CHUS LÓPEZ CAÑETE
Cualquier ínfima acción tal como ponerte protector labial, sacar los pañuelos de papel de la mochila o comerte una barrita energética se convierte en un trabajo tremendo cuando llevas ochenta kilómetros en el cuerpo y aún te quedan trece para finalizar tu carrera. Desde Maspalomas a Las Canteras, subiendo al Pozo de Las Nieves, la columna vertebral de esta isla redonda. Pero esa la Trans Sur-Norte y estás allí voluntariamente.
La noche apareció velada, la delicada capa de nubes impedía que la luna nos ayudase con los frontales (linternas que llevamos en la frente como un minero). Allí fue cuando me di cuenta de dónde me había metido. La salida triunfante por la arena de Las Dunas, amigos y familiares haciendo fotos, pitidos de ánimo tras el minuto de silencio -un elegante gesto de la organización que todos los presentes secundamos por un corredor ya inscrito que había fallecido en León preparando la Trans- habían quedado atrás.
El agua del barranco de Maspalomas nos llegaba a los tobillos recién comenzada la carrera. Me parecía divertido. Los resbalones y la imposibilidad de arañar minutos al cronómetro me hizo que me lo tomara con paciencia, al menos pensaba "estamos dando espectáculo al público asistente". ¿Dónde se ha visto a centenares de corredores de noche, dentro de un barranco con agua, luchando por no caer?: En la Trans. Antes de llegar a Ayagaures, primer avituallamiento, me dejé ir por el sendero que descendía de forma suave hasta la presa, las luces blancas y rojas de nuestros frontales iluminaban un camino en una oscuridad densa. Al llegar todo el mundo se cambiaba de calcetines. Habíamos previsto que nos mojaríamos pero no creo que nadie supiera hasta qué punto. Lo peor es que había perdido a mis dos compañeros (Luciano y Apolonio), un trío formado dos días antes de la prueba por aquello de no ir solos.
Tunte estaba en silencio, pero no era nada extraño. Eran alrededor de las seis de la mañana de un sábado de marzo. Allí pude comprobar el primer abandono. Un compañero de carrera que resultó ser conocido (Suso) se tuvo que resignar por su rodilla, pero fue la mejor decisión, la carrera sólo llevaba 20 kilómetros y elegir otra opción sería un despropósito.
Un caldito caliente me puso las pilas para emprender lo que sería el encadenamiento de subidas, la de Tunte a Cruz Grande, sin coger aire los pasos de La Plata y sin darte tiempo ni a mirar atrás la empinada llegada al Pozo de las Nieves, la Bola -que antes eran dos-.
Bajando del Pozo ocurrió lo inesperado. Oí unos pasos ágiles detrás de mí y al apartarme para ceder, pues iba más rápido y además sólo había hueco para una persona, pude comprobar que era Lizzi, la campeona del Mundo suiza, apenas pude balbucear '¡bravo, Lizzi!', porque antes de que me diera cuenta ya había atravesado el trayecto que abarcaban mis ojos. Como una feliz gacela correteando por el monte. Más al uso, sería decir como una cabritilla en esta isla.
Oí la salida de la Media Trans (43 kilómetros) y pensé en mis colegas del equipo 'Aguilillas de Teror'. Aún estaba lejos pero esa es otra de las cualidades de la montaña. Juega con los sonidos a su antojo, igual me los trajo a mí personalmente.
En Garañón me tragué, porque no recuerdo masticarlos, un plato de macarrones, aconsejo no hacerlo a no ser que estés en la Trans. Sólo pensaba en Teror (siguiente avituallamiento), pero fue entonces cuando mi cuerpo empezó a pensar por mí y no permitía ni correr a la velocidad que yo quería ni dar las zancadas más amplias.
Tras pasar el Barranco de Teror y Osorio, tuvimos que afrontar un reto dentro de otro reto: terminar el barranco de Tenoya de día. Si el Barranco Trou de Fer, de Isla Reunión, es el más grande del Mundo, el de Tenoya es el que más callaos y piedras tiene del Universo. Y seguramente también tiene el récord de maldiciones este fin de semana. Pero paso a paso lo superamos.
Nos encaminábamos a Los Giles, estábamos en casa, pero había que llegar. Nos sorprendió la noche y buscamos los frontales de nuevo, que había enterrado en el fondo de la mochila con la errónea certeza que no lo necesitaría más. Fue así como de noche a noche alcanzamos la línea de meta pensando en que la próxima vez será mejor.