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MIGUEL F. AYALA
No es del todo cierto eso de que en esta sociedad tan agresiva, consumista y egoísta cada uno vaya a lo suyo, y Otilia González, Luis y Ana Quintana o María Trujillo y Chelo Betancor dan fe de ello. Por diversos motivos, estos vecinos de Las Palmas de Gran Canaria están muy solos en la vida -o no lo acompañados que les gustaría-, y casi exclusivamente a la ayuda que ofrece el proyecto de Apoyo Familiar de Cáritas cuentan con alguien que se siente con ellos una tarde para escucharles y entretenerles o permitirles distraerse unas horas alejados de los graves problemas diarios. Chelo, por ejemplo, lleva doce de sus 37 años cuidando ella sola día y noche a su madre, afectada de Alzheimer y postrada en una cama desde hace dos, por eso cada miércoles espera ansiosa la llegada de María del Carmen la voluntaria de Cáritas que le permite "ir a ensayar con la parranda y hacer un montón de cosas más. A mí", dice feliz, "en esa tarde me da tiempo a hacer de todo".
Alrededor de cuarenta personas, todas voluntarias, ponen cara a "uno de los proyectos más agradecidos que llevamos a cabo en Cáritas Diocesana", explica Pino Cardero, coordinadora del programa, sentada en un limpio dormitorio donde descansa María Trujillo García, de 76 años y mamá de Chelo. "El Alzheimer no es sólo perder la memoria. Es una enfermedad mucho más complicada", cuenta muy experta mientras acaricia a su madre, que parece estar ausente de todo. "A veces, cuando alguna amiga mía la entretiene cantándole una canción, ella pone cara como de 'qué pesada es esta niña' así que de algo sí que se entera", explica en su vivienda de La Isleta esta mujer que lleva casi un año sin trabajar "porque era imposible cuidarla a ella y llevar yo una vida laboral normal".
Chelo se quedó pesando 38 kilos mientras compaginaba la atención a su madre y el trabajo. "Al principio era más llevadero porque ella estaba bien, aún caminaba, pero llegó un momento en que sólo podía estar acostada y comenzó a complicarse la situación. Antes de las seis de la mañana tenía que estar en planta, asearla a ella, cambiarla, lavarle los ojitos, darle de comer con la jeringuilla... Luego iba al trabajo porque alguna amiga o vecina se quedaba con ella hasta que yo volvía. Después me encargaba de la casa, de la de ella y de la mía; hacía comida, la aseaba, le practicaba los ejercicios que me enseñó el fisioterapeuta, y cada día le hago una limpieza de cutis: le pongo cremas, cacao en los labios, la peino... La tengo como una princesa", dice aumentando el volumen de su voz y mirando a su madre mientras le acaricia el pelo.
- ¿Y cuándo dormías?
- Buff, cuando podía. Estuve meses sin dormir.
- ¿Pero nada?
- Nada, ni una hora. Cuando una amiga que trabaja de noche volvía, se iba a su casa, se daba una ducha y regresaba a la mía para cuidar a mi madre mientras yo me acostaba un ratito.
Ella no lo duda: sin la visita semanal de la voluntaria de Cáritas "todo sería muy complicado porque a mí no me ayuda ni mi familia, sólo una tía materna".
Muchísimo más acompañados se sienten Luis Quintana y Ana Quintana, de 100 y 93 años, respectivamente, que cuentan con el apoyo de su hijo, Luis, "que es buenísimo", dice el padre, y sus nietos, "pero ellos también tienen su vida y tampoco vamos a estar nosotros todo el tiempo fastidiándolos", cuenta Ana, que junto a su marido lleva sin salir de su casa diez años porque viven en un tercer piso sin ascensor de una antigua casa de la zona trasera del parque de Las Rehoyas, una vivienda desde donde se aprecia toda la belleza de los cuidados jardines.
"Vimos construirlo desde la ventana de casa pero no hemos podido pisarlo nunca", explica antes de confesar que ella tiene "los bracitos y las piernas fastidiadas y casi no puedo caminar ni siquiera hacer de comer porque me canso. Mi marido", prosigue, "pues ya casi no ve y no oye nada... ¿A dónde vamos a ir nosotros?", pregunta.
Sólo 32 escalones la separan de los otros vecinos o del señor que en ese preciso momento grita en la calle vendiendo papas. "No nos falta de nada, eso es verdad, pero a mí me hace más una visita que un plato de comida", confiesa sonriendo Ana en otro momento de la entrevista. Luis Quintana, a quien le gusta el fútbol "pero ya no diferencio lo que sale en la tele", asegura, lleva 69 años casado con la señora que tiene a su lado. "Era una mujer guapísima", dice él. "También él era guapo", añade ella agarrándole la mano, emocionada pero más interesada en mostrar los teléfonos con los que se mantiene en contacto con el exterior. "Con ese llamo a Cruz Roja si ocurre algo o llaman ellos para charlar o felicitarnos por nuestro cumpleaños, y por el teléfono normal", agrega, "hablo cada noche con mi hijo, mis nietos o la voluntaria Tere, que ya es casi una más de la familia".
"Como todos los proyectos de Cáritas", explica Pino Cardero, "la solicitud de ayuda nos llega desde las parroquias; las y los voluntarios son el motor de la organización y actualmente tenemos en marcha este proyecto en Las Palmas de Gran Canaria, Guía y Gáldar, y en septiembre también en Valleseco, gracias a ellos y a ellas". No sabría decir cuántas familias se han beneficiado del programa de Apoyo Familiar en sus ocho años de vida "pero sí estoy segura de que hay muchísima más gente que precisa de atención porque están solas", contesta esta Trabajadora Social.
MAYORES, PERO NO TANTO. Los destinatarios del programa son habitualmente personas mayores de 65 años, mayores de 18 en situación de dependencia o cuidadores principales de personas mayores y/o dependientes, por eso sorprende que una de las entrevistas que Cáritas ha organizado sea a Otilia González, enferma de Parkinson desde hace cinco años y de 56 años de edad. Sorprende hasta que llegamos a su domicilio.
Otilia está más sola que ninguna de las demás entrevistadas. Salvando las distancias, su situación es más complicada incluso que la de la madre de Chelo, enferma de Alzheimer. Otilia no tiene a nadie. Sus movimientos en casa, próxima a Escaleritas, son lentísimos y siempre va a acompañada de una muleta. Sin relación con su ex marido y su hija, la casita es un homenaje a Tanausú, su hijo de 15 años fallecido hace dieciocho en un accidente de caza. Lo duro es que a Otilia la cabeza por el momento le funciona perfectamente, aunque le cueste mucho tiempo completar una frase: es su cuerpo el que falla. "Y todo de cinco años para acá", asume sobre esta patología degenerativa.
Su estado de salud la mantiene viviendo en la planta baja de una casa que está vendiendo "porque no puedo subir escaleras", dice, aunque reconoce cierta pena de abandonarla "porque aquí tengo todos los recuerdos de mi hijo".
Cuenta que sólo la visita alguna vecina y la voluntaria de Cáritas, "y habitualmente voy a rehabilitación a San Juan de Dios, con lo cual salgo un poco". Confiesa, eso sí, que los días y las noches "son interminables" y reconoce que "desde que me puse enferma, desapareció todo el mundo de mi alrededor". En el salón hay una bonita foto de una mujer con el pelo corto y moreno, y con un vestido de noche.
- ¿Es su hija?
- No, soy yo antes de enfermar.
La imagen no puede ser más distinta de la mujer que tengo delante.
En la casa no se oye ni un ruido hasta que una vecina entre con sus propias llaves para traerle dos garrafas de agua. "Sin la ayuda de ellas no podría hacer nada", dice despacito, entrando lentamente en la cocina donde uno de los muebles tiene la puerta rota. "Eso se rompió el otro día, que perdí el equilibrio y me caí", explica antes de relatar la odisea para incorporarse.
Además de estar solos, aunque controlados por los servicios sociales municipales, debido a sus pocos recursos económicos -Chelo, por ejemplo, vive con los 600 euros de pensión de viudedad de su madre, y Luis y Ana Quintana con 700 euros de la jubilación- ninguno de los entrevistados recibe las aportaciones económicas de Grandes Dependientes que el Gobierno canario retrasa a todos sus beneficiarios -pese a tener transferido el dinero- pero ellos valoran más una visita, una llamada, en definitiva, no sentirse tan solos. "Abrir la puerta y que entre gente es lo que más me gusta", concluye Ana Quintana sabedora de que hay, seguro, muchas puertas por abrir en estas tierras.
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