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La ciudad de la salud

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La ciudad de la salud
La ciudad de la salud  LA PROVINCIA/DLP

Un paciente espera en su habitación la hora de la intervención. Él conducía hace diez años uno de los camiones que entraba y salía del enorme solar donde se construyó el Hospital Doctor Negrín, la gran infraestructura que iba a dar aire a la siempre asfixiada sanidad grancanaria

MIGUEL AYALA Paco, el paciente que hoy se recupera en la habitación 331 B del Hospital Doctor Negrín de Las Palmas de Gran Canaria, personifica la historia de este centro hospitalario ahora que se cumplen diez años de su inauguración. Este vecino de Arucas, transportista, recordaba días atrás tumbado en su cama los camiones de escombros que transportaba cada día durante años para rellenar el barranco donde hoy se levanta la que sin duda es la joya de la sanidad canaria. Paco ayudó a levantar este inmenso centro hospitalario y diez años después, cosas del destino, es un paciente al que le sorprende el aniversario atendido con cariño por el personal de planta.

La historia de Paco, no obstante, es la historia de muchísimos grancanarios. Para casi todos ha sido inevitable pisar el Doctor Negrín pero hace sólo quince años el solar donde ahora se levanta este barrio de la salud de Gran Canaria  era un barranco con chabolas de chatarreros cuyos propietarios trataron de frenar la construcción. Junto a sus cabras protagonizaron los primeros escollos, de mayor o menor importancia, a los que tuvieron que hacer frente quienes quisieron poner en marcha este macroproyecto, en su  momento la obra civil más importante acometida en el Archipiélago.
Sólo levantar el inmenso edificio costó 14.000 millones de pesetas y paseando durante estas noches por los pasillos del hospital, porque el aniversario me sorprende como paciente del centro por una apendicitis, compruebo que fue un dinero bien empleado. Cuando se inauguró lo criticaban por lo mastodóntico que era, pero dos lustros después de su puesta en marcha resulta un centro moderno, modernísimo incluso, al que le quedan muchísimos años de vida. Reinaldo Ruiz Yébenes, el arquitecto que diseñó el hospital, se merece aunque sea una calle en algún rincón de esta isla.

Como hospital que es, la vida y la muerte juegan a las cartas en cada habitación cada minuto de cada hora del día, pero la idea del arquitecto de aprovechar la luz y las vistas que proporcionaba la bahía de Las Canteras permite imaginar en ocasiones que te encuentras en un estupendo hotel con vistas. Cierto que el grado de la enfermedad de cada paciente alterará esa percepción , pero siempre será mejor tratar de recuperarse en estas habitaciones que en aquellos zulos del hospital Nuestra Señora del Pino, en Tomás Morales.

De ahí nace precisamente este proyecto que este viernes estaba de cumpleaños: la situación del Viejo Pino era insostenible. Los médicos así lo hicieron saber a las autoridades y luego a la opinión pública en los años 80. Llegaron incluso los batas blancas a presentar una denuncia en los juzgados porque se moría la gente en el centro debido a múltiples factores, sobre todo la saturación. El espacio de un hospital levantado en los años 70 era el mismo en la década de los 90 a pesar del aumento espectacular de la población de la isla. Los galenos atendían en cuartuchos robados a un hueco de escalera y las urgencias no contaban ni con una sala de espera para los familiares, mientras los pacientes daban el parte o saludaban por las ventanas metálicas del centro.

Cuando se puso en marcha la campaña contra quienes por entonces dirigían el Insalud -antes de las trasferencias sanitarias la Sanidad dependía de Madrid- los médicos canarios se manifestaban dando vueltas alrededor del edificio como medida de protesta. Los medios de comunicación fueron también cómplices en que hoy exista el Doctor Negrín. Fueron años en los que se denunció sin miedo todas las irregularidades que tenían lugar en el hospital del Pino, tantas que darían para hacer otro reportaje sólo enumerándolas. Luego, periódicos, televisiones y radios, cuando llegan los primeros duros de Madrid, continúan batallando ayudados por gente como Román Rodríguez -sobre todo-, Diego Falcón, Damián Hernández, Pedro Cabrera y otros, hasta que por fin se logra el montante total para levantar y dotar de medios esta ciudad sanitaria que cumple diez años estos días.

El dinero, no obstante, no dio por finiquitados los problemas y aunque hoy el hospital es referente en muchos campos de la medicina de vanguardia hubo quien no consideró importante en aquellos años dotar a la Isla de un hospital moderno. Quienes negaban esa posibilidad a los canarios vivían además en la península y tenían la posibilidad de moverse sin complicaciones por el territorio peninsular en busca del mejor centro mientras los canarios estábamos condenados a vivir aislados -por la insularidad- y sufriendo una sanidad maltrecha que iba despertando poco a poco pero demasiado lenta.
Paseando este jueves por la cafetería, por el gran pasillo central, se ve a la gente fumando en los puntos rojos, entrando a la capilla, en la puerta del tanatorio o el control de seguridad y no es fácil olvidar cómo en la Gran Canaria de los años ochenta existía únicamente para atender a toda la población el masificado hospital Viejo Pino y el Insular, envuelto éste en eternas obras, además del Materno Infantil, que es monográfico. La siguiente opción para el paciente era rezar.

Hoy reza quien quiera. Y a quien desee porque la mujer saharaui que con su darraa, la vestimenta tradicional, a las diez de la noche y enchufada al suero ve conmigo Operación Triunfo en la sala de la televisión de la tercera planta seguro que no le reza al mismo Dios que la otra mujer de pelo rubio que con bata lee un Hola en una de las mesas. Cientos, miles de casos similares se habrán dado estos diez años: pacientes de derechas charlando con alguno de izquierdas; ricos con pobres, jóvenes con menos jóvenes... Incluso pienso que las habitaciones y pasillos del Negrín habrán servido para que hermanos y hermanas que no se hablaban, enterraran el hacha de guerra ante un padre o una sobrina en estado grave o una pérdida. Habrá también entre los médicos y enfermeras quienes se habrán enamorado en estos diez años tras conocerse entre estas paredes, esos pasillos,  y, vete tú a saber, quien ha pasado alguna noche subida de tono en algún alejado despacho o alguna escalera perdida, ardiendo de amor y sin otra cura posible.

Los Servicios de Urgencias, no obstante, desentonan aún con el resto de la calidad de este centro. Sigue siendo inconcebible que a Dani, otro paciente, lo tuvieran en un pasillo al Sol durante más de 24 horas en el hospital Doctor Negrín. En planta el trato es otro pero  los árboles no dejan en ocasiones ver el bosque y ese es el flaco favor que el Servicio de Urgencias del centro le hace al resto del hospital. Dos horas para un análisis, media tarde para una ecografía, una noche a base de pedir casi por favor un calmante... Eso también sucede en el imponente centro pero son cosas de la gran ciudad, de esta urbe donde miles de personas transitan diariamente con sus buenos y malos rollos como sucede en la vida misma.

Esa mala impresión que se lleva el paciente, sin embargo, no  puede empañar las bonitas y divertidas historias que ha generado este inmueble de piedra blanquecina. Por ejemplo, cuando unos sindicalistas compraron podómetros para denunciar los kilómetros que andaban cada día por el centro; o cuando hubo guías para indicarle a los usuarios cómo llegar a los distintos servicios; los pacientes que robaban las piezas de los nuevos baños o las lámparas de las habitaciones, y hasta la gente que acudía al mostrador preguntando por "el doctor Negrín, por favor". Porque hasta ponerle nombre al hospital se las trajo.

Quienes llegamos a este periódico cuando se construía el hospital recordamos a una señora que llamaba todos los días para decir que cómo se le podía poner de nombre Juan Negrín "que era un ladrón y un traidor", denunciaba, y los más experimentados de la redacción contaban este viernes el espectáculo de los primeros traslados de pacientes "que se llevó a cabo después de trasladar toda la documentación, en aquella época recogida en papel ya que no existía un programa informático, imagínate", cuenta una periodista de este diario que vivió aquellos intensos años. Junto al fotógrafo Cándido Quesada se pateó casi diariamente el solar del Doctor Negrín, cubriendo desde la colocación de la primera piedra al acto de inauguración. "Lo más divertido fue la llegada de los pacientes. Se cortaban las calles de Las Palmas y las ambulancias salían del Viejo Pino al Negrín escoltadas por la Policía Local. Daban montones de trayectos cada día y aquellos pacientes nos dieron un chorro de historias al periódico", recuerda la periodista.

Desde la ventana hoy imagino aquella procesión, como de película de Berlanga, y entre el Nolotil y los puntos de la operación me quedo dormido, tranquilo, seguro, esperando que Paco, mi compañero de habitación, quien ayudó a construir este hospital junto a miles de empleados, salga bien de la operación a la que le someten en ese momento. Sueño que mi cirujano me trae el alta. No era un sueño y este reportaje por el décimo cumpleaños del Negrín lo termino en casa. Pienso en otro lugar de la isla que esté permanentemente en actividad y sólo se me vienen a la cabeza las tiendas de 24 horas y Mercalaspalmas. Yo, malito, prefiero el Negrín.       

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