M. B. / LAS PALMAS DE GRAN CANARIA
En circunstancias normales, Antonio Guayre estaría hoy en un grande del fútbol español. Esa teoría no sólo la sustenta el entrenador de la UD Las Palmas y quienes confeccionaron la plantilla que hoy dirige Kresic. Guayre es el mejor ariete que ha proporcionado el fútbol canario en la última década. Disponer de su velocidad y remate es un auténtico lujo para el actual proyecto grancanario. Recuperado ya de las dolencias musculares aparece en la estadística realizadora del equipo amarillo para regocijo de los fieles que le han recibido con tacto y calor.
El sábado volvió a marcar con la camiseta de la UD y la forma cómo celebró el gol descubre tres años de dolor y frustración. Su última diana con la UD hay que localizarla en el estadio Reyno de Navarra de Pamplona, el 20 de mayo de 2001, aquel día que el portero Nacho González cubrió las secciones informativas de la jornada al transformar dos penaltis en el 3-3 frente al Osasuna. El reciente gol de Guayre al Rayo es el décimo en su historia con la UD Las Palmas. En la memoria se conservan obras maravillosas del isletero, como el día del 0-3 en San Mamés, el contragolpe letal en Anoeta (forzó tanto el remate que acabó con una luxación de hombro) y la inolvidable vaselina que levantó de sus asientos a la audiencia del Nou Camp.
Guayre ha vuelto. Poco a poco Kresic, el hombre que le concedió el debut en Primera el 17 de octubre de 2000 frente al Málaga, ha ido dosificando su presencia en el actual proyecto hasta hacerle titular. Ha firmado en este inicio de Liga algunas jugadas características: verticales y audaces. Ha dejado entrever también que, como él afirma, estaba dispuesto a ser quién fue. Marcó el 1-0 al Rayo colándose entre los zagueros, pero produce especial satisfacción verle galopar con soltura, buscar el espacio libre para culminar el trabajo del colectivo. Y sonríe, que es la mejor señal de todas.
Sin prisas, sin pausas. Guayre está en casa otra vez y la esperanza crece.