F. BETHENCOURT
LAS PALMAS
DE GRAN CANARIA
Corría el minuto 96 de partido cuando el balón botaba suavemente en el interior de la portería del Guadalajara tras golpear en la espalda de Gaizka Saizar, su cancerbero. La grada amarilla, ayer con el tono ocre de las mantas que la recubrían del viento helado, incrédula, cantó un gol exuberante, propio de esas alegrías que lo son más por la falta de costumbre y que surgen cuando ya nadie las espera. Ayer, con el tiempo vencido, se obró el milagro de la remontada y la escarcha que obstruía las cuerdas vocales de los nueve mil de la tarde más fría en años de fútbol en Siete Palmas se diluyó con un grito unánime.
El banquillo se fundió en un abrazo de euforia. Juan Manuel Rodríguez, en éxtasis, daba saltos sobre el tartán con el puño en alto. Mientras, el héroe de la noche galopaba, con la camiseta amarilla en la mano y los brazos extendidos, hacía el córner entre la grada Curva y la Sur. Una y otra vez repetía una tonada inaudible, antes de plantarse, cara a cara, ante su público. Entonces, con Roque Mesa señalando su figura en señal de respeto, el genio ingobernable de La Feria se dirigió a la afición de la UD. "Yo me quedo aquí", aulló el goleador mientras señalaba al firme rosado del Estadio de Gran Canaria. "Yo me quedo aquí", repitió.
Una semana después de plantarse ante su presidente, siete días después de enrocarse en su negativa a ser traspasado al Granada de Quique Pina, Jonathan Viera ganó el partido para la Unión Deportiva Las Palmas y de esta manera silenció las pocas voces críticas que ayer encontró en la grada de Siete Palmas. La operación que pudo acabar con el 21 de la UD en tierras andaluzas se zanjó con la negativa, hasta junio, del protagonista, que, sin embargo, guarda un as en la manga en forma de contrato verbal con el Valencia de Unai Emery. De esta manera, en el centro de la polémica y en el ojo del huracán, el protagonista de todas las conversaciones se encontró frente al plebiscito de su estadio, del respetable amarillo, juez único en la causa que gobierna el sentimiento a UD.
Una verdad incómoda
Jonathan Viera, el deseado, es la salsa de una cena insulsa. Los fieles de la UD Las Palmas, habituados a depender de su magia, lo saben y por eso pocos fueron los que ayer criticaron su situación en el proyecto de futuro del equipo grancanario. Su salida, una vez cerrada la presente temporada, es una verdad incómoda que rondaba desde hace meses los mentideros del fútbol grancanario y al ser ya de sobra conocida por la mayoría de los abonados a las tardes de sábado en Siete Palmas, en las formas y los tiempos de la operación estuvo el debate. Para muchos no fue oportuno maniobrar a espaldas del jugador, para otros se actuó en beneficio de las arcas de la entidad de Pío XII y para la mayoría, la situación del jugador es más que entendible. "Es su vida, es su futuro".
Por eso, pese a parecer escondido y apático durante muchos minutos del partido ante el Guadalajara, pocas eran las quejas de la grada mientras duró el dominio de los alcarreños. Además, pocos lo sabían pero Viera sufría un proceso febril que le lastró en sus movimientos durante buena parte de partido y por el que tuvo que recibir un pinchazo de antibióticos para poder vestir la camiseta amarilla en la semana en la que estuvo a punto de hacer las maletas hacia primera división. En el minuto 36 de partido, Jonathan Viera fue aplaudido con cariño en un intento fallido de buscar la cosquillas a la defensa de Carlos Terrazas. Fue ésta una de las pocas acciones en las que participó, pero durante el resto del encuentro fueron otros los objetos de las críticas. Ahora Viera ya no vale tres millones, la cifra que el conjunto nazarí puso sobre la mesa de Miguel Ángel Ramírez. Viera vale tres puntos en el casillero de la UD y ante sus admiradores. En su séptimo gol del curso, el gris congelado de Siete Palmas acabó coreando su nombre como un orfeón adicto a los claroscuros de su ídolo mientras un minuto después éste era expulsado al ver la segunda cartulina amarilla en dos minutos. Viera en toda su esencia.