EVA PÉREZ
LANZAROTE
Después de luchar durante 22 horas y media contra el cansancio y la fatiga, Gregorio Cáceres atravesó la meta del Doble Enduroman de Lanzarote con la misma naturalidad del campesino conejero, capaz de conseguir que el vino brote de la lava.
En su rostro se reflejaba la felicidad por encima del cansancio.
Sus piernas, magulladas por el esfuerzo, eran el mejor testigo de su batalla.
A sus 35 años, Cáceres consiguió un podio más que merecido. Detrás de sus huellas se esconden años de esfuerzo y sacrificio y de una entrega absoluta a este deporte. Sus primeros pasos no los dio en una pista de atletismo, sino en los Riscos de Famara detrás de sus perros de caza. Natural de Las Breñas, Gregorio descubrió el triatlón con el Ironman de Lanzarote. Algo le fascinó de aquella gesta y quiso formar parte de esa aventura.
En 2003 se enfrentó a su primer Ironman y desde entonces ha sido partícipe todos los años. Con mejor o peor fortuna siempre ha llegado a la meta, tarde o temprano, pero siempre con el mismo paso certero. Los kilómetros se cuentan a miles en sus piernas y en su haber figuran un cuarto y un quinto puesto, además de quedar 28º en el Ironman de Hawái, en un mano a mano con la élite mundial de este deporte.
Sus primeras palabras de agradecimiento tras el triunfo las dedicó a su familia. Su novia y su hija de cinco años le escoltaron hasta la meta. Y a su alrededor familiares y amigos celebraron su triunfo con una alegría contagiosa que se extendió por toda Lanzarote.
La suspensión de la prueba de natación le hizo un guiño porque "no es mi fuerte". Fue ganador desde el primer momento, ya que terminó con holgada ventaja la primera carrera que sustituyó a las brazadas. Lo difícil era conservar esa superioridad hasta el final. "La prueba de bicicleta fue durísima, con un viento muy fuerte durante toda la noche", explicó. Después de los 360 km de pedaleo le quedaban por delante 84 km a pie. Él mismo reconoció que "en algunos momentos me temí no llegar al final, por la rodilla". Pero sí llegó, como hace siempre, con la misma llaneza sincera que acostumbra, como si llegase de cazar con varios conejos al hombro.