine, unos aros de cebolla, encima una hamburguesa, a continuación una rodaja de tomate, queso fundido, otra hamburguesa, más aros de cebolla, más queso, más tomate, y otra rebanada de pan hasta completar el bocadillo. Tampoco se cansó de divulgar los aspectos gastronómicos de sus giras americanas e internacionales, desde el chow mein con sangre de paloma de Johnny Cann Cathay House en San Francisco, a los 84 tipos distintos de entremeses del carrito del Café Royal de La Haya, a la carne de cordero en Monseigneur en Londres. Si hubiera tenido tiempo para ello podría haber escrito una de las guías de restaurantes más completas de su tiempo. Por poner sólo un ejemplo: "En Memphis hay un sitio maravilloso para comer costillas a la barbacoa. Compro el salmón rosado en Portland, Oregon. En Toronto como pato a la naranja, y en Lousville, Kentucky, el mejor pollo frito del mundo. Allí pido media docena de pollos y una fuente llena de ensalada de papa para poder dar de comer a las gaviotas que siempre vienen a pedirme algo. Hay un sitio en Chicago, el Hotel Southway, que tiene los mejores bollos de canela y el mejor solomillo del mundo. Y también está Ivy Anderson's Chicken Shack en Los Angeles, donde venden bollos calientes con miel y tortillas muy buenas con hígado de pollo (...)".

El voraz apetito de Duke Ellington sólo era comparable, según todo los indicadores de la gula, al de otro artista de gran genio creativo, el irrepetible Alfred Hitchcock, que en ocasiones, tras el postre, repetía la comanda de varios platos, en los restaurantes, porque seguía teniendo algo de hambre. El peso no preocupaba excesivamente a Hitch; sí, sin embargo, a Duke que utilizaba un corsé debajo de sus elegantes atuendos para disimular los estragos que en él producían las calorías que ingería y no quemaba.

Wow!

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